sábado, 31 de julio de 2010

There is no alternative: lucha por tus derechos

Un breve texto de Bertolt Brecht, El señor Keuner y el muchacho indefenso:

"El señor Keuner preguntó a un muchacho que estaba llorando, cuál era la razón de su congoja.

-Había juntado dos reales para ir al cine -dijo el muchacho-, pero se me acercó un chico y me arrebató uno de la mano -y diciendo esto señaló a un chiquillo que se hallaba a cierta distancia.

-¿Y no gritaste pidiendo auxilio? -preguntó señor Keuner.

-Claro que sí -dijo el muchacho, sollozando con más fuerza.

-¿Y nadie te ha oído? -siguió preguntando el señor Keuner, al tiempo que acariciaba tiernamente al muchacho.

-No -dijo el muchacho mirándolo con renovada esperanza.

-Entonces dame el que te queda -dijo-.

Le quitó el último real de la mano y prosiguió despreocupadamente su camino."










jueves, 29 de julio de 2010

Chávez y las FARC

Colombia presentó ante la OEA una serie de pruebas irrefutables sobre la relación entre el gobierno venezolano y la guerrilla narcoterroristacastrocomunistabolivariana de las FARC.

He aquí dos de los vídeos. Si hay algún menor a su lado, por favor, retírelo antes de visionarlos.



martes, 27 de julio de 2010

León Trotsky, el primer estalinista

Un artículo de Manuel M. Navarrete.

Introducción

Hace unos meses, publiqué un artículo titulado Trotsky no existe. Dicho artículo efectuaba una crítica a lo que considero izquierda dogmática y anquilosada, apostando por un marxismo abierto y actualizado, que supere sus errores históricos. Existe, sin embargo, una mala costumbre entre nuestros lectores: la de leer sólo el título de los artículos e inventarse, sin más, el contenido. Un único párrafo llamó la atención del público: aquel en el que someto a crítica la figura de León Trotsky.

La tesis, sin embargo, era bien sencilla: ni Trotsky ni Stalin existieron jamás, al menos en las versiones icónicas que sus respectivos partidarios nos han legado. Ni Stalin fue el glorioso padre de los pueblos, ni Trotsky fue un activista antiburocrático y antirrepresión, como puede comprobarse recurriendo a toda la historiografía solvente sobre el periodo.

Como cabía esperar, llovieron las críticas contra mi persona, calificada, claro está, de “estalinista camuflado”. La compañera Neus Pérez-Vico, a quien debo dar las gracias por su brillante artículo (El Frente Popular de Judea), salió en mi defensa, argumentando que mis detractores no demostraban excesiva comprensión lectora... Tras leer un artículo que criticaba a Trotsky precisamente por parecerse más a Stalin de lo que a muchos les gustaría admitir, acabaron concluyendo que dicho artículo era... una defensa de Stalin.

Sin embargo, debo dar las gracias también a estos detractores, porque sus airadas respuestas no hicieron otra cosa que darme la razón. A nadie molestaron mis críticas a Marx, Engels o Lenin... sino sólo mis críticas a Trotsky, al que dan culto y perciben, por tanto, como infalible. Es más, para ellos, criticar a Trotsky ha de significar necesariamente defender a Stalin, porque proponen una visión grotesca y pueril del marxismo, como un eje en el cual hubiera dos extremos (Trotsky y Stalin) y en el que, obligatoriamente, cuanto más te alejes de uno, más te acercas al otro.

Somos muchos los que pensamos que el marxismo es otra cosa. Por ello, he decidido continuar este debate, siempre sobre la base del respeto que impone el hecho de que somos compañeros y de que, en estos momentos, diversas organizaciones de la izquierda extraparlamentaria tienen sobre la mesa de debate el proyecto de un Frente de Izquierdas en el que, más allá de las diversas procedencias o matices programáticos, podamos confluir todos, en base a una breve serie de objetivos fundamentales.

¿Qué es el estalinismo?

El militante medio definiría “estalinismo” aproximadamente en función de los siguientes rasgos:

  1. La represión.
  2. La calumnia contra el enemigo político para justificarse.
  3. La militarización de la sociedad y la supresión de la libertad sindical.
  4. La burocracia dictatorial del partido único.
  5. La ausencia de control obrero y popular sobre la producción.
  6. El férreo dogmatismo ideológico.
  7. El culto a la persona y la deriva final hacia el reformismo.

El propósito de este artículo es demostrar que podemos afirmar, de la manera más exacta, que si “estalinismo” es eso, Trotsky fue un estalinista, o, para ser más precisos, el primer estalinista.

Por mucho que a algunos pueda sorprenderle, el problema, tal y como ha sido planteado hasta ahora, se reduce a una burda tautología. La escenificación de una supuesta disputa teórica entre quienes se disputaban el liderazgo tras la muerte de Lenin no resiste un análisis crítico digno de tal nombre. Dada la derrota de la revolución alemana, la “revolución mundial” y el “socialismo en un solo país” no constituían dos opciones entre las que hubiera que elegir, cosa que ambos sabían. El resto fue un vano intento de buscar profundas diferencias políticas donde no había otra cosa que despecho. Tras perder este combate por el poder, a Trotsky empezó a parecerle reprobable todo aquello que él mismo, junto a otros, había construido; y de pronto, otros no podían hacer lo que, años antes, él mismo había hecho.

Veámoslo.

La represión

En su artículo (Trotsky molesta) Pepe Gutiérrez me insta a citar fuentes y emplear las obras de “toda una legión de historiadores”, de los que cita determinados ejemplos. En primer lugar, tal vez debiera Gutiérrez plantearse la posibilidad de que exista cierta falta de respeto intelectual en la pretensión imponerle a su contertulio las fuentes que debe emplear. Mi artículo ya contaba con sus propias fuentes bibiográficas (Pérez-Vico constata que, sólo en los pasajes entrecomillados, empleo 25 fuentes directas).

Por otro lado, algunos de los imparciales historiadores que cita no son, en realidad, historiadores sino militantes trotskistas, como Deutscher y Mandel. Pero, sobre todo, me llama la atención que mencione a E.H. Carr. Lo que Pepe Gutiérrez no sabe (aunque otros lectores más avispados sí se percataron de ello) es que Carr era precisamente una de las principales fuentes de mi Trotsky no existe.

De modo que aceptaré su envite y emplearé, precisamente, al historiador que él ha querido imponer para este debate. Tengo sobre la mesa varios de los seis tomos de la Historia de la Rusia Soviética de E.H. Carr. En el Tomo 1 (La conquista y organización del poder) de la serie La revolución bolchevique (1917-1923), página 175, vemos que, tras la ilegalización del partido kadete, el VtsIK (Comité Ejecutivo Central de Todas las Rusias) protesta a Trotsky por las detenciones y registros arbitrariamente realizados. La respuesta de éste es, como poco, siniestra: “Protestáis contra el blando y débil terror que estamos aplicando contra nuestros enemigos de clase, pero habéis de saber que, antes de que transcurra el mes, el terror asumirá formas muy violentas siguiendo el ejemplo de los grandes revolucionarios franceses. La guillotina estará lista para nuestros enemigos, no ya simplemente la prisión”. Una semana después de este discurso nace la Cheka. En la página 174, por su parte, podemos ver a Trotsky amenazando de manera feroz: “Retenemos prisioneros a los kadetes como rehenes. Si nuestros hombres caen en las manos del enemigo, sepa éste que por cada obrero y cada soldado exigimos cinco kadetes”.

El propio Trotsky, de su propia mano, nos dice en la página 75 de Terrorismo y comunismo (1920): “Una guerra victoriosa, en general, no extermina más que a una ínfima parte del ejército vencido, pero desmoraliza a las restantes y quebranta su voluntad. La revolución actúa del mismo modo: mata a unas cuantas personas, aterra a miles. En este sentido el terror rojo no se diferencia, en principio, de la insurrección armada, de la que tan sólo es continuación. (...) Nuestras comisiones extraordinarias fusilan a los grandes propietarios, a los capitalistas, a los generales que intentan restaurar el régimen capitalista. ¿Percibís ese... matiz? ¿Sí? Para nosotros, los comunistas, es suficiente”.

También en Terrorismo y comunismo, afirma Trotsky: “Con todo, el socialismo, en su proceso, atraviesa una fase de la más alta estatización. Precisamente en ese periodo nos encontramos nosotros. Así como la lámpara, antes de extinguirse, brilla con una luz más viva, el Estado, antes de desaparecer, reviste la forma de dictadura del proletariado; es decir, del más despiadado gobierno, de un gobierno que abraza imperiosamente la vida de todos los ciudadanos”.

Presentar un análisis del periodo en el que Stalin sea el inaugurador de la represión en la URSS es, sencillamente, falsear por completo la historia soviética. Recordemos el “Telegrama a los comunistas de Ponza” de Lenin, el 11 de agosto de 1918: “1) Deben ahorcar (ahorcar sin falta, de modo que el pueblo lo vea) por lo menos 100 kulaks notorios, los ricos, y los chupasangres. 2) Publiquen sus nombres. 3) Quítenles todo su grano. 4) Ejecuten a los rehenes - de acuerdo con el telegrama de ayer. Esto necesita ser llevado acabo de tal manera que la gente por centenares de millas alrededor verá, temblará, sabrá y gritará: ahorquemos y estrangulemos esos kulaks chupasangres. Telegrafíenos reconociendo recibo y ejecución de esto. Suyo, Lenin. P.D. Utilizen a su gente más dura para esto”.

Lenin y Stalin no dudaban en emplear la fuerza. Trotsky tampoco. Pero ¿sólo contra los enemigos de la guerra civil? Charles Bettleheim, en La lucha de clases en la URSS. Primer periodo, 1917-1923 (pág. 353), nos trascribe la declaración de Trotsky en el IX Congreso del partido (29 de marzo-5 de abril de 2020): “Hay que decir a los obreros el lugar que deben ocupar, desplazándolos y dirigiéndolos como si fuesen soldados. La obligación de trabajar alcanza su más alto grado de intensidad durante la transición del capitalismo al socialismo. Los desertores del trabajo deberán ser incorporados a batallones disciplinados enviados a campos de concentración”.

Figura en las propias actas del IX Congreso: Trotsky, el “enemigo de la represión”, proponía (incluso en tiempos de paz) enviar a campos de concentración a aquellos obreros que no trabajaran en la ubicación exacta que les ordenara el Estado. ¿A quién le sorprende? ¿Es que no recordamos Kronstadt en marzo de 1921? Trotsky dirigiendo a 50.000 soldados del Ejército Rojo que reprimen a sangre y fuego a estos obreros (héroes de la revolución de 1917), que se encontraban amotinados en defensa de reivindicaciones como la libertad de expresión para los diferentes partidos socialistas y anarquistas ilegalizados por el Estado, libertades sindicales y libertad de expresión, entre otras cosas.

La calumnia contra el enemigo político para justificarse

Como sabemos, entre los años 1936 y 1938 Stalin juzgó y condenó a buena parte de la burocracia del partido en sus famosos Procesos de Moscú, acusándolos de las más diversas calumnias.

Pepe Gutiérrez, en su hagiografía (quise decir biografía) Conocer Trotsky y su obra (págs. 76 y 77) justifica la represión a Kronstadt en 1921, bajo argumentos como “Hay que considerar las necesidades de la revolución en peligro”, “lo indiscutible es que la única alternativa a su dominación [de los bolcheviques] era pura y simplemente la restauración zarista” o “los bolcheviques (…) estaban convencidos de que (…) no se podía entender más que como una adaptación de lo que los blancos blandían”.

Así, Gutiérrez termina aceptando (si bien de un modo algo ambiguo) lo que tanto Lenin como Trotsky, ni cortos ni perezosos, declararon entonces: que los marinos de Kronstadt eran aliados de los blancos. Pero esa acusación ya ha sido completamente refutada por la historiografía. La cuestión no es si era o no “necesario” reprimirlos, sino si era o no necesario mentir además sobre ellos. De modo que, si Trotsky, como defendemos, es el primer estalinista, su posición calumniadora con respecto a Kronstadt es el primer Proceso de Moscú.

Por otro lado, el “Hay que considerar las necesidades de la revolución en peligro” de Gutiérrez me recuerda al argumento empleado por otro de mis detractores (Ronald León, quien en su ¿Qué nos divide? defiende la división entre trotskistas y estalinistas y la imposibilidad de un frente único de todos los comunistas): “los dirigentes bolcheviques se vieron obligados a colocar su defensa como primera cuestión. Este fue el contexto, ineludible de enmarcar, de las medidas autoritarias o burocráticas que Navarrete señala a Trotsky, Lenin y a la dirección bolchevique”. La prohibición de todos los partidos menos el bolchevique le resultan a Ronald León “una medida de guerra”, ya que, de permanecer los mencheviques o los anarquistas en la legalidad, habría acabado “imponiéndose ya no un régimen político con ciertas limitaciones circunstanciales a la democracia, sino un régimen de dictadura tipo fascista”. Curiosa percepción del resto de fuerzas políticas, aunque siempre dentro de la lógica autojustificatoria, apoyada en el argumento de la “inevitabilidad de lo necesario”; una lógica que cuenta con la dudosa ventaja de hacer innecesaria cualquier autocrítica.

Pérez-Vico contesta con una original fórmula matemática: “Si la circunstancia de guerra civil en Rusia justificaba todos los recortes democráticos que hicieron Lenin y Trotsky, ¿la circunstancia de guerra civil española justificaba acciones análogas?

Podemos expresarlo incluso mediante una regla de tres:

Guerra civil rusa--------------------------Kronstadt

Guerra civil española-------------------- X

Si despejamos la ecuación, el resultado será:

X= mayo del 37”.

La militarización de la sociedad y la supresión de la libertad sindical

En la página 228 del Tomo 2 (El orden económico, también en la serie La revolución bolchevique 1917-1923) de E. H. Carr (Historia de la Rusia Soviética), precisamente el historiador que Pepe Gutiérrez me sugería emplear, leemos la siguiente cita de Trotsky: “Reconocemos con ello fundamentalmente -no formalmente, sino fundamentalmente- el derecho del Estado de los obreros a enviar a todos los hombres y mujeres trabajadores al lugar donde son necesarios para el cumplimiento de las tareas económicas. Por tanto, reconocemos el derecho del Estado, el Estado de los obreros, a castigar al hombre o mujer trabajador que se niegue a cumplir sus órdenes, que no subordine su voluntad a la de la clase trabajadora y a sus tareas económicas. La militarización de la mano de obra es el método indispensable y básico para la organización de nuestras fuerzas laborales”.

Trotsky proponía esta fórmula para el “periodo de transición del capitalismo al socialismo”. En la página 225 del mismo tomo, E.H. Carr reproduce esta otra frase de León Trotsky: “La militarización es impensable sin militarizar a los sindicatos como tales, sin el establecimiento de un régimen en el que cada obrero se sienta soldado del trabajo, que no pueda disponer por sí mismo libremente; si se le da la orden de trasladarse, debe cumplirla; si no la cumple, será un desertor a quien se castiga. ¿Quién cuida de ello? El sindicato; él crea el nuevo régimen. Esto es la militarización de la clase obrera”.

Todo esto figura, como ya dijimos, en las actas del IX Congreso del partido bolchevique. Como podemos consultar en la página 238 de Carr, la propuesta de Trotsky (también secundada por Bujarin) fue rechazada por 336 votos contra 50. Las Resoluciones del IX Congreso (que pueden consultarse en el tomo anexo a las Obras completas de Lenin), recogen que para la inmensa mayoría del partido, contra lo que pensaba Trotsky, la coerción y la militarización sólo podían justificarse por circunstancias de guerra, y de ningún modo una vez superada ésta ni como método de construcción del socialismo.

Como expone Charles Bettleheim (páginas 357-360), Lenin combatió las posiciones burocráticas de Trotsky en su folleto Los sindicatos, la situación actual y los errores de Trotsky. Para Lenin, Trotsky no entiende la dialéctica, ya que concibe el Estado soviético de una forma falsamente abstracta, como si fuese la “pura expresión” de la dictadura del proletariado. Lenin afirma que el Estado soviético tiene una doble naturaleza: obrero en la medida en que lo dirige un partido revolucionario y burgués por muchos de sus rasgos: dependencia de los técnicos y especialistas burgueses, reminiscencias administrativas del pasado... Por tanto, para Lenin, a diferencia de lo que planteaba Trotsky, la lucha huelguística puede estar justificada por la necesidad de combatir las deformaciones del nuevo Estado y las supervivencias del antiguo.

Trotsky, en su libro Terrorismo y comunismo (1920), expone de nuevo su curiosa propuesta de organización de la URSS. En el capítulo VII (“Las cuestiones de organización del trabajo”, pág. 155), leemos: “El Estado proletario se considera con derecho a enviar a todo trabajador adonde su trabajo sea necesario. Y ningún socialista serio negará al gobierno obrero el derecho a castigar al trabajador que se obstine en no llevar a cabo la misión que se le encomiende (…) Sin trabajo obligatorio, sin derecho a dar órdenes y a exigir su cumplimiento, los sindicatos pierden su razón de ser, pues el Estado socialista en formación los necesita, no para luchar por el mejoramiento de las condiciones de trabajo —que es la obra de conjunto de la organización social gubernamental—, sino con el fin de organizar la clase obrera para la producción, con el fin de educarla, de disciplinarla, de distribuirla”.

Existe una idea comúnmente difundida, según la cual, de haber ascendido Trotsky, en lugar de Stalin, al poder, la URSS habría sido un lugar mucho más habitable. Sin embargo, cualquiera que lea estas palabras tendrá que admitir que la propuesta de Trotsky no parecía presagiarlo. No tenemos, por tanto, el menor motivo para pensar que la URSS hubiera sido mucho mejor, si excluimos el pensamiento desiderativo.

Sólo dos cuestiones me resta por plantear al respecto. La primera: algunos, como Roland León, dirán que muchas de las medidas extremas que se propusieron eran estrictamente necesarias, pero, ¿era esta medida que proponía Trotsky necesaria? ¿Era necesario militarizar a la población, subordinar los sindicatos al Estado y que éste decidiera a dónde debía mandar a cada trabajador, so pena de ingresar en un campo de concentración en caso de negarse a cumplir dicha orden? La segunda cuestión es, ¿por qué Pepe Gutiérrez, en su biografía de Trotsky (cuyas imparciales fuentes son, básicamente, la autobiografía de Trotsky y la biografía realizada por el trotskista Isaac Deutscher), no menciona una sola palabra acerca de este hecho, que figura, no sólo en el E. H. Carr que me aconsejaba consultar, sino en las propias obras de Trotsky, como Terrorismo y comunismo (1920)? ¿Existen fragmentos de la vida y de la obra de Trotsky que no deben mencionarse? ¿Hay que falsificar la historia para construir un nuevo Trotsky a la medida del mito que sobre él hemos inventado? ¿Qué adelantamos con eso?

La burocracia dictatorial del partido único

En Terrorismo y comunismo, Trotsky nos dice también: “Más de una vez se nos ha acusado de haber practicado la dictadura del partido en lugar de la dictadura de los sóviets. (…) En esta sustitución del poder de la clase obrera por el poder del partido no ha habido nada casual, e incluso, en el fondo, no existe en ello ninguna sustitución. Los comunistas expresan los intereses fundamentales de la clase trabajadora”. En esta obra, recientemente vuelta a publicar por Akal, Trotsky defiende la concepción de un partido único, infalible y situado por encima de la sociedad.

Bettleheim, por su parte (pág. 355), nos transcribe esta despectiva referencia a la Oposición Obrera de Alexandra Kollontai, efectuada por Trotsky en los debates del X Congreso del partido (1921): “Ellos han avanzado consignas peligrosas. Han convertido en fetiche los principios democráticos. Han colocado por encima del partido el derecho de los obreros a elegir sus representantes. Como si el partido no tuviese derecho a afirmar su dictadura, incluso si esta dictadura está en conflicto temporal con los humores cambiantes de la democracia obrera. El partido está obligado a mantener su dictadura, cualesquiera que sean las vacilaciones temporales, incluso de la propia clase obrera. La dictadura no se basa a cada instante en el principio formal de la democracia obrera”.

Como vemos, Trotsky defendía la dictadura del partido, y no la democracia obrera. Es más: todos los bolcheviques lo hacían. Ya recordé, en Trotsky no existe, el episodio de la disolución de la Asamblea Constituyente, en enero de 1918. O la crítica a la Revolución Rusa de Rosa Luxemburg, también en una fecha tan temprana como 1918. Vale la pena releer las palabras de Rosa y reflexionar sobre ellas: “Pero al sofocarse la actividad política en todo el país, también la vida en los sóviets tiene que resultar paralizada. Sin sufragio universal, libertad ilimitada de prensa y reunión y sin contraste libre de opiniones, se extingue la vida de toda institución pública, se convierte en una vida aparente, en la que la burocracia queda como único elemento activo. Al ir entumeciéndose la vida pública, todo lo dirigen y gobiernan unas docenas de jefes del partido, (...) en definitiva, una camarilla, una dictadura, ciertamente, pero no la del proletariado, sino una dictadura de un puñado de políticos”.

Además, cabe resaltar que Trotsky, en este X Congreso, se auto-expulsó virtualmente a sí mismo del partido, al votar a favor de la propuesta de Lenin de prohibir las facciones internas. Años más tarde, fue expulsado del partido por organizar una facción precisamente.

A pesar de las utópicas palabras de Lenin en El estado y la revolución (1917), nunca en la URSS existieron los cargos revocables ni las decisiones democráticas. Si queremos ver un texto más realista sobre las prácticas desempeñadas en la vida real por los bolcheviques, podemos consultar Las tareas inmediatas del poder soviético (Lenin, 1918), donde leemos: “La experiencia irrefutable de la historia muestra que la dictadura personal ha sido con mucha frecuencia, en el curso de los movimientos revolucionarios, la expresión de la dictadura de las clases revolucionarias, su portadora y su vehículo". También en el 18 aparece otro texto de Lenin, Acerca del infantilismo de izquierdas, citado por E.H. Carr en su Tomo 2 (pág. 105), donde leemos: “Nuestra tarea consiste en aprender de los alemanes el capitalismo de Estado, en implantarlo con todas las fuerzas, en no escatimar métodos dictatoriales para acelerar su implantación, (…) sin reparar en medios bárbaros de lucha contra la barbarie".

¿Lenin y Trotsky antiburocráticos? Sería necesario reescribir y falsear la historia entera de esta revolución para llegar a esa conclusión. Por último, no deja de resultar curioso que, en sus últimas cartas (consideradas su “testamento político), Lenin, tras criticar con dureza a Stalin, Bujarin, Zinoviev, Kamenev y Piatakov, acuse también a Trotsky de vanidad y... burocratismo (“está demasiado ensoberbecido y demasiado atraído por el aspecto puramente administrativo de los asuntos”). El caso es que, nos guste o no, para Lenin ninguno de sus sucesores estaba a la altura.

La ausencia de control obrero y popular sobre la producción

En la célebre novela de George Orwell Rebelión en la granja, fábula inspirada en la historia de la Revolución Rusa, los animales de la “Granja Animal” se han sublevado contra sus amos y viven en un régimen utópico. Entonces, uno de los líderes (Napoleón) expulsa a otro (Snowball) y establece su dictadura. Se produce un corte radical: desde ese momento, comienza una degeneración por la cual Napoleón acaba siendo tan tiránico y explotador como los antiguos amos (o quizá más).

La mala costumbre de la militancia comunista actual de no leer ni informarse hace que, en no pocos casos, esta breve y popular novela (o la película, o el resumen de Wikipedia, o la narración acelerada de un compañero...) venga a sustituir a la adecuada formación histórica sobre el periodo. Así, surge el “mito del corte de 1924”. En pocas palabras, la URSS era un paraíso socialista (con sus problemas, tal vez... pero básicamente eso), hasta que, en 1924, muere Lenin y asciende al poder Stalin, que acaba con la revolución y establece un sistema similar al de la Alemania nazi. Otros, en un alarde de cultura, adelantan la fecha a 1922, demostrando con ello conocer aquello de la apoplejía final de Lenin. La cuestión es que, conociendo la fábula popular orwelliana, basta con rellenar los huecos a base de tres o cuatro anécdotas eruditas, que demuestren, por ejemplo, lo bueno que era mi personaje histórico favorito y lo malo que era su odiado rival y... voilà, ya tenemos a un militante bien formado, capaz de ingresar en el Comité Central de más de una liga o partido proletario con más siglas que afiliados.

Volvamos al mundo real. En sus Tesis de abril (1917), al igual que en El estado y la revolución, Lenin proponía que los funcionarios del Estado o los directores de fábrica no percibieran un salario mayor que los obreros y fueran elegidos por ellos democráticamente, con posibilidad de revocación en cualquier instante. En Acerca del infantilismo de izquierdas (1918), en cambio, Lenin ha asumido que es completamente imposible reorganizar la maquinaria del Estado mediante el control obrero. A menudo las fábricas sólo miran por su propio interés o expulsan a los directores arbitrariamente. La producción desciende y la utopía, sencillamente, no ha funcionado.

En la página 85 del Tomo 2 de la obra de E.H. Carr asistimos a la creación del Consejo Superior de Economía Nacional (Vesenja), por el decreto del 5-18 de diciembre de 1917. En la página 98, asistimos a la promulgación del decreto de 3 de marzo de 1918, que otorga a este organismo estatal el control de toda la industria, acabando de facto con el control obrero. Como cuenta Carr en el Tomo 1, página 234, un militante llamado Sapronov protestó ante el partido porque el Vesenja zanjaba cualquier discusión con los órganos inferiores con un lacónico: “No entendéis absolutamente nada de producción”. En Acerca del infantilismo de izquierdas, Lenin explica la necesidad de poner al frente de la industria a los antiguos capitalistas y expertos, al ser los únicos que podían ponerla en marcha de manera solvente. Estos expertos, naturalmente, serán nombrados por el Vesenja (el sóviet tendrá un papel meramente consultivo). Lenin justifica incluso la necesidad de que cobren un salario más elevado que los obreros. He ahí el génesis de la burocracia: en 1918. Ya en el IX Congreso (1919) Sapronov criticó esta degeneración burocrática, argumentando que eso no era “centralismo democrático” sino “centralismo vertical ordinario” (E.H. Carr, Tomo 1, pág. 235).

También en E. H. Carr (pág. 238 del Tomo 1) podemos leer la siguiente declaración de Trotsky en el II Congreso del Komintern (1920), una declaración que constituye, además, un alarde de burocratismo casi sin precedentes: “Hoy hemos recibido propuestas del gobierno polaco para firmar la paz. ¿Quién decide en esta cuestión? Poseemos el Sovnarkom pero tiene que estar sujeto a un cierto control. ¿Qué control? ¿El control de la clase obrera como masa caótica y sin forma? No. El comité central del partido ha sido reunido para discutir la propuesta y decidir cómo contestarla”. Eso opinaba Trotsky. ¿Y el resto del bolchevismo? Un año antes, en el IX Congreso, como leemos en la página 237 del Tomo 1 de E. H. Carr, escribía por su parte Grigori Zinoviev, presidente del Soviet de Petrogrado, que “las cuestiones fundamentales de política, tanto internacional como interior, tienen que ser decididas por el comité central de nuestro partido, es decir, del Partido Comunista, que de este modo tramita estas decisiones a través de los organismos del Sóviet”.

Así pues, tal vez el trotskismo defienda el control obrero y la autonomía sindical, pero la realidad (contrastable en toda la historiografía disponible de las más diversas tendencias) es que Trotsky no lo hizo. O, en otras palabras, en esta materia Trotsky no fue trotskista, sino “estalinista”.

El férreo dogmatismo ideológico

En el epílogo de La revolución permanente (1930) Trotsky resume sus ideas, efectuando determinadas afirmaciones harto atrevidas: “La resolución íntegra y efectiva de los fines democráticos y de la emancipación nacional tan sólo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado, empuñando éste el poder como caudillo de la nación oprimida y, ante todo, de sus masas campesinas”. “La realización de la alianza revolucionaria del proletariado con las masas campesinas sólo es concebible bajo la dirección política de la vanguardia proletaria organizada en Partido Comunista”. “Sin embargo, esta última [la experiencia histórica] ha demostrado, y en condiciones que excluyen toda torcida interpretación, que, por grande que sea el papel revolucionario de los campesinos, no puede ser nunca autónomo ni, con mayor motivo, dirigente. El campesino sigue al obrero o al burgués. Esto significa que la 'dictadura democrática del proletariado y de los campesinos' sólo es concebible como dictadura del proletariado arrastrando tras de sí a las masas campesinas”.Un país colonial o semicolonial, cuyo proletariado resulte aún insuficientemente preparado para agrupar en torno suyo a los campesinos y conquistar el poder, se halla por ello mismo imposibilitado para llevar hasta el fin la revolución democrática”.“La tendencia de la Internacional Comunista a imponer actualmente a los pueblos orientales la consigna de la dictadura democrática del proletariado y de los campesinos, superada definitivamente desde hace tiempo por la historia, no puede tener más que un carácter reaccionario”, ya que “esta consigna se opone a la dictadura del proletariado”, de modo que “la incorporación de esta consigna al Programa de la Internacional Comunista representa ya de suyo una traición directa contra el marxismo y las tradiciones bolchevistas de Octubre”.

Cuando uno lee este libro, parece que el centro de la “teoría de la revolución permanente” es la idea de que el campesinado no puede ser revolucionario. Sólo el proletariado industrial (con su mono azul, a ser posible) está capacitado para ello. Estamos otra vez ante el vetusto (o carpetovetónico) prejuicio, defendido aún por muchos en la actualidad, lo que resulta más grotesco si cabe, ya que, hoy día, el pueblo trabajador se divide en muy distintas fracciones de clase y los obreros fabriles son sólo una minoría (y no la más empobrecida, ni tampoco la más revolucionaria).

Trotsky no quiso aprender de los aportes que, ya entonces, planteaba José Carlos Mariátegui, de su alegría creadora y del nuevo papel que asignaba al campesinado. En mi opinión, Trotsky aquí es más marxiano, pero menos marxista que Mariátegui o Lenin. Si tomamos al pie de la letra (y, por tanto, de manera antidialéctica) los textos de Marx, la teoría de Trotsky se convierte correcta, pero deja de tener utilidad en el mundo real. El gran acierto de Lenin es saber qué hemos de desechar de las ideas de Marx, para que el marxismo siga siendo útil. Por ejemplo, a la idea marxiana de que la revolución triunfará en los países industrializados, Lenin opone la idea marxista de que una cadena se rompe por “el eslabón más débil” (las naciones subdesarrolladas). Lenin no hace uso de los textos de Marx como un creyente hace uso de la Biblia. De modo que yo, porque soy leninista, no me ciño lo que dijera Lenin. Parto de mi propia realidad, no de cuatro citas descontextualizadas.

Esto nunca fue comprendido ni por Trotsky, ni por buena parte del trotskismo (y del estalinismo). Sin embargo, contra lo que postulaba la “teoría de la revolución permanente”, y como bien teorizó en su día el Che Guevara, el campesinado se ha convertido en el sujeto central de todas y cada una de las revoluciones triunfantes que se han producido desde el momento en que ese texto de Trotsky fue redactado hasta la actualidad: desde la Revolución China, hasta la Revolución Nicaragüense, pasando por la Revolución Cubana o la Vietnamita. ¿Se puede seguir defendiendo esa teoría, aun habiendo sido refutada de manera clamorosa por toda la historia del siglo XX? Supongo que, por descontado, no podemos esperar de nadie la menor rectificación, ni tampoco el abandono de esta teoría (en todo caso, podemos esperar que la falsifiquen, diciendo que afirmaba otra cosa distinta a lo que realmente afirmaba). Aunque, ¿qué es la realidad comparada con una hermosa teoría de hace casi un siglo?

Uno de mis detractores, Ronald León, milita, como él mismo indica, a un partido perteneneciente a la LIT, que es sólo una más de las muchas “Internacionales” que surgieron tras la muerte de Trotsky, cuando cada uno de los líderes de su IV Internacional llegó a la conclusión de que era el verdadero exégeta del revolucionario ucraniano, a diferencia de los demás que eran unos traidores pequeñoburgueses. El líder de la LIT, que se llamaba Nahuel Moreno y fue uno de los principales dirigentes del trotskismo latinoamericano, escribió en 1973 un texto titulado Tesis sobre el guerrillerismo, en el que afirma: “El surgimiento de direcciones pequeñoburguesas independientes del stalinismo que han dirigido revoluciones triunfantes, como fue en su momento el castrismo y es ahora el sandinismo, puede llevarnos al error de creer que con estas direcciones y sus organizaciones nos une una estrategia común. (…) Pero a la larga es inevitable que traicionen a la revolución, en algún punto del proceso revolucionario, por esa profunda razón de clase: son pequeñoburguesas. (…) Las organizaciones y direcciones guerrilleras no son obreras, sino burguesas o pequeñoburguesas, por el solo hecho de ser guerrilleras. (…) Las organizaciones guerrilleras son enemigas de la organización obrera. (…) Las organizaciones guerrilleras son terroristas. (...)Los trotskistas no sólo no apoyamos esas acciones, sino denunciamos ante los trabajadores su carácter desmoralizador, desmovilizador y desorganizador”.

El dogmatismo afirma que su método de lucha es el único válido y posible, satanizando cualquier otro. Tampoco la efectividad de una u otra vía supone el menor argumento para ellos, como vemos en esta crítica a Fidel Castro y los sandinistas (que, a diferencia de Moreno, sí hicieron la revolución en sus respectivos países). Se trata, simplemente, de dar cabezazos contra la realidad, a fin de amoldarla, encorsetarla y, aunque sea a duras penas, hacerla coherente con un texto sagrado y lleno de polvo.

El culto a la persona y la deriva final hacia el reformismo

Ésta es, para acabar, una de las características más evidentes del estalinismo de León Trotsky. En La revolución permanente, Trotsky habla de sí mismo en tercera persona, a lo largo de todo el libro. En la primera de las conclusiones finales, afirma, tan humilde como de costumbre: “La teoría de la revolución permanente exige en la actualidad la mayor atención por parte de todo marxista”. En la última, se ubica a sí mismo en el olimpo de los dioses del marxismo, junto a los más grandes: “el problema de la revolución permanente ha rebasado las divergencias episódicas, completamente superadas por la historia, entre Lenin y Trotski. La lucha está entablada entre las ideas fundamentales de Marx y Lenin de una parte, y el eclecticismo de los centristas, de otra”. Para colmo, Trotsky no pudo resistirse a escribir su autobiografía (Mi vida).

Si el culto a Stalin fue vergonzoso y de mal gusto, no lo es menos el culto a Trotsky. En cualquier organización o editorial de ideología trotskista, como por ejemplo El Militante, no faltarán jamás rostros de Trotsky por doquier, o citas de este autor, aunque no vengan al caso. La misma adscripción al significativo término “trotskista” se efectúa de un modo sectáreo, excluyente y cerrado. Cabe preguntarse, ¿creó este revolucionario (o Fidel, o Mao, o el Che) un corpus teórico comparable al de Marx o Lenin, que justifique el nacimiento de una nueva ideología?

Por otra parte, el trotskismo ha acusado siempre al estalinismo de “reformista”. Por supuesto, el trotskismo se ha cuidado mucho de mezclar y confundir el estalinismo con las ideas de revisionistas y anti-estalinistas tardíos como Nikita Kruschev o, en el contexto del Estado español, Santiago Carrillo (ya que no podían llamar reformistas a las guerrillas radicales maoístas, que proliferaban por medio mundo). Con Kruschev (que, como sabemos, renegó de Stalin y de sus prácticas) comienza la doctrina de la “coexistencia pacífica” y los Partidos Comunistas de todo el mundo adoptan la vía electoral como la fundamental, descartando métodos revolucionarios.

La base empírica que emplea el trotskismo para promover esta identificación entre estalinismo y reformismo está en la estrategia de Frentes Populares, adoptada, tras extensos debates, por el Komintern en su VII Congreso (1935), con el fin de frenar el auge incontenible del fascismo en Europa. La posibilidad, en situaciones muy concretas (por ejemplo, una invasión extranjera, una situación semi-feudal o el auge del fascismo), de alianzas de clase entre la clase trabajadora y sectores progresistas de la burguesía es algo que siempre ha espantado de manera singular al trotskismo, a pesar de que el propio Marx, en un texto tan poco rebuscado como el Manifiesto comunista, afirma: “En Alemania, el partido comunista lucha al lado de la burguesía, en tanto que ésta actúa revolucionariamente contra la monarquía absoluta, la propiedad territorial feudal y la pequeña burguesía reaccionaria”. Pero, en efecto, a mediados de los años 30 el estalinismo empieza a plantear la necesidad de alianzas con la socialdemocracia reformista y otras fuerzas democráticas antifascistas, manteniendo sin embargo la independencia del partido.

Sin embargo, en esta misma época, Trotsky instaba a sus seguidores a dejar en un segundo plano el partido comunista en el que militaran y afiliarse... directamente a los socialdemócratas. En La Liga frente un giro decisivo, de 1934, Trotsky afirma que “Queremos participar activamente. La única posibilidad que nuestra organización tiene de participar en el frente único de masas, en las circunstancias dadas, consiste en ingresar al Partido Socialista. Hoy, tal como antes, consideramos más necesaria que nunca la lucha por los principios del bolchevismo, por la creación de un verdadera partido revolucionario de la vanguardia proletaria y por la Cuarta Internacional. Confiamos en que hemos de convencer de todo esto a la mayoría de los trabajadores, tanto socialistas como comunistas. Nos comprometemos a llevar a cabo esta tarea dentro de los marcos del partido, a sujetarnos a su disciplina y a preservar la unidad de acción”.

Esta táctica (afiliarse a un partido con el fin de convencer a algunos de sus miembros de que ingresen en otro), que se caracteriza por su excepcional deslealtad, fue denominada “entrismo”. En muchos lugares conocemos sus nefastos resultados. Incluso en la actualidad. Así fue como destruyeron las asambleas vecinales que se crearon en Argentina tras el “corralito”. Por no hablar del movimiento estudiantil en diversos puntos del Estado español. Pero lo curioso, volviendo a los años 30, es que los trotskistas acusaran a los comunistas de reformismo por pactar con la socialdemocracia, decidiendo con ello ingresar... en la socialdemocracia.

Por otro lado, ¿por qué no se acusa a Lenin de reformismo, en tanto que inspirador de la NEP? ¿Su figura es incuestionable? ¿Cómo es que al hablar de la NEP (al igual que pasaba al tratar el asunto de Kronstadt) vuelven a entrar en juego las “circunstancias que obligan y justifican” y la “inevitabilidad de lo necesario”?

Conclusión

El término “estalinismo” no me parece aceptable para definir el fenómeno que hemos tratado de referir. Suele emplearse arbitraria y abusivamente, para definir experiencias históricas en los más diversos lugares y épocas, o hechos que se dieron tanto antes de la ascensión de Stalin al poder como después de su muerte. No obstante, lo emplearé provisionalmente.

La conclusión de este artículo es que Trotsky, como hemos tratado de demostrar, fue el primer estalinista. Era partidario de la más férrea represión, no sólo contra el enemigo de clase, sino incluso contra los propios trabajadores, como en Kronstadt (a cuyos obreros no dudó en calumniar, en lo que he denominado “el primer Proceso de Moscú”). Propuso incluso la deportación de los trabajadores a campos de concentración si desobedecían al Estado. Defendió con toda firmeza la militarización del trabajo (no ya para los tiempos de guerra, sino como modelo de construcción del socialismo), de modo que el Estado decidiera donde debía trasladarse a trabajar cada cual, de manera obligatoria y vinculante. Creía en un régimen de partido único, sin la menor libertad sindical y en el que los sóviets estuvieran totalmente controlados por el partido. Se auto-expulsó a sí mismo del partido, ya que votó a favor de la prohibición de facciones internas, para acabar siendo expulsado precisamente por ese motivo. Propugnaba que una minoría del Comité Central del Partido debía decidir en todas las cuestiones relevantes. Participó activamente en la eliminación del control obrero sobre la producción, que sólo se mantuvo vigente durante los 6 primeros meses de la revolución. No dejó de practicar y defender todas estas prácticas hasta que fue desplazado de los puestos de poder. Además, hacía gala de un férreo dogmatismo ideológico, lo que le llevaba a despreciar el papel del campesinado, que según él no podía tener un papel activo ni revolucionario. No estaba exento de cierta egolatría y sus seguidores dieron culto a su persona, cosa que siguen haciendo. Dado la pequeñez de los partidos de su IV Internacional, terminó propugnando a sus militantes que, en lugar de militar en los partidos comunistas, lo hicieran en la socialdemocracia, si bien era sólo una táctica desleal para convencer a la gente de que abandonara esos partidos e ingresara en el suyo. Todo esto es irrefutable, ya que he acudido a las fuentes más directas para documentarlo, empezando siempre por los textos del propio Trotsky.

Además, este fenómeno que hemos tratado de estudiar, el fenómeno de justificar y practicar la represión en defensa de un partido dictatorial y burocrático (“estalinismo” según la errónea terminología que aquí, provisional y metodológicamente, hemos aceptado) sería un fenómeno común tanto a Lenin, como a Stalin, como a Trotsky, en diferentes grados. Podemos decir que en Stalin se dio en un grado mayor, quizá por el hecho de estar durante más años en el poder. Pero, no obstante, en los años en los que Lenin y Trotsky (junto a Stalin y otros) controlaron los resortes del poder, ya existían el terror, la Cheka, el GULAG, el Partido Único, la prohibición de las facciones internas en el partido, la burocracia, el dogmatismo y la ausencia de control obrero.

Por supuesto, para mí no se trata de extraer conclusiones maniqueas, aunque no faltarán, de igual modo que tampoco faltarán etiquetas. Probablemente, los trotskistas dirán que soy un estalinista (y me recordarán los crímenes de Stalin, aunque no venga a cuento hacerlo, ya que ni los he negado ni tengo el menor interés en hacerlo). Los estalinistas, por su parte, dirán que soy un anarquista. Los anarquistas dirán que soy un degenerado. Nada de eso me ha import(un)ado a la hora de elaborar este escrito, que persigue únicamente la verdad, la realidad histórica a la que, a grandes rasgos, con todos los matices que puedan hacerse, llegará cualquiera que, libre de prejuicios y estereotipos, estudie el periodo. Por tanto, no he buscado llegar a una vulgar moraleja, al estilo de “los bolcheviques eran buenos” o “los bolcheviques eran malos”. Los bolcheviques, en mi opinión, hicieron una gran revolución, que pasará a la historia de la humanidad como uno de los momentos más luminosos para los oprimidos en su pugna por liberarse de la sociedad de clases. Los avances de la sociedad soviética fueron innegables, pero también sus errores. Apoyo y defiendo la Revolución Rusa, pero trato de comprenderla históricamente, para aprender de sus fracasos, al plantear, aquí y ahora, la táctica más adecuada para (y desde) mi realidad.

No creo en las excusas. Como dice Zizek, el trotskismo (al igual que el estalinismo) ha supuesto un obstáculo casi insalvable, que anulaba cualquier oportunidad de efectuar una crítica útil, seria y estructural. Eso nos impide progresar. Por un lado, como nos recuerda Jean Salem, se aceptan acríticamente las cifras sobre la represión en la Unión Soviética o la China de Mao, por irrisorias que puedan llegar a ser (como los 100 millones del Libro Negro de Courtois). Por otro, se echan balones fuera, cada vez que se cuestiona algún aspecto de la URSS (o incluso de Cuba o la China maoísta), recurriendo al comodín de Stalin. No podemos seguir jugando a este juego. Debemos admitir que el comunismo (el de Lenin, el de Fidel y el de todos) también tuvo sus problemas, sus errores y sus dilemas (desde el mismo año 17).

Defiendo la noción de Poder Popular y creo que, en las condiciones históricas actuales (bastante distintas a las que vivieron los bolcheviques), los partidos deben centrarse en reforzar las instancias comunes de participación y resistencia, y no en reforzarse a sí mismos. No creo en el partido infalible que, nos guste o no, planteaban tanto Lenin, como Trotsky, como Stalin. Creo que, tarde o temprano, esa subordinación del pueblo trabajador (de las bases) a la jerarquía y ese flujo unidireccional del poder y las decisiones acaban por socavar la propia jerarquía, haciendo caer todo como un castillo de naipes. Debemos apoyarnos en la heterodoxia para pensar otra vez la relación entre el partido y las masas, alcanzando una comprensión más profunda de cómo se protegen sus lazos, ya que el divorcio entre él y ellas ha sido, hasta ahora, a causa de la prepotencia de él, y no de la “incapacidad” de ellas. Sólo así podremos hacerlo mejor la próxima vez.

Trotsky no existe: es un símbolo, una fábula, una excusa para no aceptar que, en más de un aspecto, lo hicimos mal desde el principio. La cuestión es ¿necesitamos ese símbolo? ¿Nos sirve para algo? ¿Refleja la madurez de nuestro movimiento, o su puerilidad?

Fidel Castro con artistas e intelectuales

cubainformacion.tv

lunes, 26 de julio de 2010

Represiones contra comunistas en Rusia

Para leer el articulo en la web de Amistad Hispano-Soviética pinche aquí.

Por lo visto detienen comunistas en Rusia mientras Medvedev se va de hamburguesas con el emperador del mundo Obama I.


Así está el percal.

Deseamos que los compañeros salgan pronto y bien de las mazmorras de Putin.

domingo, 25 de julio de 2010

Autorizan el espionaje a partidos de izquierda alemanes

Tercera información.
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El servicio secreto alemán está legalmente autorizado a espiar a los políticos de Die Linke (La Izquierda), partido heredero de los comunistas de la extinta República Democrática de Alemania (RDA) y con representación parlamentaria, según una decisión del Tribunal Federal Administrativo con sede en Leipzig.

La Corte germana adoptó esta decisión después de la demanda presentada contra la llamada Oficina de Protección de la Constitución (espionaje interno) por el diputado Bodo Ramelow, presidente de Die Linke en el estado federal de Turingia (centro del país), quien ya había ganado en dos instancias anteriores. Según argumentó el tribunal, la observación es legítima, porque algunas corrientes de este partido persigue fines anticonstitucionales.

Entre 2005 y 2009 al menos 53 parlamentarios de Die Linke fueron espiados por el servicio secreto, según afirma Ramelow. "Es un escándalo", subrayó.

"Comprenderán que estoy profundamente decepcionado al ver que seis años de recursos se deciden de una vez y con razones que no comprendo", señaló Ramelow tras conocer la sentencia, basada en la supuesto "extremismo" de La Izquierda y en la amenaza de un posible regreso del comunismo al poder en Alemania.

El político, de 54 años, anunció inmediatamente que recurrirá la decisión al Tribunal Constitucional y al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. "Ahora cualquiera con funciones de responsabilidad en este partido puede ser espiado. Esta sentencia no puede quedar así", señaló.

Los agentes de la Oficina para la Protección de la Constitución vigilan desde hace años a diputados regionales y federales de La Izquierda, una formación nacida en 2007 como fusión de los postcomunistas del Partido del Socialismo Democrático y de una escisión del Partido Socialdemócrata (SPD). Pese a que Ramelow ganó en dos instancias judiciales previas, el Gobierno alemán interpuso recurso contra ambas.

La semana pasada varias personalidades de la vida política y cultural de Alemania firmaron un llamamiento contra la "vigilancia arbitraria" de La Izquierda. Entre otros, el documento fue firmado por el jefe del sindicato Ver.di, Franz Bsirske, el socialdemócrata Ottmar Schreiner y el cantante Konstantin Wecker.

En las elecciones generales de 2009, La Izquierda obtuvo el 12,2 por ciento de los votos y 76 escaños. Además, está representada en trece de los dieciséis parlamentos regionales.

Fuente desde EEUU alerta a Chávez sobre planes yanquis

Esta fuente ya advirtió al presidente Chávez de otros incidentes importantes, como el golpe de Estado en 2002, los paramilitares infiltrados en territorio venezolano... Por lo mismo Chávez le concede alta credibilidad, y ante la gravedad de los hechos ha decidido hacer pública esta información.

Chávez lee la carta:

sábado, 24 de julio de 2010

Expertos rusos no tienen respuesta precisa sobre las causas del siniestro de la corbeta sudcoreana Cheonan

RIA Novosti.

Los expertos militares rusos que viajaron a Corea del Sur de momento no han llegado a una conclusión unívoca sobre las causas del sinistro de la corbeta sudcoreana Cheonan, declaró hoy el comandante de la Marina de Guerra de Rusia, almirante Vladímir Visotski.

"Como resultado de la labor de nuestros expertos, surgieron unas preguntas a las que todavía no hemos recibido respuestas precisas. Me abstendré de hacer otros comentarios de momento"; dijo el almirante entrevistado por la emisora de radio Eco de Moscú, al comentar los resultados del viaje de los expertos rusos al lugar de la catástrofe.

Los militares rusos gozaron de un muy favorable régimen de trabajo en Corea del Sur, subrayó el comandante de la Armada de Rusia.

La corbeta Cheonan se hundió el 26 de marzo de 2010 cerca de la isla de Baengnyeong controlada por Seúl, no lejos de la frontera con Corea del Norte, a raíz de una fuerte explosión, cuyas causas no fueron aclaradas. Corea del Sur y EEUU afirman que el navío fue hundido por un torpedo norcoreano. Pyongyang lo niega rotundamente.

La sorpresa nuclear de Obama


Escrito por el General ruso Leonid Ivashov.

Washington oficialmente ha quitado el velo a su nueva doctrina nuclear, el nuevo Tratado START-3 entre Rusia y EEUU está listo para firmarse en Praga el 8 de abril, y en abril 12-13 Presidente B. Obama americano hospedará la Cumbre de Seguridad Nuclear en Washington. Evidentemente, EEUU está lanzando una amplia ofensiva anti-nuclear.

Ningún ejemplo de servicio sacrificatorio de las élites americanas a la humanidad o pueblos de otros países puede descubrirse en la historia americana durante el último siglo. ¿Sería realista esperar el advenimiento de un presidente afro-americano a la Casa Blanca para cambiar la filosofía política del país tradicionalmente apuntada a lograr dominación global?

Aquéllos que creen que algo así es posible debe intentar comprender por qué EEUU - el país con un presupuesto militar ya mayor que aquéllos de todos los otros países del mundo combinados - continúa gastando sumas enormes de dinero en preparativos para la guerra.

¿Por qué está Washington extendiendo activamente la actividad militar para el espacio, construyendo él sus fuerzas no-nucleares estratégicas, desarrollando a la defensa global de misiles, y convirtiendo sus submarinos clase Ohio poderosos anteriormente armados nucleares en portadores de proyectiles crucero con ojivas no-nucleares? Hay demasiadas preguntas que invitan respuestas obvias, y las respuestas se combinan en un cuadro que muestra que las intenciones americanas son algo pero no pacífico.

Permítanos inspeccionar brevemente la estrategia americana durante los recientes años. En 2002 G. Bush estableció una comisión para inspeccionar la situación en la esfera de las armas nucleares. Sus conclusiones eran las siguientes:

- Rusia en su estado actual no presenta una amenaza nuclear a EEUU;

- Las armas nucleares americanas no sirven como instrumento eficaz para llevar a cabo la estrategia de seguridad americana cuando ellos ni pueden proteger al país de los ataques terroristas ni pueden usarse para ejercer presión sobre estados delincuentes.

- Mientras siendo una gran carga financiera, mantener los arsenales nucleares no es eficaz en costo.

Después de debates acalorados chispeados por las conclusiones, Washington decidió cortar el presupuesto de las fuerzas nucleares estratégicas y enfocarse en desarrollar nuevas generaciones de guerra convencional. Como compromiso con los defensores de la estrategia pro-nuclear y aquéllos todavía involucrados sobre Rusia y China como fuentes de amenaza nuclear, la Administración americana hizo a la decisión de retirarse del Tratado del Proyectiles Anti-balísticos de 1972 y desplegar un escudo global de proyectiles.

En 2003, G. Bush aprobó el concepto de Golpe Global Puntual. El mismo año EEUU desechó oficialmente el Tratado del Proyectil Anti-balístico 1972 y estableció el Comando de Golpe Global al cual 450 sistemas de fuerzas nucleares estratégicas se transfirieron en la conversión en precisión significando envío con ojivas convencionales. El trabajo empezó en equipar 4 submarinos Ohio para llevar misiles crucero. Los 24 misiles balísticos Trident-2 lanzados desde submarinos se reemplazaron con 160 Tomahawks actualizados. Los misiles Trident-2 también fueron actualizados para llevar ojivas no-nucleares.

Al mismo tiempo, los esfuerzos se intensificaron para crear una nueva clase de proyectiles crucero estratégicos (con el 6,000 km de rango y velocidad que alcanza 6 Mach). Un programa extenso para desplegar bruscamente 1,400 instalaciones de defensa de misiles estratégicas también fue llevado a cabo.

El concepto Golpe Global Puntual (Global Strike) encara un golpe concentrado que usa varios miles de armas convencionales de precisión que de 2 a 4 horas destruiría completamente las infraestructuras críticas del país designado y así le obligaría a que capitulara.

En 2009 la iniciativa Huelga Global Puntual que fue usada por los cerebros favoritos de la Administración G. Bush fue heredada por B. Obama. La nueva Administración pragmáticamente dispuesta contó que no tuvo ningún sentido gastar mucho en armas nucleares que eran imposible de usar en la práctica (debido al riesgo de un golpe nuclear vengador y las preocupaciones sobre la contaminación radiactiva de grandes áreas). Las guerras en Yugoslavia e Irak se ganaron con ayuda de guerra convencional, principalmente los proyectiles crucero y bombas de precisión.

El concepto de Golpe Global Puntual se significa tener el monopolio americano en la esfera militar y ensanchar la brecha entre este y el resto del mundo. Combinado con el despliegue de defensa del proyectil supuso mantener alejado a EEUU, inmune a los golpes vengadores de Rusia y China, la iniciativa de Golpe Global Puntual va a convertir Washington en un dictador global de la era moderna.

El objetivo real de la campaña “paloma” antinuclear 2010 flotada por la Administración Obama es hacer más barata la aplicación del programa anterior. Presentando la nueva doctrina nuclear de Washington, B. Obama dijo que las prendas americanas para no usar armas nucleares hasta en caso de caer bajo un ataque de guerra química o bacteriológico. Inmediatamente, la crítica se niveló a los autores de la doctrina militar de Rusia para Moscú que no está rechazando la primera opción de golpe nuclear. Sin embargo, nosotros tenemos razones serias para ejercer cautela. Simplemente, los arsenales americanos de sistemas de envío de rango intercontinental que llevan a la guerra convencional son tan impresionantes que ya no tienen que confiar en la opción de golpe nuclear.

En esencia, la nueva doctrina nuclear americana es un elemento de la nueva estrategia de seguridad americana que se describiría más adecuadamente como la estrategia de impunidad total. EEUU está empujando su presupuesto militar, desatando a OTAN como gendarme global, y planeando un ejercicio de vida real en Irán para probar la eficacia de la iniciativa de Golpe Global Puntual en práctica. Al mismo tiempo, Washington está hablando sobre el mundo completamente libre de lo nuclear.

viernes, 23 de julio de 2010

La península de Corea está que arde

A Kim se le inflaron los Pyongyang. El representante de Corea del Norte en la conferencia asiática de seguridad celebrada en Vietnam afirmó que "habrá una respuesta física contra los pasos impuestos por EEUU". A pesar de que la prensa apoya sin fisuras cualquier acción de los yanquis, "los del Norte" tienen toda la razón. Entre el endurecimiento del bloqueo, las maniobras que pronto se celebrarán en el Mar de Japón como clara provocación imperial y el ataque de falsa bandera contra la corbeta Cheonan de Corea del Sur, los norcoreanos tienen razones suficientes para responder, y es que ven venir una de las famosas acciones "humanitarias" yanquis. Esas que suelen llamar "bienestar para todos" o "viva la libertad" y que no producen otra cosa que cadáveres de civiles y mutilados. No debemos olvidar que jamás se firmó un tratado de paz tras la guerra de Corea sino un armisticio, de ahí la importancia de ciertas acciones.

Aunque algunos analistas menosprecian al ejército norcoreano por obsoleto, no deberían pasar por alto su millón de soldados y su más que seria capacidad misilística. Sería un grave error, el mismo que han cometido en Afganistán con esos "cuatro moros" mal armados.

Por otro lado, una guerra en la península de Corea podría enfadar mucho a tío Hu, que ya se mosqueó cuando días atrás los yanquis anunciaron maniobras en el Mar Amarillo y que gracias a la presión China quedaron anuladas. Recordemos que China se ha negado a condenar a Corea del Norte.

Sin duda los próximos días serán tensos por aquellos lares. Los yanquis siguen abriendo frentes en un ejercicio de prepotencia que puede acabar muy mal.

martes, 20 de julio de 2010

El ejército como solución a las huelgas

Primero fue la mala copia de Thatcher, Esperanza Aguirre, quien amenazó con usar a los militares para acabar con la huelga del Metro de Madrid. Ahora le toca el turno al analfabeto y ministro de la patria Pepe Blanco, que pretende asustar a los controladores con que los milicos ya están entrenándose para tomar por asalto las torres de control de los aeropuertos civiles al más puro estilo Reagan.

Esto es el siglo XXI, protestar está mal visto, sólo a salvajes y a terroristas se les puede ocurrir. Como dice el propio Blanco, "no nos gustaría tomar esta decisión pero como país hemos de asumir el reto de responder a los desafíos". Al margen de que esta frase suya es una estupidez (sería suficiente con responder a un reto, pero él quiere retarse a responder a un reto, se reta al cuadrado), lo que se esconde tras el trabalenguas no es otra cosa que "o trabajas y tragas o lo soluciona el quinto de caballería".

Aunque es cierto que los controladores tienen unas condiciones laborales más que dignas, no es nada bueno que los políticos se acostumbren a recurrir al ejército para solucionar las disputas con los trabajadores. Quizás mañana los basureros de Barcelona decidan ir a la huelga, y quizás Pepiño pretenda solucionarlo con la legión.

Son nuevos enfoques de eso que llaman "diálogo social".

Así están las cosas en la democracia de Botín. Si ya lo dice hasta Gabilondo:



Discurso de Fidel Castro

En Santiago de Cuba, 1 de enero de 1999.

Santiagueros; compatriotas de toda Cuba: trato de recordar aquella noche del primero de Enero de 1959; vivo y percibo de nuevo las impresiones y detalles como si todo estuviera ocurriendo en este mismo instante. Parece irreal que el destino nos haya deparado el raro privilegio de volver a hablarle al pueblo de Santiago de Cuba desde este mismo sitio cuarenta años después.

Antes del amanecer de ese día, al llegar la noticia de la fuga del tirano y los principales jefes de su oprobioso régimen ante el avance incontenible de nuestras fuerzas, sentí por algunos segundos una extraña sensación de vacío. ¿Cómo había sido posible aquella increíble victoria en sólo algo más de veinticuatro meses a partir del instante en que volvimos a reunir siete fusiles, el 18 de diciembre de 1956, después del durísimo revés que prácticamente aniquiló nuestro destacamento, para reanudar la lucha contra un conjunto de fuerzas militares que contaba con ochenta mil hombres sobre las armas, miles de cuadros de mando con preparación académica, moral elevada, atractivos privilegios, mito de invencibilidad jamás cuestionado, asesoramiento infalible y suministros seguros de Estados Unidos? Ideas justas que un pueblo valiente hizo suyas obraron el milagro militar y político. Los intereses ulteriores, baldíos y ridículos, para salvar lo que restaba de aquel sistema explotador y opresivo, fueron barridos por el ejército Rebelde, los trabajadores y el resto del pueblo en veinticuatro horas.

Nuestra pasajera tristeza en la victoria era la nostalgia de la experiencia vivida, el recuerdo fresco de los compañeros caídos a lo largo de la lucha, la conciencia plena de los compañeros caídos a los largo de la lucha, la conciencia plena de que aquellos años tan extraordinariamente difíciles y adversos nos obligaron a ser mejores de los éramos y a convertirlos en los más fructíferos y creadores de nuestras vidas. Teníamos que abandonar nuestras montañas, nuestros campos, nuestras costumbres de absoluta y obligada austeridad, nuestra vida tensa de perenne guardia frente a un enemigo que podía aparecer por tierra o por aire en cualquier instante de los 761 días que duró la guerra; la vida sana, dura, pura y de grandes sacrificios y peligros compartidos que hermana hombres y hace que florezcan sus mejores virtudes, la infinita capacidad de entrega, desinterés y altruismo que cada ser humano puede llevar en sí.

La enorme deferencia en medios y fuerzas entre el enemigo y nosotros, nos obligó a realizar imposibles. Baste decir que con fusiles y minas antitanques ganamos la guerra, luchando siempre en cada acción importante contra la artillería, los blindados y, en especial, la aviación enemiga, siempre presente de inmediato en cualquier acción de guerra.

Los fusiles y otras armas semiautomáticas y automáticas de infantería ligera era los que arrebatábamos al enemigo en combate, y el explosivo con que fabricábamos en rústicos talleres las minas contra blindados y la infantería acompañante provino siempre de la lluvia de bombas que lanzaban contra nosotros, algunas de las cuales no estallaban. La táctica infalible de atacar al enemigo en movimiento fue un factor clave. El arte de provocarlo a moverse de sus bien fortificadas y, por lo general, invulnerables posiciones, se convirtió en una de las mayores habilidades de nuestros mandos.

Las unidades enemigas de operaciones o sus guarniciones era cercadas, destruidos los refuerzos y obligadas a rendirse por hambre y sed bajo el fuego constante de nuestros tiradores, que día a día estrechaban el cerco sin ataques frontales, costosos en vidas, al no contar con los medios y armas adecuadas para ello. Lo que se aprendió en las montañas y cerrados bosques terminó aplicándose en pleno llano junto a carreteras asfaltadas, a la sombra de plantaciones de cítricos, arboledas de frutales e incluso cañaverales que servían de enmascaramiento a las tropas, por lo general bisoñas, dado el acelerado crecimiento de nuestras filas a medida que se ocupaban las armas, aunque siempre bajo la dirección de combatientes más experimentados, para asestar los golpes sorpresivos a los refuerzos. Terminó aplicándose el mismo método dentro de las propias ciudades, aislando las diversas posiciones de la guarnición.

Así se tomó en sólo tres días la ciudad de Palma Soriano, y así se concibió el plan de atacar y rendir la guarnición de cinco mil hombres de la plaza de Santiago de Cuba con el empleo de mil doscientos combatientes rebeldes. A través de la bahía de Santiago se habían introducido ya cien armas de las ocupadas en Palma para hincar el levantamiento, al quinto día del inicio de las operaciones que cercarían sucesivamente a los cuatro batallones que defendían la periferia.

Omito detalles más precisos de la idea concebida. Sólo señalo que había un combatiente rebelde por cada cuatro soldados enemigos. Jamás habíamos contado con una correlación de fuerzas más favorable.

En Guisa, a pocos kilómetros de Bayazo, se hincaron los combates con ciento ochenta hombres, que debieron luchar contra los refuerzos por una carretera asfaltada y otras vías desde esa ciudad donde se ubicaban la jefatura de operaciones del ejército enemigo y miles de sus mejores soldados con apoyo de tanques pesados. Después de once días de intensos combates, en que nuestras fuerzas creciendo con las armas que se ocupaban y algunos pequeños refuerzos, el 30 de noviembre de 1958 Guisa cayó en nuestras manos.

Esta batalla fue una demostración más de la extraordinaria combatividad que adquirieron nuestros soldados y de la celeridad con que actuaban. Cinco meses antes, en junio de ese mismo año, el enemigo había lanzado su última y aparentemente imbatible ofensiva contra la Comandancia General de La Plata, en la Sierra Maestra. Mas no éramos ya los bisoños combatientes que desembarcamos el 2 de diciembre de 1956. Tampoco éramos tan numerosos. La defensa fue iniciada con ciento setenta hombres aproximadamente. Reunidas las tropas, todavía muy reducidas, de Che, Camilo, Ramiro y Almeida, que recibieron instrucciones previas de moverse hacia las posiciones de la Columna I, objetivo estratégico de la ofensiva enemiga –es decir, todas nuestras columnas excepto las fuerzas del Segundo Frente Oriental, al mando de Raúl, demasiado distante en las montañas del noroeste para apoyar nuestro frente-, sumamos cuatro semanas más tarde alrededor de trescientos combatientes. Cientos de jóvenes voluntarios sin armas se entrenaban en la escuela de reclutas de Minas del Frío.

Honor y gloria eterna, respeto infinito y cariño para los que entonces cayeron.

Después de setenta y cuatro días de intensos combates, los batallones enemigos sufrieron cerca de mil bajas entre muertos, heridos y prisioneros, de las cuales quedaron en nuestro poder más de cuatrocientos cuarenta prisioneros, que fueron devueltos breves días después a través de la Cruz Roja Internacional. Escribo lo que recuerdo. Tal vez los historiadores puedan precisar mejor estos datos a partir de documentos nuestros que se conservan y los que más tarde fueron encontrados en los archivos del enemigo. Sí puedo afirmar que fueron capturadas más de quinientas armas con las que fueron siendo equipados los alumnos de la escuela, a medida que las íbamos arrebatando al enemigo, y finalizados los combates, sin pérdida de tiempo, con sólo novecientos hombres armados, avanzando en distintas direcciones, las columnas rebeldes invadieron el territorio dominado por el enemigo hasta el centro del país, con excepción de la extensa zona oriental ya controlada firmemente por el Segundo Frente Oriental Frank País, y crearon nuevos frentes de guerra que rápidamente se desarrollaron. Yo quedé en el puesto de mando con unos pocos hombres. Fue en el desarrollo de aquellas operaciones cuando el Che y Camilo, con aproximadamente ciento cuarenta hombres el primero –según mis recuerdos, sin consultar documento alguno- y alrededor de cien el segundo, realizaron una de las más grandes proezas entre las muchas que he conocido en los libros de historia: avanzar más de cuatrocientos kilómetros desde la Sierra Maestra, después de un huracán, hasta el Escambray, por terrenos bajos, pantanosos, infestados de mosquitos y de soldados enemigos, bajo constante vigilancia aérea, sin guías, sin alimentos, sin el apoyo logístico de nuestro movimiento clandestino, débilmente organizado en la zona de su larga ruta. Burlando cercos, emboscadas, líneas sucesivas de contención, bombardeos, arribaron a su meta. Tal era nuestra confianza en los combatientes que derrotaron la ofensiva enemiga; y lo más importante de todo, tal era la infinita confianza en ellos mismos y en sus legendarios jefes. Eran hombres de hierro. Recomiendo a los jóvenes leer y releer las hermosas narraciones contenidas en los Pasajes de la guerra revolucionaria escritos por el Che.

Y ya que casi involuntariamente he caído en estas reflexiones de nuestras luchas en la Sierra, para completar la historia de los acontecimientos que me condujeron de nuevo a esta querida ciudad aquel Primero de Enero, cuyo aniversario cuarenta conmemoramos hoy, les diré que el 11 de noviembre salí de La Plata con treinta hombres armados y mil reclutas desarmados.

Aquellos valerosos y abnegados jóvenes estaban más entrenados en hambre, bombardeos y carencia de todo que en las armas, ya que nunca había una sola bala disponible para entrenamiento en tiro real. Llegaban en oleadas entusiastas a la escuela, de todas partes; mas en aquellos tiempos sólo uno de cada diez soportaba aquellas condiciones. Ellos nutrían nuestras filas, eran más temerarios que nuestros viejos combatientes. Inspirados ya en las tradiciones y las historias que escuchaban, querían escribir en un día lo que otros hicieron en años.

Recogiendo pequeñas unidades rebeldes a lo largo de la marcha, más las armas de dos pelotones del ejército enemigo que se pasaron a nuestras filas, persuadidos por el entonces comandante Quevedo, quien fuera nuestro digno y valiente adversario en la batalla del Jigüe, y bajo el acuerdo de que no combatirían contra sus antiguos compañeros de armas, reunió nuestra larga columna una vanguardia de ciento aochenta hombres con armas de guerra. En Guisa, Baire, Jiguaní, Maffo y Palma Soriano, escenarios de numerosas acciones, ya con el apoyo de otras fuerzas a medida que avanzábamos, los reclutas colmaban sus sueños de lucha. Cubriendo en parte bajas por muerte, heridas o enfermedades de otros combatientes ya equipados, y con las armas capturadas, calculo que alrededor de setecientas, tomada Palma, todos los reclutas que salieron conmigo de La Plata seis semanas antes estaban armados y constituían una formidable tropa. Sólo en Palma se ocuparon trescientas cincuenta armas.

Debo señalar el hecho de que no todas las armas que ayudaron a convertir en soldados de primera línea a los jóvenes de nuestra escuela de las Minas del Frío fueron exclusivo de nuestros trofeos. A mediados de diciembre recibimos lo que a mi juicio constituyó la más apreciada ayuda en armas desde el exterior: ciento cincuenta fusiles semiautomáticos y un FAL automático para mí, enviados en nombre del pueblo venezolano por el contralmirante Larrazábal y la junta revolucionaria que había tomado el poder en Venezuela meses antes del triunfo cubano. Como es de suponer, esas armas entraron rápidamente en acción y participaron en los combates de Jiguaní, Maffo y Palma Soriano.

Por eso, al caer en nuestro poder Palma y Maffo, las armas no sólo alcanzaron sino que sobraron para armar a los combatientes desarmados, y pudimos enviar para el levantamiento de Santiago las cien mencionadas y un número importante a Belarmino Castilla, con instrucciones de cortar la retirada al batallón ubicado en Mayarí.

Ya que mencioné la ayuda venezolana, debo expresar que en nuestra lucha revolucionaria no recibimos suministros de armas y municiones del exterior, salvo en muy contados casos, de los cuales, con mucho, el más numeroso, casi tanto como los demás que recuerde o he oído mencionar, fue el de Venezuela. Más del 90 por ciento de las armas por municiones con que hicimos y ganamos la guerra, fueron arrebatadas al enemigo en combate. Eran sólo unos pocos miles, pero por principio inviolable todas absolutamente estaban siempre en primera línea.

Durante todo el año que acababa de transcurrir, han sido conmemorados los hechos que sólo en parte muy reducida he recordado.

Honor y gloria eterna, respeto infinito y cariño para los que entonces cayeron para hacer lo posible la independencia definitiva de la patria; para todos los que escribieron aquella epopeya en montañas, campos, ciudades, guerrilleros o luchadores clandestinos, a los que después del triunfo murieron en otras misiones gloriosas, o entregaron lealmente su juventud y sus energías a la causa de la justicia, la soberanía y la redención de su pueblo, a los que ya se murieron y a los que aún viven, pues si aquel Primero de Enero podía hablarse del triunfo alcanzado a cinco años, cinco meses y cinco días del 26 de julio de 1953, en este aniversario es preciso hablar, tomando el mismo punto de partida, de una lucha heroica y admirable de cuarenta y cinco años, cinco meses y cinco días. [Aplausos]

Para las generaciones más nuevas, la Revolución apenas comienza. Un día como este no tendría sentido si no se habla para ellas.

¿Quiénes son las que están aquí presentes? En su inmensa mayoría no son los mismos hombres, mujeres y jóvenes de aquel día. El pueblo al que me dirijo no es el pueblo de aquel Primero de Enero. No son los mismos hombres y mujeres. Es otro pueblo distinto, y a la vez el mismo pueblo eterno. [Aplausos]

El que así se expresa desde esta tribuna tampoco es exactamente el mismo hombre de aquel día. Es sólo alguien mucho menos joven, que se llama igual, que viste, que piensa igual, que sueña igual. [Aplausos]

De los 11.142.700 habitantes que constituyen la población actual del país, 7.190.400 no habían nacido todavía; 1.359.698 tenían menos de diez años de edad; la inmensa mayoría de los que entonces tenían cincuenta años y ahora tendrían como mínimo noventa –aunque son cada vez más numerosos los que sobrepasan esas edad- han fallecido.

Un 30 por ciento de aquellos compatriotas no sabían leer ni escribir; pienso que tal vez otro 60 por ciento no alcanzaba el sexto grado. Existían sólo algunas decenas de escuelas técnicas, institutos preuniversitarios, no todos al alcance del pueblo, y centros para la formación de maestros, tres universidades públicas y una privada. Profesores y maestros, veintidós mil. ¿Acaso un 5 por ciento de los adultos, es decir, más o menos doscientas cincuenta mil personas, podían tener más de sexto grado? Hay algunos datos que recuerdo.

Hoy, maestros con mucho mayor nivel y profesores en activo, hay más de doscientos cincuenta mil; médicos, setenta y cuatro mil; graduados universitarios, seiscientos mil. No existe un analfabeto, es rarísimo que alguien tenga menos de sexto grado. Es obligatoria la enseñanza hasta los nueve grados; todos los que la alcanzan, sin excepción, puede continuar gratuitamente sus estudios de nivel medio superior. No vale la pena acudir a datos absolutamente precisos y absolutamente exactos. Hay hechos que nadie se atreve a negar. Somos hoy, con orgullo, el país del mundo con mayor índice per cápita de educadores, médicos y profesores de educación física y deporte, y la más baja tasa de mortalidad infantil y materna entre todos los del Tercer Mundo.

No me propongo, sin embargo, hablar de estos y otros muchos avances sociales. Hay cosas mucho más importantes que éstas. Lo absolutamente real es que no existe comparación posible entre el pueblo de hoy y el de ayer.

El pueblo de ayer, analfabeto y semianalfabeto, sin apenas una verdadera y mínima cultura política, fue capaz de hacer la Revolución, defender la patria, alcanzar después una extraordinaria conciencia política e iniciar un proceso revolucionario que no tienen paralelo en este hemisferio ni en el mundo. Lo digo no por ridículo espíritu chovinista, o con la absurda pretensión de creernos ser mejores que otros; lo digo porque la Revolución que nacía aquel Primero de Enero, quiso el azar o el destino que fuese sometida a la más dura prueba a la que haya sido sometido proceso revolucionario alguno en el mundo.

Nuestro pueblo heroico de ayer y de hoy, nuestro pueblo eterno, con la participación ya de tres generaciones, ha resistido cuarenta años de agresiones, bloqueo, guerra económica, política e ideológica de la más poderosa y rica potencia imperialista que ha existido jamás en la historia del mundo. Su más extraordinaria página de gloria y firmeza patriótica y revolucionaria ha sido escrita en estos años de periodo especial, cuando nos quedamos absolutamente solos en medio de Occidente a noventa millas de Estados Unidos, y decidimos seguir adelante.

Ninguna causa es más importante que la causa de la propia humanidad. No es mejor que otros nuestro pueblo; su inmensa grandeza histórica deriva del hecho singular de habérsele sometido a esa prueba y haber sido capaz de resistirla. No se trata de un gran pueblo de por sí, sino de un pueblo engrandecido por sí mismo, y su capacidad de hacerlo nace de la grandeza de las ideas y la justeza de las causas que defiende. No hay otras iguales; no las ha habido jamás. No se trata hoy de defender con egoísmo una causa nacional; una causa exclusivamente nacional en el mundo de hoy, no puede ser por sí sola una gran causa; nuestro mundo, como consecuencia de su propio desarrollo y evolución histórica, se globaliza de manera rápida, incontenible e irreversible. Sin dejar a un lado identidades nacionales y culturales, e incluso los intereses legítimos de los pueblos de cada país, ninguna causa es más importante que las causas globales, es decir, la causa de la propia humanidad.

Tampoco es nuestra culpa o nuestro mérito que para el pueblo de hoy y de mañana la lucha iniciada el Primero de Enero tenga que convertirse inexorablemente en una lucha junto a los demás pueblos por los intereses de toda la humanidad. Ningún pueblo por sí solo, por grande y rico que sea –menos aún un mediano o pequeño país-, puede resolver por sí mismo y por sí solo sus problemas. Únicamente por visión estrecha, por miopía o ceguera política, o ausencia total de preocupación y sensibilidad por el destino humano, se puede negar esta realidad.

Pero las soluciones para la humanidad no vendrán de la buena voluntad de los que hoy se adueñan del mundo y lo explotan, aunque no puedan soñar o concebir otra cosa que el carácter perenne de lo que constituye el cielo para ellos y un infierno para el resto de la humanidad; infierno real y sin remedio posible.

El orden económico que hoy prevalece en el planeta caerá inevitablemente. Eso podría comprenderlo incluso un colegial que sepa sumar, restar, multiplicar y dividir lo suficiente para obtener un simple aprobado en aritmética.

Muchos acuden al infantil recurso de llamar escépticos a quienes hablen de esos temas. No faltan incluso los que sueñan con establecer colonias en la Luna o en el planeta Marte. No los critico por soñar. Tal vez, si lo logran, sería el sitio donde algunos puedan refugiarse, si no se detiene la brutal y creciente agresión al planeta que habitamos.

El sistema actual es insostenible, porque se sustenta sobre las leyes ciegas, caóticas, ruinosas y destructivas de la sociedad y la naturaleza.

Las propias teóricas de la globalización neoliberal, sus mejores académicos, expositores y defensores del sistema, se muestran inciertos, vacilantes, contradictorios. Hay mil interrogantes que no pueden ser respondidos. Es hipócrita afirmar que la libertad del hombre y la absoluta libertad de mercado son conceptos inseparables, como si las leyes de éste, que han originado los sistemas sociales más egoístas, desiguales y despiadados que ha conocido el hombre, fuesen compatibles con la libertad del ser humano, al que el sistema convierte en una simple mercancía.

Sería mucho más exacto decir que sin igualdad y fraternidad, que fueron lemas sacrosantos de la propia revolución burguesa, no puede haber jamás libertad, y que la igualdad y la fraternidad son absolutamente incompatibles con las leyes del mercado.

Las decenas de millones de niños en el mundo obligados a trabajar, a prostituirse, suministrar órganos, vender drogas para sobrevivir, los cientos de millones de personas sin empleo, la pobreza crítica, el tráfico de drogas, de inmigrantes, de órganos humanos, como el colonialismo ayer y su dramática secuela actual de subdesarrollo, y cuanta calamidad social existe en el mundo de hoy, se han originado en sistemas que se basaron en esas leyes. No es posible olvidar que la lucha por los mercados originó la espantosa carnicería de las dos guerras mundiales de este siglo.

Tampoco se puede ignorar que los principios del mercado son parte inseparable del desarrollo histórico de la humanidad, pero cualquier hombre racional tiene todo el derecho a rechazar la pretendida perennidad de tales principios de carácter social como base del ulterior desarrollo de la especie humana.

Los más fanáticos defensores y creyentes del mercado han terminado convirtiéndolo en una nueva religión. Surge así la teología del mercado. Sus académicos, más que científicos, son teólogos; es para ellos una cuestión de fe. Por respeto a las verdaderas religiones practicadas honestamente por miles de millones de personas en el mundo y a los verdaderos teólogos, podríamos sencillamente añadir que la teología del mercado es sectaria, fundamentalista y antiecuménica.

Por muchas otras razones, el orden mundial actual es insostenible. Un biotecnólogo diría que en su mapa genético aparecen numerosos genes que lo conducen a su propia destrucción.

Nuevos e insostenibles fenómenos surgen, que escapan a todo control de gobiernos e instituciones financieras internacionales. No se trata ya sólo de la creación artificial de fabulosas riquezas sin ninguna relación con la economía real. Tal es el caso de los cientos de nuevos multimillonarios que surgen al multiplicarse en los últimos años el precio de las acciones de las bolsas de valores en Estados Unidos, como un gigantesco globo que se infla hasta el absurdo con grave riesgo de que tarde o temprano estalle. Ya ocurrió en 1929, originando una profunda depresión que duró toda una década.

En agosto de este año, la simple crisis financiera de Rusia, que produce sólo el 2 por ciento del Producto Interno Bruto del mundo, hizo bajar el Dow Jones, índice insignia de la bolsa de valores de Nueva York, 512 puntos en un día. Cundió el pánico, amenazó con un Sudeste Asiático en América Latina y con ello un gran riesgo para la economía norteamericana. A duras penas han podido frenar hasta ahora la catástrofe. En esas acciones que se cotizan en las bolsas están los ahorros y fondos de pensiones del 50 por ciento de los norteamericanos. Cuando la crisis de 1929, era sólo el 5 por ciento y hubo numerosos suicidios.

En el mundo globalizado lo que ocurra en cualquier parte repercute de inmediato en el resto del planeta. El susto reciente ha sido grande. Los recursos de los países más ricos del mundo, convocados por Estados Unidos, se movilizaron para atajar o atenuar el incendio. No obstante, a Rusia se le quiere mantener al borde del abismo, y a Brasil se le exigen condiciones innecesariamente duras. El Fondo Monetario Internacional no se aparta un milímetro de sus principios fundamentalistas. El Banco Mundial se insubordina y denuncia.

Todo el mundo habla de una crisis financiera internacional, los únicos que nos se han enterado son los ciudadanos norteamericanos; han gastado más que nunca, y sus ahorros están por debajo de cero. No importa, sus transnacionales invierten el dinero de los demás. Tampoco importa el creciente déficit comercial, que alcanza ya los doscientos cuarenta mil millones. Privilegios del imperio que imprime la moneda de reserva del mundo. En los bonos de su Tesorería se refugian en masa los especuladores cuando hay crisis. Como el mercado interno es grande y se gasta más, la economía se mantiene aparentemente bien, aunque las ganancias de las corporaciones se han reducido. Megafusiones, euforia: suben de nuevo los precios de las acciones. Otra vez a jugar a la ruleta rusa. Todo seguirá eternamente bien. Los teóricos del sistema han descubierto la piedra filosofal. Todos los accesos están interceptados para que no penetren fantasmas que quiten el sueño. Ya no es imposible cuadrar el círculo. No habrá jamás crisis.

¿Pero es acaso el globo que se infla la única amenaza y el único juego especulativo? Un fenómeno que adquiere cada día proporciones fabulosas e incontrolables son las operaciones especulativas con las monedas. Como mínimo, ascienden a un millón de millones de dólares cada día. Algunos afirman que 1,5 millón de millones. Hace apenas catorce años esa cifra especulativa ascendía a sólo ciento cincuenta mil millones en un año. Posible confusión con las cifras. Cuesta trabajo expresarlas, y aún más traducirlas del inglés al español. Lo que en español se llama billón, es decir, un millón de millones, en inglés es trillón. Por su parte, el billón en inglés significa mil millones. Ahora se inventa el millardo, que significa mil millones tanto en español como en inglés. Estas dificultades del lenguaje expresan cuán difícil es seguir y comprender las fabulosas cifras que reflejan el nivel de especulación en el actual orden económico mundial. Esto lo pagan con el riesgo perenne de ruina de la inmensa mayoría de los pueblos del mundo. Al menor descuido, el asalto de los especuladores devalúa la moneda de cualquiera de ellos, y en cuestión de días liquidan sus reservas en divisas, acumuladas quizás en decenas de años. El orden mundial ha creado las condiciones para ello. Nadie en absoluto está ni puede estar seguro. Los lobos, agrupados en manadas y apoyados en programas computerizados, saben dónde atacan, cuándo atacan y por qué atacan.

Hay palabras que no pueden ser pronunciadas en el templo de los fanáticos del orden mundial impuesto.

Un Premio Nobel de Economía propuso hace catorce años, cuando estas especulaciones eran dos mil veces menores, un impuesto del 1 por ciento a cada operación especulativa de este tipo. Hoy el importe de ese 1 por ciento sería suficiente para desarrollar a todos los países del Tercer Mundo. Sería una forma de regulación y freno a tan nociva especulación. Pero, ¿regular? Eso choca con la más pura doctrina fundamentalista. Hay palabras que no pueden ser pronunciadas en el templo de los fanáticos del orden mundial impuesto. Ejemplos: regulación, empresa pública, programa de desarrollo económico, cualquier forma de planificación mínima, participación o influencia del Estado en el área económica. Todo eso perturba el idílico sueño del paraíso del libre mercado y la empresa privada. Todo debe ser desregularizado, incluso el mercado de la fuerza laboral. La ayuda al desempleo debe ser reducida a lo indispensable y mínimo para no sostener “vagos” y “holgazanes”; el sistema de pensiones debe restructurarse y privatizarse. El Estado debe ocuparse sólo de la policía y del ejército, para mantener el orden, reprimir protestas y hacer guerra. Ni siquiera es admisible que participe para nada en las políticas monetarias del Banco Central. Éste debe ser absolutamente independiente. Luis XIV realmente sufriría mucho porque sí él dijo “El Estado soy yo”, ahora tendría que añadir “No soy absolutamente nada”.

Aparte de la asombrosa especulación con las monedas, crecen de forma acelerada e increíble los llamados fondos de cobertura y el mercado de derivados, otra palabrita bastante nueva. No intentaré explicarlo. Es complicado. Requeriría tiempo. Basta decirles que se trata de un sistema adicional de juegos especulativos, otro casino enorme en que se apuesta con todo y de todo, basado en cálculos sofisticados de riesgos con empleo de computadoras, programadores de alto nivel y eminencias económicas. Explotan la inseguridad y emplean el dinero de los ahorristas de los bancos; no tienen prácticamente restricción alguna, obtienen ganancias enormes y pueden crear catástrofes.

Que el actual orden económico es insostenible lo evidencia la propia vulnerabilidad y endeblez del sistema, que ha convertido el planeta en un gigantesco casino, a millones de ciudadanos y en ocasiones a sociedades enteras en jugadores de azar, desvirtuando la función del dinero y de las inversiones, ya que aquéllos buscan a toda costa no la producción ni el incremento de riquezas en el mundo, sino ganar dinero con dinero. Tal deformación conducirá a la economía mundial a un inevitable desastre.

Un hecho reciente, ocurrido en Estados Unidos, ha sido motivo de escándalo y profunda preocupación. Uno de los fondos de cobertura de los que mencioné y traté de explicar en esencia, precisamente el más famoso de Estados Unidos, cuyo nombre, traducido al español, es Administración de Capital a Largo Plazo, y que cuenta con dos premios Nobel de economía y varios de los mejores programadores del mundo, y ganancias anuales superiores al 30 por ciento, estuvo a punto de una quiebra cuyas consecuencias habrían sido, al parecer, incalculables.

Apoyándose en el prestigio y confiando ciegamente en la inhabilidad de sus afamados programadores y sus premios nobel de Economía, con un fondo propio de cuatro mil quinientos millones de dólares, movilizó fondos de setenta y cinco bancos diferentes, ascendentes a ciento veinte mil millones de dólares para sus operaciones especulativas, es decir, obtuvo más de veinticinco dólares de préstamos por cada dólar propio del fondo. Tal procedimiento rompía todos los parámetros y supuestas prácticas financieras. Los cálculos y los programas fallaron. Las pérdidas fueron considerables; la quiebra, palabra dramática en esa esfera, inevitable. Era ya cuestión de días. El Sistema de la Reserva Federal de Estados Unidos acudió al rescate del fondo de cobertura. Esto estaba en contradicción con todo lo que predica Estados Unidos y sostiene la filosofía neoliberal, a partir de los que se considera una conducta irresponsable de una institución de ese carácter. Según los principios establecidos, el famoso fondo de resguardo debió arruinarse, la ley del mercado le daría una lección al imponer el correctivo pertinente. Se produjo el escándalo. El Senado citó a Greenspan, director del Sistema de Reserva Federal; fue llamado a declarar. Este alto funcionario, surgido de Wall Street, es considerado uno de los más expertos y eminentes responsables de la economía de Estados Unidos, se le atribuye el mérito principal de los éxitos económicos de la actual Administración, y en estos momentos recibe homenaje especial en los círculos financieros y en la prensa como el hombre que frenó la crisis de la Bolsa de Estados Unidos, al rebajar tres veces consecutivas la tasa de interés. Después del presidente, se le considera la persona más importante del país. Pues bien, este famoso y reconocido director declaró al Senado que, si no salvaba al fondo, se produciría una catástrofe económica que afectaría a Estados Unidos y al mundo entero.

¿Cuál es la solidez de un orden económico en el que la acción, calificada de aventurera e irresponsable, de una institución especulativa que poseía sólo cuatro mil quinientos millones de dólares, puede conducir a Estados Unidos y al mundo a un desastre económico? Cuando se observa tal endeblez y semejante falla inmunológica del sistema, podría diagnosticársele que padece de algo muy parecido al SIDA.

No deseo utilizar en esta ocasión más argumentos. Existen otros muchos problemas en la economía mundial. El orden prevaleciente se debate entre inflación, recesión, deflación, posibles crisis de superproducción, bajas sostenidas de los productos básicos. Países tan inmensamente ricos como Arabia Saudita tienen ya déficits presupuestarios y comerciales, a pesar de que exporta ocho millones de barriles diarios de petróleo. Los pronósticos optimistas de crecimiento se esfuman. No hay la menor idea de cómo se resolverán los problemas del Tercer Mundo. ¿Con qué bienes de capital, tecnologías, redes de distribución, créditos para la exportación, cuentan para buscar mercados, competir y exportar? ¿Dónde están los consumidores de sus productos? ¿Cómo se buscarán los recursos para la salud de África, cuyos veintidós millones de personas afectadas por el VIH requerirían, a los precios actuales, doscientos mil millones de dólares cada año para controlar una sola enfermedad? ¿Cuántos morirán mientras aparezca una vacuna protectora o un medicamento que elimine la enfermedad?

Ojalá no sea mediante crisis económicas catastróficas que aparezcan soluciones.

El mundo necesita una cierta dirección para enfrentar sus actuales realidades. Somos ya seis mil millones los habitantes en el planeta. Es casi seguro que en sólo cinco décadas más seamos nueve mil quinientos millones. Garantizar alimentos, salud, educación, empleo, ropa, calzado, techo, agua potable, electricidad y transporte para tan extraordinario número de personas que vivirán precisamente en los países más pobres, será un desafío colosal. Primero habrá que definir patrones de consumo. No podemos seguir implantando los gustos y modos de visa inspirados en el modelo despilfarrador de las sociedades industrializadas, lo que sería suicida además de imposible.

Hay que programar el desarrollo del mundo. Esa tarea no puede quedar en manos de las trasnacionales y de las ciegas y caóticas leyes del mercado. La Organización de Naciones Unidas constituye una buena base, reúne ya mucha información y experiencia; hay que luchar simplemente por democratizarla, poner fin a la dictadura del Consejo de Seguridad y a la dictadura dentro del propio Consejo, al menos ampliándolo con nuevos miembros permanentes donde el Tercer Mundo esté debidamente representado, con todas las prerrogativas que tienen los actuales miembros que ostentan ese carácter y cambiando las reglas para la toma de las decisiones. Hay que ampliar, además, las funciones y la autoridad de la Asamblea General.

Ojalá no sea mediante crisis económicas catastróficas que aparezcan soluciones. Miles de millones de personas del Tercer Mundo serían las más afectadas. Un elemental sentido de las realidades tecnológicas y del poder destructivo de las armas modernas nos obliga a pensar en el deber de impedir que los conflictos de intereses que inevitablemente se desatarán conduzcan a guerras sangrientas.

La existencia de una sola superpotencia, un orden económico global y asfixiante, hace difícil –tal vez imposible- que incluso una Revolución como la nuestra, si naciera hoy y no cuando pudo contar con un punto de apoyo, en un mundo que era entonces bipolar, pudiera sostenerse. Nuestro país contó, con el tiempo necesario para desarrollar una invencible capacidad de resistencia y desplegar a la vez, en la esfera internacional, la fuerte influencia de su ejemplo y su heroísmo para librar e.n todas las tribunas una gran batalla de ideas.

Los pueblos lucharán, las masas desempeñarán importante y decisivo papel en esas luchas, que en el fondo será su respuesta a la pobreza y los sufrimientos que les han sido impuestos; mil formas creadoras e ingeniosas de presión y acción política surgirán. Muchos gobiernos se verán desestabilizados por las crisis económicas y la ausencia de salidas dentro del sistema económico internacional establecido.

Vivimos una etapa en que los acontecimientos marchan por delante de la conciencia de las realidades que estamos padeciendo. Hay que sembrar ideas, desenmascarar engaños, sofismas e hipocresías, usando métodos y medios que contrarresten la desinformación y las mentiras institucionalizadas. La experiencia de cuarenta años de calumnias caídas sobre Cuba como lluvias torrenciales nos ha enseñado a confiar en el instinto y la inteligencia de los pueblos.

Los países de Europa han dado al mundo ejemplo de lo que puede lograrse mediante el ejercicio de la racionalidad y el empleo de la inteligencia. Después de siglos guerreando entre sí, comprendieron que incluso ellos, países industrializados y ricos, no podrían sobrevivir aislados. Soros, un conocido personaje del mundo de las finanzas, y su grupo, con un asalto especulativo, pusieron de rodillas a Gran Bretaña, otrora dueña de un gran imperio, reina incuestionada de las finanzas y poseedora de la moneda de reserva, papel que ahora desempeñan el dólar y Estados Unidos.

El franco, la peseta y la lira sufrieron los embates de la especulación. El dólar y el euro se vigilan mutuamente. Un adversario con perspectivas le ha surgido a la privilegiada moneda norteamericana. Estados Unidos apuesta ansiosamente a sus dificultades y fracaso. Sigamos de cerca los acontecimientos. Algunas en sus angustias, incertidumbres y dudas, buscan alternativas eclécticas. El mundo, sin embargo, no tiene otra alternativa a la globalización neoliberal, deshumanizada, moral y socialmente indefendible, ecológica y económicamente insostenible, que una distribución justa de las riquezas que los seres humanos sean capaces de crear con sus manos laboriosas y fecunda inteligencia. Cese la tiranía de un orden que impone principios ciegos, anárquicos y caóticos, que conduce a la especie humana hacia el abismo. Sálvese la naturaleza. Presérvese las identidades nacionales. Protéjanse las culturas de cada país. Que prevalezcan la igualdad, la fraternidad y con ellas la verdadera libertad. No pueden continuar creciendo las insondables diferencias entre ricos y pobres dentro de cada país y entre los países. Deben, por el contrario, disminuir progresivamente hasta cesar algún día. Que sea el mérito, la capacidad, el espíritu creador y lo que el hombre realmente aporte al bienestar de la humanidad; no el robo, la especulación o la explotación de los más débiles lo que determine el límite de las diferencias. Practíquese verdaderamente el humanismo, con hechos y no con hipócritas consignas.

La batalla de hoy es dura y difícil.

Queridos compatriotas: el pueblo libra la heroica lucha del período especial para salvar la patria, la Revolución y las conquistas del socialismo, avanza incontenible hacia sus metas, igual que los combatientes de Camilo y el Che de la Sierra Maestra al Escambray. Como dijo Mella, todo tiempo futuro tiene que ser mejor. Comprobémoslo en las metas que nos hemos trazado para 1999. Consolidemos y profundicemos, trabajemos, luchemos, combatamos con el espíritu con que lo hicieron nuestros heroicos compatriotas en Uvero, en los días gloriosos de la gran ofensiva enemiga, en las batallas y en los hechos que hemos recordado hoy. Ya dejamos atrás el revés de Alegría de Pío, pasamos por Cinco Palmas, ya hemos reunido fuerzas, ya somos capaces de vencer como trescientos vencieron a diez mil, ya somos mucho más fuertes, ya estamos seguros de la victoria. [Aplausos]
A todos nuestros compatriotas, especialmente a los jóvenes, les aseguro que los próximos cuarenta años serán decisivos para el mundo. Por delante tienen tareas incomparablemente más complejas y difíciles. Nuevas metas gloriosas los esperan, el inmenso honor de revolucionarios cubanos lo exige. Lucharemos por nuestro pueblo y por la humanidad. Y nuestra voz puede llegar y llegará muy lejos.

La batalla de hoy es dura y difícil. En la guerra ideológica, como en las contiendas bélicas, se producen también bajas. Los tiempos duros y las condiciones difíciles no todos tienen el temple necesario para resistirlos.

Les recordaba hoy que en medio de la guerra, bajo los bombardeos y sufriendo todo tipo de privaciones, de los jóvenes voluntarios que ingresaban en la escuela, uno de cada diez lo soportaba; pero ese uno valía por diez, por cien, por mil. Profundizar en la conciencia, formar carácter, educar en la dura escuela de la vida de nuestra época, sembrar ideas sólidas, utilizar argumentos que son irrebatibles, predicar con el ejemplo y confiar en el honor del hombre, puede lograr que, de cada diez, nueve permanezcan en sus puestos de combate junto a la bandera, junto a la Revolución y junto a la patria. [Aplausos]

¡Socialismo o muerte!

¡Patria o muerte!

¡Venceremos!