lunes, 30 de enero de 2012

Creen que somos estúpidos

Siempre hay un micrófono abierto cuando se le necesita, y Rajoy nos lo demuestra en Bruselas. Charlando con el presidente de Holanda vino a decir que "ahora viene lo duro", que la reforma laboral "le va a costar una huelga" y que la situación "es muy complicada".

Si Rajoy tuviese una sultana madre a lo Boabdil, le diría algo así como "lloriquea en un micrófono que finges cerrado lo que no te atreves a decir a micrófono abierto". Estas cosas ya las hacían los nazis, ellos tampoco sabían que les grababan. Porque a estas alturas ya todos somos conscientes de lo grave de la situación, aunque de momento solo para nosotros, porque los colegas de Rajoy ni se despeinan. Y también sabemos que la reforma laboral puede que cueste una huelga que los sindicatos CCOO y UGT convocarán de mala gana para cumplir con el plan previsto. Así que Rajoy no está descubriendo nada sino preparando el terreno con armas tan melladas que ni pinchan ni cortan.

Este año muy probablemente rondaremos los 6 millones de parados oficiales, con una economía en recesión y con unos voceros de la burguesía que como solución al desastre solo ofrecen consignas y un milagro de San Pancracio. La clase obrera, que nadie lo dude, reivindicará trabajo, vivienda, comida, sanidad, dignidad... lo hará, siempre lo ha hecho. Cuando a todo eso le pongan nombre, el problema ya no lo tendremos nosotros los trabajadores, sino ellos, la burguesía parásita. A esta realidad deberán enfrentarse Rajoy El Breve y sus secuaces.

domingo, 29 de enero de 2012

Discurso de Fidel Castro

Discurso de Fidel Castro el día 7 de diciembre de 1989 con motivo del acto de despedida a Internacionalistas caídos durante el cumplimiento de misiones militares y civiles.

No se pierdan este discurso.



"Es repugnante que muchos se dediquen ahora en la propia URSS a negar y destruir la hazaña histórica y los méritos extraordinarios de ese heroico pueblo. Esa no es forma de rectificar y superar los incuestionables errores cometidos en una revolución que nació de las entrañas del autoritarismo zarista, en un país inmenso, atrasado y pobre. No es posible tratar de cobrarle ahora a Lenin el precio de haber hecho la revolución más grande de la historia en la vieja Rusia de los zares. Por ello, nosotros no hemos vacilado en impedir la circulación de ciertas publicaciones soviéticas que están cargadas de veneno contra la propia URSS y el socialismo. Se percibe que detrás de ellas está la mano del imperialismo, la reacción y la contrarrevolución." Fidel Castro.

miércoles, 25 de enero de 2012

Así están las cosas

Estos días estoy bastante liado, así que descuido un poco el blog. Pero como hay cosas que claman al cielo, al infierno y al purgatorio (aunque creo que la Iglesia católica ya decretó su cierre), tengo que desahogarme con unas líneas.

Venía ahora mismo escuchando la radio, en concreto a un burgués del PP que estaba explicando no sé qué leches del "copago" judicial. Resulta que estos sinvergüenzas pretenden cobrar por recurrir, y por lo visto también van a meter mano a los abogados de oficio. Como soy un demagogo insoportable, un perdedor y un paria, lo primero que pienso es que quieren hacer de la justicia -más si cabe- un territorio exclusivo de los que tienen pasta. Que tienes euros, pues recurres. Que no tienes euros, pues a joderse toca. Que violan a tu novia y te plantan delante a un juez que afirma que la culpa es de ella por llevar minifalda, pues nada, salvo que tengas la cartera bien llena. Que tu jefe te larga a la calle afirmando que sales mucho a fumar, cuando ni siquiera fumas, pero al juez le parece un despido procedente, pues ahí te quedas chaval, salvo que tengas pasta. Es decir, obrerete de cuello azul o blanco, van por ti. Porque la mayoría de los burgueses, ya sean pequeños, medianos, grandes o tamaño super no van a tener ningún problema.

También escuché, no sé ya cuántas veces lo escuché, eso de que en Davos están trabajando para "reformar al capitalismo". Se me vino a la cabeza la vieja imagen del burgués con barriga, puro y copete, con su pie puesto sobre el lomo de un trabajador, y me imaginé a continuación eso de la reforma del capitalismo como al mismo burgués, más delgado, vestido a la moda, en lugar de un puro con un Ipad en la mano, pero también con el pie sobre el lomo del trabajador. Todo muy de buen rollo, vegetariano, flexible, dinámico, competitivo y toda la basura de jerga que usan los explotadores 2.0. Y mientras estaba recreando en mi mente eso de la reforma escucho una voz impertinente, era la vaca burra de Merkel hablando de los nuevos tiempos, de los cambios a los que tenemos que adaptarnos, de lo mal que lo hemos hecho y lo bien que lo haremos ahora. Por lo visto esta facinerosa también está en Davos. El asco que le tengo a esta nazi repugnante no puedo expresarlo con palabras. Y luego llegó el otro, Mariano El Ausente -y sin tardar mucho El Breve-, que sigue diciendo las mismas tonterías que antes, durante y después de las elecciones, sigue con eso de "hay que aumentar la confianza para que crezca la inversión". Desde luego no tiene opción alguna, lógico que siga con esas consignas, habla poco pero algo tiene que decir cuando habla. Pero tampoco tienen nada que decir en Davos, ni lo tiene Merkel, que solo piensa en su IV Reich, y para qué vamos a hablar de Obama, a éste no se le ocurre otra cosa que hablar de "igualdad de oportunidades" cuando trabaja para la oligarquía más asesina y despiadada que ha conocido el mundo, a la cual le entregó hasta los empastes que el Ejército de Salvación le regaló al último mono yanqui. Este memo peligroso nos sorprenderá a no tardar mucho con otra guerra, mejor no imaginar las proporciones, pero ya saben que los capitalistas utilizan eso de la "destrucción creativa" cuando no saben qué diablos hacer ni decir para justificar su asesino negocio y que siga rodando la pelota.

Y entre tanta declaración política tengo que soportar a un subnormal profundo, de profesión abogado, que afirma tener la solución a la crisis: "que cada uno se pague lo suyo y listo". Este pobre hombre ha leído lo suficiente para mirar de reojo, pero no tanto como para dejar de ser un zopenco, porque si lo hubiera hecho sabría que nosotros los trabajadores ya lo pagamos todo, hasta la taza del váter de oro y diamantes en la que cagan los explotadores a los que tanto admira como buen lacayo que es, digno representante de la llamada "clase media", que ni es clase ni es media, son más bien una vergüenza en peligro de extinción.

La única verdad del día la dijo Fidel Castro: "No ignoramos que ahora en España gobiernan los admiradores de Franco". Ahora y antes, tanto monta monta tanto. Al parecer, para poder cantar las verdades del barquero tienes que hacer una revolución. Mientras tanto habrá que sufrir a los explotadores cuadrando el círculo para justificar tan poco pan y tan pésimo circo. Recuerdo a los desmemoriados, eso de la crisis comenzó oficialmente a finales de 2006, y estamos en 2012, y según las instituciones de la burguesía la cosa no remontará hasta 2014. De hecho cuando lleguemos a 2014 será 2016, o tal vez el dos mil siempre, porque quién ha dicho que la "crisis" pasará. ¿Acaso creen, sucios burgueses, que vuestro tenderete infame de explotación y muerte será eterno? Tengan en cuenta que los crímenes contra la clase obrera no prescriben, y que tarde o temprano nosotros también podremos cantar las verdades del barquero. Cuidado con las manos, que se os ve venir.

miércoles, 18 de enero de 2012

El Partido Comunista de Alemania y la clase obrera contra Hitler: actualidad y enseñanzas de una lucha heroica

Este artículo de Albert Escusa nos viene que ni pintado para seguir el debate anterior:


El Partido Comunista de Alemania fue el motor que impulsó la heroica resistencia de la clase obrera frente al avance de Hitler, mientras que la mayoría del Partido Socialdemócrata utilizó los instrumentos represivos del Estado para controlar a la clase obrera y reprimir a los comunistas .

El Partido Comunista fue indiscutiblemente la fuerza motriz que impulsó la heroica resistencia de la clase obrera alemana ante el peligro nazi durante la República de Weimar, régimen que existió desde el fin de la I Guerra Mundial hasta el ascenso de Hitler al poder (1919-1933). Esta es una de las conclusiones que se extrae del imprescindible artículo escrito por Sergio Bologna, Nazismo y clase obrera (1933-1993) (1); la otra, es que el término «socialfascista» aplicado al Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) no era el fruto de un descabellado análisis extremista, sino que describía fielmente los vínculos orgánicos que la parte dominante del aparato socialista entrelazó con los sectores más reaccionarios del Estado, la policía y el ejército: para la dirigencia socialdemócrata –y en esto fueron imitados por socialdemócratas de otros países como Bélgica o Francia en 1939–, la amenaza que se debía combatir no era el nazismo, sino el «extremismo» encarnado por el KPD y los grupos anarquistas. Una parte de los militantes del SPD que también se enfrentaron a Hitler, fueron impotentes para cambiar la estrategia de represión anticomunista de su partido: ellos también formaron parte de listas de «personas a liquidar» por parte de las bandas terroristas nazis. Para hacerse una idea de lo que significó el terror hitleriano contra la izquierda, hay que mencionar que sólo entre el 16 de junio y el 18 de julio de 1932, los nazis asesinaron a 99 personas e hirieron a 1125 (2).

Como explica Sergio Bologna, la fusión parcial del partido socialdemócrata con el Estado de Weimar generó una gran aparato administrativo estatal, regional y municipal servido por un ejército de funcionarios leales al SPD que fueron utilizados para reprimir a la clase obrera y exterminar a los comunistas cuando Hitler tomó el poder. Hay que destacar que la República de Weimar estuvo gobernada desde 1924 hasta 1929 por gobiernos de centro-izquierda, donde el partido socialdemócrata tenía un papel de primer orden. Desde 1930 hasta 1933 estuvo gobernada por coaliciones de centro-derecha, pero los socialdemócratas controlaban gobiernos regionales y municipios importantes, como el de Prusia y la ciudad de Berlín.

Así, a pesar de que el KPD promovió desde 1931 una política de unidad antifascista con el SPD, la mayoría de dirigentes socialistas rechazó frontalmente establecer acuerdos con los comunistas. En 1932 el dirigente comunista Erns Thäelmann, en un discurso dirigido a los obreros socialdemócratas expresaba: «Nosotros, comunistas, sólo ponemos una condición a esta unidad: la condición de la lucha. Preguntad pues a vuestros dirigentes, camaradas socialdemócratas, ¿por qué hacen bajar sus armas a cuatro millones de trabajadores sindicados mientras que el fascismo desciende por las calles?» (3) En cambio, la prensa socialdemócrata publicaba –con un lenguaje que no ha variado un milímetro en siete décadas– llamamientos a la colaboración de clases y a la paz social: «Los sindicatos saben que esta época de angustia exige sacrificios, pero el espíritu de una verdadera comunidad nacional pide repartir equitativamente las cargas inevitables», además de llamamientos filonazis que pedían «restaurar a las masas el espacio vital que necesitan» (4). Pero los obreros socialdemócratas con conciencia de clase se inclinaban cada vez más hacia el KPD: si en las elecciones de 1928 el SPD obtuvo 9,1 millones de votos y el KPD 3,2 millones, en las de 1932 –realizadas bajo una atmósfera de terror anticomunista, asesinatos, fraude electoral y amenazas de golpe de Estado– los socialdemócratas descendieron a 7,9 millones y los comunistas –gracias a su valiente política revolucionaria y antifascista– consiguieron 5,2 millones de votos, muchos de ellos procedentes del SPD (5).


¿Los comunistas y la clase obrera culpables del nazismo?

Tradicionalmente se han impuesto dos interpretaciones sobre el ascenso del nazismo en Alemania: la primera, vinculada a medios de la extrema izquierda y al trotskismo, hace recaer la culpabilidad del triunfo de Hitler en los «errores y traiciones» de la Internacional Comunista y del KPD. La segunda –defendida por todo el abanico ideológico de la intelectualidad oficial– sugiere bien que el nazismo fue el “mal menor” frente a la Unión Soviética y la única salida posible frente a la crisis, o bien pone el acento en la «culpabilidad histórica» del pueblo alemán y de su clase obrera, que habrían tenido una actitud neutra, pasiva o incluso de abierta complicidad para favorecer el movimiento dirigido por Hitler.

Curiosamente fue Trotski uno de los primeros comentaristas que creó la «teoría de la pasividad», que responsabiliza a la clase obrera alemana del ascenso de Hitler al poder: el 14 de marzo de 1933 el futuro jefe de la IV Internacional escribía en La tragedia del proletariado alemán que «el proletariado más poderoso de Europa por su papel en la producción, su peso social y la fuerza de sus organizaciones, no ha opuesto ninguna resistencia a la llegada de Hitler al poder y a los primeros ataques violentos contra las organizaciones obreras» (6). Las opiniones de Trotski al respecto se analizan más abajo.

Pocas o ninguna de las opiniones que atacan la política de los comunistas en aquellos años, o que responsabilizan a la clase obrera, vienen acompañadas de investigaciones históricas documentadas y objetivas que respalden tales afirmaciones temerarias, ampliamente difundidas como verdades consagradas. Es por ello que, en este capítulo crucial de la historia del movimiento obrero, la aparición de investigaciones como Nazismo y clase obrera, constituyen una sacudida intelectual al pensamiento esclerotizado que impregna a una buena parte de la izquierda occidental desde hace décadas, que frecuentemente se ha limitado a repetir, con su propio vocabulario político, los mensajes de la intelectualidad burguesa y anticomunista sobre algunos aspectos claves de la historia del movimiento obrero y del socialismo histórico.

Bologna interpreta una detallada historia del movimiento obrero alemán que no deja lugar a dudas sobre la resistencia de la inmensa mayoría de la clase obrera alemana al avance del nazismo. La investigación de archivos y los estudios modernos sobre el triunfo de Hitler demuestran que, a pesar de todos los instrumentos represivos y semidictatoriales del Estado alemán de Weimar contra la clase obrera, ésta mantuvo durante años una dura resistencia que llevó al país a un estado de guerra civil larvada.

Otra de las “verdades consagradas” que derriba el trabajo de Bologna –autor que se inscribe en la tradición de la llamada «izquierda autónoma» y anticomunista como él mismo aclara, por lo que no se le puede acusar de tener prejuicios favorables al KPD–, es la responsabilidad de los comunistas en el triunfo de Hitler: como se verá más adelante, el KPD estaba muy lejos de ser un partido irresponsable y aventurero, y era muy consciente del peligro del nazismo y de su naturaleza criminal. Por ello, y a pesar de sus errores –algunos de ellos graves, indudablemente, como sucede a todo aquel que se implica políticamente en los momentos históricos decisivos– se puso desde el primer momento a la cabeza de una lucha decidida y heroica, mientras que el Partido Socialdemócrata dominado por su fracción anticomunista, se mantuvo hasta el fin en una situación de abierta complicidad y simbiosis con el Estado alemán, utilizando los instrumentos represivos estatales no contra la burguesía alemana o contra los nazis, sino contra el KPD y otros sectores antifascistas más combativos, como algunos grupos anarquistas.

Gracias a una acertada capacidad de síntesis de los estudios publicados y contando con documentación abundante, el autor italiano ha conseguido con un estilo muy convincente, derribar importantes mitos del revisionismo histórico acerca del movimiento obrero: fue precisamente la gran combatividad y la resistencia heroica de la clase obrera lo que llevó a la gran burguesía alemana a buscar el apoyo de Hitler como “solución final”, que sólo se pudo imponer cuando la resistencia obrera se extinguió tras una década de grandes luchas, realizadas en unas condiciones de durísima represión, desempleo masivo y hambre.

Veamos pues cuáles son los aspectos centrales del artículo de Bologna.

1. Clase obrera y estructura empresarial

Una cuestión determinante para la organización y lucha de la clase obrera fue la estructura económica de Alemania, durante aquellos años dominada por la pequeña empresa. De los 18 millones de obreros que había en 1925, casi siete millones (un 34%), trabajaban en empresas de menos de diez trabajadores. Al final de la República, en 1930-33, en un contexto de paro masivo, había 14 millones y medio de obreros empleados, aproximadamente la mitad de ellos en pequeñas empresas, y un 16% eran obreros autónomos. Por ello, explica Bologna, «cuando hablamos de la clase obrera en el período final de Weimar, hablamos, pues, de una clase obrera ya muy atomizada, que vivía en un ambiente de fábrica fragmentado, pulverizado». Esa estructura productiva era muy similar a la que hoy existe en los países capitalistas occidentales, donde la inmensa mayoría de trabajadores están empleados en pequeñas empresas de menos de diez trabajadores.

Contrariamente a una creencia muy extendida, Bologna sugiere que la descentralización productiva alemana –siguiendo una tendencia contraria a la concentración en grandes fábricas que basaban la producción en cadenas de trabajo (fordismo)–, no era tanto una manifestación del atraso industrial de este país, sino más bien un aspecto de la “racionalización productiva” de la gran empresa –similar al proceso de subcontratación actual que transfiere actividad de una multinacional a un gran número de pequeñas y medianas empresas externas–, un proceso consciente y dirigido por la burguesía que perseguía mejorar la productividad y la competitividad mediante la sobreexplotación de la fuerza de trabajo, y al mismo tiempo conseguir un máximo de control político y social sobre la clase obrera. Así, mientras que entre 1924 y 1928, la productividad en la industria se disparaba entre un 25 y un 30%, la clase obrera sufrió un descenso considerable de su nivel de vida al caer los salarios medios por debajo del nivel de 1923. Después de la Gran Depresión de 1929, el desempleo oficial aumentó de 4.115.000 desempleados en 1930 a 7.781.000 en 1933, cuando Hitler ya estaba en el poder; entre un 30 y un 37% de desempleados no cobraban ningún tipo de subsidio o ayuda estatal.

2. El desempleo y la administración asistencial del Estado

A finales de la década de los veinte, la clase obrera se vio paralizada por el descomunal aumento del paro, que tuvo un doble efecto: por una parte debilitó cada vez más su acción política, y por otra provocó un crecimiento desmesurado de la administración y el funcionariado dedicado a la asistencia social, hasta tal punto que muchos obreros alemanes identificaron al Estado alemán con el rostro del funcionario de la agencia de desempleo. La función de esta estructura burocrática estatal –controlada por el partido socialdemócrata, muy influyente entre el funcionariado– fue especialmente perniciosa para la clase obrera al transformarse en una agencia de control policial sobre los desempleados: como consecuencia del aumento del desempleo y de la conflictividad social, la administración asistencial «pierde casi del todo su carácter de servicio social y se convierte cada vez más en un sistema policiaco suplementario respecto a las partes más débiles de la sociedad». Asimismo, con la excusa de combatir el déficit presupuestario, se establecieron políticas de división y enfrentamiento entre los desempleados, favoreciendo selectivamente a unos colectivos en detrimento de otros. Entre los perjudicados fueron las mujeres jóvenes y sin hijos, y los jóvenes menores de 21 años. Tras esta política se ocultaba la voluntad socialdemócrata de debilitar al KPD –cuyas bases militantes, formada por una mayoría de desempleados, dependían de las políticas oficiales de subsidio social– y al mismo tiempo impulsar la fragmentación y la impotencia política del proletariado: «los últimos gobiernos de Weimar (…) absolutamente conscientes del poder de control del aparato asistencial, usaron a los componentes del sistema del seguro obligatorio contra la desocupación, con gran cinismo y sin ningún tipo de escrúpulos con el fin de crear la máxima segmentación y atomización en el interior de la masa desocupada».

Pero la Gran Depresión provocó una avalancha de parados de larga duración que ya no tenían derecho a recibir prestación alguna por parte de la Oficina de Empleo, así que «los trabajadores se convirtieron en “pobres”, no sólo de hecho, sino también de derecho». El Estado transfirió a los gobiernos municipales la gestión de los subsidios, y a partir de entonces éstos fueron negociados por una administración que no tenía ni recursos financieros ni preparación profesional para ello. De esta manera, «abocando a los parados al sistema de asistencia municipal se formaba un ejército de personas que iban a pedir limosna a un funcionario que debía, muy a menudo basándose en impresiones subjetivas, juzgar sus necesidades.» Además, los subsidios se otorgaban en forma de créditos que eran de devolución obligatoria, con lo cual millones de personas quedaban irremisiblemente entrampadas al no poder devolver los créditos. Esa estructura asistencial fue la que aprovechó el régimen nazi para controlar más tarde a la clase obrera: «los parados sólo podían obtener el subsidio si conseguían convencer al funcionario encargado de la asistencia mediante una entrevista personal; así, se formó una masa de millones de personas coaccionables y, lo que fue más importante para el régimen nazi que vendría después, de millones de personas fichadas».

3. Las políticas del KPD y del SPD hacia la clase obrera

Durante los años veinte, los grandes sindicatos socialdemócratas extraían su fuerza de las grandes empresas y de las empresas municipales «donde los acuerdos sindicales eran más o menos respetados». Pero en el vasto espacio de la microempresa, el control sobre la clase obrera y las relaciones de trabajo eran de tipo familiar y el sindicalismo estaba ausente. Al mismo tiempo, en todos estos años los sindicalistas del KPD y los delegados sindicales más combativos del SPD fueron despedidos implacablemente de las fábricas.

Otro de los puntos que merece destacarse de este repaso de la historia de Weimar, es la composición social del Partido Socialdemócrata, ya que éste se fue nutriendo desde los años veinte del ejército de funcionarios y empleados públicos que ingresaron en masa en el SPD. Así, cuando la Gran Depresión provocó la parálisis de la actividad sindical en las fábricas, el SPD pasó a concentrar su acción entre la policía y el ejército de funcionarios de las Administraciones locales y de la Administración asistencial y sanitaria dependiente del Ministerio de Trabajo, lo que le permitía a los socialdemócratas tener una estabilidad en la militancia (donde tenía un gran peso político la aristocracia obrera, los funcionarios y sectores sociales similares) y el acceso al control de grandes recursos públicos. Dado que el SPD tenía una militancia ligada a las actividades del Estado y con intereses muy diferenciados de la mayoría obrera, sus políticas tendían a confrontarse con las que propugnaba el KPD. Por ello, mientras que el SPD se identificaba con la burocracia del Estado y defendía a la República de Weimar como «Estado social» y «régimen democrático fruto de las conquistas de los trabajadores», el KPD, en cambio, «se veía constreñido a proponer a sus militantes jóvenes, parados, desarraigados, empobrecidos y desclasados, la utopía de la conquista del poder, es decir, de la destrucción del Estado weimariano y la instauración de la República de los Soviets».

Esto era debido a que después de la Gran Depresión de los veinte, las bases del KPD se caracterizaban por su juventud y por una fluctuación muy acusada de la militancia, ya que el 80% de los comunistas eran jóvenes en busca del primer empleo o parados de larga duración. Por otra parte, la política de represión anticomunista sistemática contra los trabajadores y sindicalistas del KPD en las empresas, había debilitado sensiblemente la capacidad de influencia del partido en el seno de los trabajadores ocupados. Todo ello determinaba que, a pesar de los resultados electorales espectaculares del KPD en aquellos años, su influencia sobre la clase obrera en activo fuera muy indirecta. El KPD era un enorme partido obrero que carecía paradójicamente de poder sindical, de tal manera que se veía obligado a realizar su política fuera de las relaciones de producción y del mundo del trabajo, actuando «en terrenos “generales”, en campañas de masas tan ruidosas como abstractas, con la consecuencia de cargar excesivamente el lado “propagandístico”, “cultural”, “ideológico” y en definitiva electoralista de su acción». Mientras que las necesidades de la clase obrera eran muy concretas y elementales, la composición social de la militancia comunista y la represión implacable de la burguesía empujaban al KPD hacia la “ideologización” y a propuestas muy generales.

Para intentar combatir los efectos de la crisis entre la clase obrera, el KPD orientó su acción política a la defensa y conquista de derechos colectivos de los desempleados, tratando de que éstos mantuvieran una actitud digna y no cayeran en la trampa de la división: «el Partido Comunista, desde el momento en que el sistema de asistencia fue sancionado por ley, promovió la agitación y las movilizaciones entre los aspirantes a la asistencia, para que superasen con comportamientos colectivos las intenciones de dividirlos de la burocracia y no aceptasen presentarse con una actitud humilde, sino con la actitud de aquel que reivindica un derecho». Todo ello generó una gran conflictividad entre los funcionarios municipales –muchos de ellos militantes socialdemócratas- y los parados, con una infinidad de enfrentamientos, peleas y agresiones en las que tenía que intervenir habitualmente la policía.

En cambio, la estrategia de la socialdemocracia, que pasaba por integrar a la clase obrera en la República de Weimar, se derrumbaba estrepitosamente debido a que el Estado no podía garantizar unas mínimas prestaciones y la crisis imposibilitaba una política de paz social y de colaboración de clases: «la ligazón con un “Estado Social” sobre la cual tanto habían insistido la socialdemocracia y los sindicatos para fomentar así un sentido de ciudadanía entre la clase trabajadora y para inculcar de este modo fidelidad a las instituciones republicanas, se hacía añicos y este distanciamiento contribuía a un ulterior sentido de extrañamiento de la clase obrera, ahora sin trabajo, en sus relaciones con el Estado».

4. La socialdemocracia prepara el terreno a los nazis

Otra de las cuestiones importantes que Bologna pone de relieve es la resistencia obrera organizada por el Partido Comunista en las zonas industriales y barrios obreros, y en otras organizaciones autónomas y anarquistas. Precisamente durante los últimos años de la República se vivió un clima de guerra civil larvada entre la clase obrera y sus organizaciones de un lado, y el gobierno central y los gobiernos regionales de otro, situación que, al no poder resolverse de forma favorable a la clase obrera, la aprovechó el partido nazi y sus organizaciones para canalizar el descontento.

A partir de la reconstrucción de la historia que ofrece Bologna, la tan criticada tesis de «socialfascismo», que utilizó la Internacional Comunista para describir a la socialdemocracia, se percibe cómo en el caso alemán era una definición muy exacta, ya que el SPD construyó un poderoso y omnipresente sistema burocrático y policial empleado para controlar y disciplinar a la clase obrera y reprimir duramente las acciones del Partido Comunista y otros grupos de izquierdas. Este aparato administrativo y policial fue utilizado íntegramente por los nazis a partir de 1933 contra la clase obrera y todos los sectores antifascistas. Así pues, la llamada táctica de «clase contra clase» propugnada por la Internacional Comunista en 1928, en cuya aprobación tuvieron una influencia decisiva los dirigentes comunistas alemanes, respondía –aunque de forma desesperada y con una aplicación sectaria–, al hecho indiscutible de que la mayoría de los dirigentes del SPD estaban reprimiendo conscientemente a la clase obrera y allanaban el camino a los nazis.

Fue la concepción socialdemócrata del “Estado Social” y su defensa de las estructuras del reaccionario Estado burgués, especialmente las administraciones asistenciales, las que crearon las condiciones para que el futuro régimen nazi pudiera aplastar y dominar a la clase obrera, sin tener siquiera que crear instituciones propias: «el personal administrativo asistencial, en gran parte femenino, pasó sin traumas del gobierno socialdemócrata al gobierno nazi. Los nazis confirmaron a casi todo el personal asistencial y le pidieron que trabajase como antes, es decir, que continuase ejerciendo la función de vigilancia, control y fichaje. Y construyeron una estructura paralela de selección de marginados a partir de bases biológicas y raciales». El sistema asistencial socialdemócrata fue utilizado en la selección de aquellos individuos o grupos de desempleados que debían ser encarcelados o exterminados para mejorar la pureza social y racial: «una gran parte de los pobres y de los marginados fue calificada como “asocial” a partir de las informaciones recogidas por las oficinas de asistencia e incluida en las fichas personales, y, por tanto, encaminada a un proceso de selección que no fue solamente un proceso de selección racial, sino un proceso de selección social.»

De hecho, Bologna sostiene que los primeros campos de concentración (conocidos como “Lager”) fueron creados no para los judíos, sino para los trabajadores desamparados, llamados “antisociales” por los nazis: «los primeros campos de concentración, fueron las “casas de trabajo”, o sea, los hospicios donde estaban alojados los que a cambio del subsidio de asistencia tenían que prestar un servicio obligatorio. Fue allí donde nació el sistema de concentración nazi». En este caso, los nazis volvieron a aprovecharse de una ley aprobada en 1924, que estipulaba la obligatoriedad del trabajo forzoso. El 70% de los puestos de trabajo que se crearon bajo el régimen nazi estaban relacionados con la creación de grandes infraestructuras y obras públicas, en la que se empleó mano de obra forzada.

5. La ruptura final entre el SPD y el KPD

Lo que nos permite visualizar la reconstrucción de la historia, es la imagen de unos dirigentes socialdemócratas muy conscientes de su papel de salvaguarda de un régimen alemán absolutamente decrépito y reaccionario. Por ello no es de extrañar que en la represión de la clase obrera revolucionaria tuvieron una elevada responsabilidad algunas figuras destacadas de la socialdemocracia –apoyándose en la política oficial de colaboración de clases del SPD–, como el primer ministro del gobierno regional de Prusia, Otto Braun, partidario de medidas dictatoriales contra la clase obrera, y el Ministro de Interior, que desde 1928 era socialdemócrata. Así, el SPD pudo controlar y reorganizar a las estructuras policiales y utilizarlas contra los obreros y los comunistas, mientras hacía la vista gorda ante los nazis, tensando la cuerda al límite.

La situación se agravó decisivamente el 1º de mayo de 1929 (que curiosamente no fue fiesta nacional hasta que Hitler la implantó demagógicamente en 1933). El jefe de la policía de Prusia, socialdemócrata, prohibió las manifestaciones públicas y sólo toleró las celebraciones en locales cerrados, pero esta orden sólo fue seguida por los sindicatos socialdemócratas. El KPD desafió a la policía y convocó una manifestación pública, amenazando con declarar una huelga general en caso de represión policial. Los archivos policiales consultados demuestran que la policía socialdemócrata organizó una provocación con fuerzas antidisturbios para reventar la manifestación, cargando contra los manifestantes comunistas pero también contra los obreros que salían de los actos convocados por los sindicatos socialdemócratas. El KPD convocó una huelga al día siguiente pero, pese a algunas presiones insistentes, no distribuyó armas a los obreros. En dos barrios de Berlín se levantaron barricadas que fueron atacadas por la policía con un saldo de treinta obreros muertos y cientos de detenidos. El ministro de Interior socialdemócrata aprovechó la ocasión para ilegalizar las organizaciones de masas del KPD, provocando la fractura definitiva entre socialdemócratas y comunistas.

Todo ello hace concluir a Bologna: «cuando se dice, por lo tanto, que la clase trabajadora no defendió adecuadamente la democracia republicana se debe tener en cuenta que esa democracia republicana significaba bien poco a los ojos del núcleo central de la fuerza de trabajo».

6. El avance de Hitler hacia Berlín y la resistencia del KPD

En este contexto de descomposición social y crisis económica y política aguda, desde 1929 los nazis habían iniciado la conquista de Alemania a partir de las regiones meridionales como Baviera, avanzando en forma de tenaza hasta Berlín y su región periférica. Para la conquista de la capital utilizaron un discurso obrerista radical, empleando oradores demagogos y gentes sin escrúpulos que se presentaban como la extrema izquierda del partido para ganarse a las masas obreras berlinesas. Al mismo tiempo, iban sembrando el terror entre los militantes antifascistas con acciones criminales perpetradas por las escuadras paramilitares del partido nazi.

En la batalla por la capital –que duró tres años– se enfrentaron dos grandes figuras políticas: por una parte Walter Ulbricht, jefe de las organizaciones de autodefensa del KPD en Berlín, y futuro primer presidente de la República Democrática de Alemania y del Partido Socialista Unificado, y por otra Joseph Goebbels, especialista en medios de comunicación de masas y en manipulación social, enviado por Hitler para la conquista de la capital. Durante la batalla por Berlín se produjeron infinidad de enfrentamientos de calle entre los obreros organizados por el KPD o por organismos anarquistas y autónomos, y los nazis. La vanguardia obrera contra los nazis, además de los desempleados, estaba constituida por los estibadores, marineros y ferroviarios, mientras que los trabajadores del transporte estaban inclinados hacia los nazis. La resistencia obrera a la penetración nazi fue muy encarnizada, y se apoyaba en la existencia de una cultura obrera y en formas de vida social independientes, no controladas por la burguesía, arraigadas en una infinidad de organizaciones y asociaciones obreras, populares y comunistas entrelazadas y ramificadas, que llegaban a influir en los lugares más recónditos de la ciudad. Todo ello constituía un espacio de vida independiente que se consideraba exclusivo de la clase obrera y que era defendido gracias a una cultura de resistencia y de orgullo de clase, con la plena conciencia de saber quién era el enemigo.

El Partido Comunista fue la clave de la resistencia antinazi ya que era, con diferencia, la mayor organización que vertebraba estas redes obreras y populares. El KPD también disponía de organismos especializados, como una estructura paramilitar que agrupaba a gran cantidad de jóvenes, siendo su organización más importante el Grupo de Lucha contra el fascismo, que a finales de 1931 agrupaba a miles de jóvenes comunistas, 7.000 de ellos en Berlín. Además de ello, el partido contaba con escuadras de autodefensa y grupos que apoyaban a los vecinos amenazados de desahucio por no pagar el alquiler. También había puesto en pie una enorme organización de solidaridad, la Rote Hilfe (Socorro Rojo), que se encargaba de dar apoyo material a los desempleados, familias y personas sin recursos, y que fue muy importante para sostener económicamente muchas luchas, ya que las condiciones de vida de la mayoría de militantes que luchaban contra los nazis eran muy duras.

Al mismo tiempo, la Internacional Comunista había preconizado un cambio de táctica, el Frente Único, con el objetivo de recomponer la unidad obrera con las bases socialdemócratas y recuperar a los obreros influenciados por los nazis. Se establecieron algunos contactos preliminares con sectores socialdemócratas y además se condenaron las acciones de terrorismo individual, lo que provocó una crisis interna en el KPD que se resolvió con la separación de destacados dirigentes contrarios al cambio de táctica y al abandono de la violencia individual.

Mientras tanto se agudizaban las luchas de clases en las calles, particularmente en Berlín, que acabaron confluyendo en las tabernas. Las tabernas eran centros neurálgicos de la vida obrera, ya que allí se socializaban y se relacionaban los obreros desempleados (en 1933, el 63% de los jóvenes menores de 25 años de Berlín estaban desempleados) y también eran espacios de encuentro de los jóvenes comunistas. Los propietarios de las tabernas, por ello, sobrevivían a duras penas, así que cuando los nazis les ofrecieron ganancias garantizadas a cambio de cederles estos espacios para sus militantes, muchas tabernas se convirtieron en lugares desde donde los mercenarios nazis lanzaban acciones terroristas y trataban de influenciar a los obreros. El KPD decidió iniciar una campaña de recuperación de las tabernas a partir de «una serie sistemática de acciones de ataque contra las tabernas con parroquianos nazis. La nueva línea del Partido recomendaba introducir siempre la acción armada dentro de una lucha de masas para evitar el riesgo de practicar un contraterrorismo puro y simple». El KPD también impulsó campañas de huelga de alquileres para conseguir la expulsión de los nazis de los barrios obreros. Lamentablemente, las condiciones de vida del proletariado y el control ejercido sobre ellos por el Estado y la policía socialdemócrata, hacían cada vez más difíciles las luchas de masas, y su capacidad de resistencia se extinguió en las duras condiciones de vida. A pesar de su silencio por la historia oficial, el proletariado alemán y los comunistas del KPD, junto con otros grupos minoritarios, escribieron una de las páginas más heroicas de la historia de la clase obrera:

«La conclusión que puede extraerse de estos fragmentos de la historia es que no es cierto que el proletariado alemán se rindiera sin combatir. Es verdad, en cambio, que su capacidad de resistencia se desgastó y consumió en los terribles años de la crisis. (…) Los años que precedieron a la toma del poder por Hitler son años de guerra civil encubierta. En las condiciones en las que se vieron constreñidos a resistir los adversarios del nazismo, difícilmente alguien habría podido hacer algo más o mejor».

Reflexiones finales

Hasta aquí el artículo de Sergio Bologna, imprescindible para comprender la actitud de la clase obrera alemana y las políticas del KPD y del SPD frente a Hitler. Veamos ahora dos reflexiones finales que podemos extraer del interesante análisis histórico de Bologna:

1. Las críticas de Trotski a los comunistas alemanes y a la Internacional Comunista

Como hemos visto, la valoración de los hechos por parte de la extrema izquierda ha sido siempre muy condenatoria sobre el KPD y la Internacional Comunista, creando la leyenda negra de que el ascenso de Hitler al poder se debió a la política «miope» o «traicionera» de la «burocracia» –«burocracia» que se jugaba la vida en las calles y las cárceles– del KPD o del Komintern. Trotski, por ejemplo, en una Carta a un obrero alemán, fechada el 8 de diciembre de 1931, criticó al KPD por la política de enfrentamiento con la dirección del SPD: «Toda la desgracia viene porque la política del Comité central del Partido comunista alemán está basada, en parte conscientemente, en parte inconscientemente, sobre el reconocimiento del carácter inevitable de la victoria del fascismo. En efecto, en su llamada sobre el “frente único rojo”, publicado el 29 de noviembre, el Comité central del Partido comunista alemán parte de la idea que es imposible vencer al fascismo, sin haber vencido previamente a la socialdemocracia alemana» (7).

Pero cuando Trotski se quejaba de que los comunistas consideraban imprescindible la derrota previa del SPD para impedir el triunfo a los nazis, estaba realizando una valoración interesadamente unilateral de los hechos para poder desacreditar al KPD. En primer lugar, Trotski escondía en sus análisis un hecho fundamental: la persecución implacable a la que durante más de una década el aparato del SPD sometió a los comunistas, recurriendo a los organismos represivos del Estado y al uso de toda su influencia para expulsar a los comunistas de las empresas y los sindicatos. Como explica Bologna, el Partido Socialdemócrata «todavía a finales de 1932 se obstinaba en considerar el movimiento bolchevique como el peligro número uno para la llamada democracia weimariana». Trotski, incansable, aprovechaba cualquier ocasión para acusar al KPD nada menos que de capitular frente a los nazis. En 1931 escribía: «políticamente, la cuestión se pone así: ¿es posible hoy (…) a pesar de la presencia de la socialdemocracia, desgraciadamente muy poderosa todavía aunque debilitada, oponer una resistencia victoriosa al ataque del fascismo? El Comité central del Partido comunista alemán responde negativamente. En otros términos, Thaelmann [nota: dirigente del KPD] considera la victoria del fascismo como inevitable» (8).

Tras la victoria de Hitler, Trotski, no contento con la derrota de la organización antifascista más importante y combativa de Europa, el KPD, acusaba fácilmente a los comunistas, el 12 de marzo de 1933, de haber «engañado a los obreros alemanes», mientras miles de comunistas y otros antifascistas se pudrían en las cárceles tras una de las luchas más heroicas de la historia del movimiento obrero. Para Trotski, la dura lucha del KPD contra los nazis y los que le allanaban el camino desde el Estado, no contaba. En su papel de fiscal de la historia, proseguía sus acusaciones contra el KPD como si nada hubiera sucedido, minimizando el brutal terrorismo hitleriano y de la policía contra el Partido Comunista: «el estalinismo alemán está a punto de hundirse, no tanto bajo los golpes de los fascistas como a consecuencia de su propia descomposición interna. El desprecio de la vanguardia de los obreros alemanes hacia la burocracia que les ha engañado será tan grande que la consigna de “reforma” les parecerá falsa e irrisoria. Y tendrán razón. ¡Ha llegado la hora! Hay que plantear abiertamente el tema de la preparación para la fundación de un nuevo partido» (9).

Así pues, Trotski llamaba a «despreciar» –también lo hicieron los nazis a su manera, exterminando– a quienes de forma más consecuente y organizada se estaban jugando la vida tanto contra los fascistas como contra la policía alemana. Ese «nuevo partido» trotskista jamás pasó de ser una ensoñación producida por una sobredosis de sectarismo de alguien que en el fondo parecía alegrarse de la victoria del nazismo para recabar argumentos contra sus enemigos políticos.

Finalmente, Trotski, después de haber atacado en 1931 al KPD por su política de enfrentamiento con los socialdemócratas, en 1933 los criticó duramente por lo contrario: así, en La tragedia del proletariado alemán, Trotski arremetió contra el KPD y la IC por su política de acercamiento al SPD para intentar combatir unidos contra los nazis: «Los estalinistas toman acta y hacen suya la demanda hipócrita y diplomática de los reformistas, respecto a la así llamada “no agresión mutua”. Renegando de todas las tradiciones del marxismo y del bolchevismo, el Comité ejecutivo de la Internacional comunista recomienda a los Partidos comunistas, en caso de realización del frente único, de “renunciar a los ataques contra las organizaciones socialdemócratas durante la lucha común”» (10). Para Trotski, ahora era preferible el triunfo de los nazis que un acuerdo temporal con los socialdemócratas, sabiendo que éstos todavía eran capaces de influenciar a muchos obreros.

Para desgracia de Trotski, la reconstrucción de la historia –basada en documentos y no en especulaciones sin fundamento–, desmienten todas sus acusaciones gratuitas, ya que no hay ninguna duda sobre la determinación del KPD y de sus dirigentes de luchar hasta el fin contra el avance del fascismo, como explica nuevamente y sin prejuicios Sergio Bologna:

«Al reconocer el valor moral y político de la lucha de resistencia del proletariado alemán contra el terrorismo nazi, debemos recordar que el Partido Comunista fue la organización que con mayor determinación y de forma más radical condujo la lucha contra el avance del nacionalsocialismo, recurriendo a todos los medios posibles, incluso los ilegales. Aún encontrándome personalmente mucho más cercano a la formación cultural de Simone Weil que a la comunista (…) me parece necesario afirmar que su conmovedor y feroz juicio sobre la conducta del KPD no encuentra muchos fundamentos en la reconstrucción de los hechos a partir de los materiales de archivo».

2. La clase obrera y la izquierda hoy

En el cuerpo de los regímenes burgueses y liberales anida en estado latente la larva del fascismo que pugna por salir cuando la piel “democrática” se descompone. La lucha heroica del Partido Comunista de Alemania (KPD) y de la clase obrera alemana contra el ascenso al poder de Hitler nos ofrece experiencias dignas de tener en cuenta a día de hoy, cuando se percibe hasta qué punto la democracia liberal-burguesa es poco más que una cáscara vacía y cómo una verdadera democracia es incompatible con la existencia del capitalismo.

Gracias al artículo Nazismo y clase obrera, Sergio Bologna ha mostrado que la lucha de la clase obrera alemana y del KPD contra el avance del nazismo, constituyó una de las grandes luchas heroicas del movimiento obrero. No es de extrañar por ello que tal lucha haya sido borrada de la memoria histórica y haya tanto consenso en presentarla deformada y manipulada al extremo, desde la derecha hasta muchos representantes de la extrema izquierda. Tampoco fue por casualidad que el antifascismo y la depuración del nazismo se convirtieran en unas de las señas de identidad más radicales de la República Democrática de Alemania, desde 1949 hasta su desaparición en 1990.

Pero sería un error obviar la gran capacidad de atracción que el nazismo tuvo para amplios sectores de la clase obrera: una vez suprimido el partido comunista, encarcelados o asesinados sus dirigentes y muchos de sus militantes, la propaganda nazi se ganó a amplias masas obreras con el mito de la «raza superior» y la «nación alemana», y consiguió que muchos obreros participaran de buen grado en las aventuras militares de Hitler, cosa que notaron durante la Segunda Guerra mundial los dirigentes comunistas de la época: en el año 1943, en una conversación privada con Dimitrov, dirigente de la Internacional Comunista, Stalin expresó su perplejidad ante la actitud de los obreros alemanes: «Se diría que la mayoría de los obreros alemanes no tiene nada contra el hecho de pertenecer a la nación superior. La minoría está en contra, pero está desmoralizada. Los soldados alemanes todavía no se rinden en masa. Necesitan que el Ejército rojo les dé todavía algunas buenas lecciones para que el proceso de desmoralización comience» (11). Mentalidades similares reinan hoy entre una parte sustancial de la clase obrera que se muestra pasiva o favorable ante las aventuras neocolonialistas y militaristas de la OTAN contra otros pueblos del mundo, lo cual dice mucho del gran poder de atracción del nacionalismo imperialista entre las masas.

Este poder de atracción sigue siendo un peligro latente, como muestra la pasividad de la mayoría de la clase obrera occidental ante las agresiones imperialistas de sus gobiernos en el exterior, su apoyo al nacionalismo imperialista o la receptividad que tienen en algunos medios obreros los mensajes racistas y de extrema derecha, que se concretan en ascensos electorales de los partidos fascistas o reaccionarios muy preocupantes y que no se podrían explicar sin recurrir al fenómeno sociológico que afecta desde hace décadas a sectores importantes de trabajadores occidentales: la pérdida del internacionalismo y del referente de clase, y la permeabilidad ante el nacionalismo reaccionario y los mensajes de la extrema derecha. ¿A qué se debe este fenómeno?

Hoy la realidad que tenemos que afrontar en la Europa occidental desarrollada e imperialista es muy diferente de aquella Alemania de los años veinte y treinta. Ha desaparecido casi todo el rico entramado obrero y popular, nacido de la interrelación entre la clase obrera y sus organizaciones políticas y sindicales, que separaba radicalmente, como una muralla china, al mundo burgués del mundo proletario. La clase obrera conocía cual era su papel real en la sociedad, tenía conciencia y orgullo de sí misma y sabía que la gran burguesía era su clase enemiga, la que había que combatir. Desgraciadamente, las transformaciones estructurales del capitalismo moderno, las claudicaciones ideológicas y las prácticas reformistas en la izquierda han convertido a casi todas aquellas formas de vida social obrera y popular en materia de arqueología industrial: hoy ya no existen los canales que intercomunicaban a la clase obrera con unos partidos de izquierdas que querían abiertamente acabar con el capitalismo e instaurar el socialismo. Esto explica la pérdida de conciencia de clase y la despolitización de los trabajadores, que en gran medida prefirieron considerarse a sí mismos como “clase media”, y optaron por el nacionalismo imperialista frente al internacionalismo proletario. Hoy, desorientados por la crisis capitalista y sin vínculos orgánicos con los partidos de izquierdas –que, con el lema «todos son iguales» son percibidos muchas veces como una parte más del sistema– son presa fácil de los partidos reaccionarios, de extrema derecha o fascistas.

Otra de las principales enseñanzas que hay que extraer de las luchas de clases en Alemania son las causas de la debilidad del KPD en el mundo sindical y empresarial. Esta debilidad fue causada por condiciones objetivas, como la durísima represión anticomunista y la política semi dictatorial del SPD, y por condiciones subjetivas, como las reminiscencias de una actitud sectaria hacia el trabajo entre los grandes sindicatos (errores que surgieron con el nacimiento mismo de la Internacional Comunista en tiempos de Lenin), que se quiso solucionar con la creación de Sindicatos Rojos o “revolucionarios”. Esta opción no pudo evitar que los aparatos sindicales fueran controlados por los dirigentes anticomunistas y por la burocracia socialdemócrata de derechas, marginando al KPD de una acción efectiva entre los obreros que estaban empleados. Los Sindicatos Rojos, a pesar de tener un discurso extremista, proclamarse como “revolucionarios” y atacar duramente a los grandes sindicatos de masas, nunca pudieron influenciar más que a una minoría muy reducida de la clase obrera, y acabaron extinguiéndose debido a su carácter cada vez más marginal. Finalmente, una vez suprimida la vanguardia revolucionaria y perseguidos los comunistas, las masas obreras desmoralizadas fueron presa fácil de la propaganda nazi, tal y como hoy son presa de la propaganda de la derecha reaccionaria en ausencia de un partido de trabajadores revolucionario con capacidad de influir entre las masas.

Por otra parte, hoy es evidente que en los países imperialistas el fascismo (¿todavía?) no adopta las formas brutales de Hitler, Franco o Mussolini, y la gran burguesía prefiere un “fascismo blando”, mediático, televisivo o incluso con formas “democráticas”. Esto es debido a que la clase obrera occidental y las organizaciones de izquierda no representan una amenaza inminente para el dominio de la gran burguesía y sus privilegios de clase. No obstante, determinadas formas políticas pueden repetirse en la historia, así que no podemos excluir que en un futuro el fascismo clásico, terrorista, militarista, racista y anticomunista vuelva a tener un protagonismo histórico como opción a tener en cuenta por parte de un sector de la gran burguesía para defender sus privilegios y su dominio de clase. En este sentido, las políticas semi-dicatatoriales contra la clase obrera practicada por los diferentes gobiernos socialdemócratas en situaciones de crisis tiene similitudes con las empleadas por el SPD, preparando el terreno a “soluciones” fascistas.

Por este motivo, la lección más importante del pasado que podemos extraer es que la existencia de un partido revolucionario –la denominación es lo de menos, lo importante es el contenido político real–, que no tema reivindicar el socialismo, que sea fuerte e influyente y arraigado entre los trabajadores, es la única garantía de la defensa decidida y consecuente de los intereses de la clase obrera y de una política antifascista y auténticamente democrática.

Precisamente quizás sea la pasividad asombrosa de la mayor parte de la izquierda política y sindical, así como la terrible desunión y dispersión ante la ofensiva de los capitalistas y financieros, lo que más nos diferencia de aquellos episodios históricos: si en los años de la República de Weimar, la izquierda verdadera –el KPD, grupos anarquistas y socialdemócratas con conciencia de clase– estaban dispuestos a luchar contra la burguesía, a defender a la clase obrera y a promover la lucha de clases para llegar al socialismo –y no como hoy para conquistar un quimérico «capitalismo de rostro humano»–, hoy esto brilla por su ausencia. La mayoría de la izquierda occidental –a diferencia de América Latina y otros lugares– se encuentra en una actitud contemplativa o contemporizadora con el sistema político creado por la burguesía, a veces tolerante o cómplice de actitudes imperialistas, o bien sumida en debates ideologizados y alejados de los problemas de la clase obrera y con escasas ideas para salir del abismo político y poder presentarse como alternativa ante los obreros. No nos extrañemos pues de que el apoliticismo reine entre los trabajadores: si hoy hubiera un movimiento fascista de tipo clásico, probablemente triunfaría con un simple paseo militar. En ello tendría una gran parte de responsabilidad la izquierda por sus incapacidades, limitaciones y miserias propias.

Finalmente, el artículo de Sergio Bologna es muy importante porque derriba importantes mitos del anticomunismo de izquierdas, como fue el papel del Partido Comunista –y por extensión, de la Internacional Comunista– en la lucha contra el nazismo, mitos históricos que una gran parte de la izquierda actual ha ido abrazando alegremente para justificar su desmantelamiento ideológico y político, y sus vergonzosas renuncias. Todo ello nos coloca una vez más a los militantes de izquierdas ante la necesidad y la responsabilidad de estudiar la historia de forma debidamente documentada y no dejarnos llevar por los fáciles griteríos de determinadas corrientes políticas que, aunque han pasado a la historia como la máxima autoridad en la materia, en la práctica sólo podían aspirar a nutrirse de las derrotas de los que verdaderamente estaban jugándose la vida.

No está de más por ello, que este artículo finalice con un recuerdo al gran revolucionario comunista alemán Ernst Thaelmann, difamado por el tótem de la extrema izquierda, encarcelado en 1933 por los nazis y asesinado en 1944 en el campo de concentración de Buchenwald.

Notas

(1) Sergio Bologna: Nazismo y clase obrera (1933-1993). Colección Cuestiones de Antagonismo. Ediciones Akal, Madrid, 1999.
(2) Kurt Gossweiler: Hitler, l’irresistible ascensión? Les Editions Aden, Bruxelles, 2006, p.149.
(3) Idem, p. 150.
(4) Idem, p. 153.
(5) Idem, p. 30.
(6) Trotski: La tragedia del proletariado alemán.
http://www.marxists.org/francais/Trotski/oeuvres/1933/03/330314.htm
(7) Trotski: Carta a un obrero alemán.
http://www.marxists.org/francais/Trotski/oeuvres/1931/12/311208.html
(8) Idem.
(9) Trotski: Hace falta un nuevo partido en Alemania.
http://www.marxists.org/espanol/Trotski/1930s/19330312.htm
(10) Trotski: La tragedia del proletariado alemán.
(11) Dimitrov: Journal. Ed. Belin, p. 753.

martes, 17 de enero de 2012

El fascismo sigue muy vivo entre los demócratas

No me alegra la muerte de Fraga. No tengo por costumbre alegrarme de la muerte, de eso suelen alegrase los fascistas, hasta la vitorean llegado el caso, aunque entiendo que muchos sientan como un alivio el fin de un hombre tan siniestro. También es verdad que no me apena, me es indiferente la suerte de un hombre así. Teniendo en cuenta que tenía ya noventa años y que estaba muy enfermo qué más da la muerte, incluso pudo significar una feliz escapatoria.

Tendría que haber sido juzgado y no lo fue, igual que otra mucha gente que se ha ido o se irá al otro barrio impunemente. Me refiero a los juicios solemnes con toga y demás parafernalia. Pero sabiendo que algo así es impensable dadas las oprobiosas circunstancias, más me duelen los otros juicios, los de corrillo mediático y papel. Alguien podría argumentar no sé qué del espíritu de la transición, del olvido y demás gaitas para justificar que el finado se haya ido a la tumba sin pasar por la cárcel. Está bien, por no discutir regalamos la perra gorda. Pero qué me dicen del espectáculo bochornoso que nos está ofreciendo la burguesía a través de sus medios de comunicación. Muy pocas y tímidas han sido las críticas. Incluso hasta los que visten de progres en las tertulias se han soltado la melena loando a Fraga. Resulta que el difunto era un demócrata de toda la vida, un tipo muy culto, de carácter difícil, con claroscuros, un hombre típico de su tiempo, un estadista... eso del fascismo casi que fue circunstancial, como el acné en un adolescente, porque el fascismo no iba con Fraga, a él lo que le gustaba era el poder, lo mismo le daba Franco que el rey Juan Carlos, y claro, no iba a quedarse en casa, su personalidad exigía acción y a fin de cuentas hizo mucho bien al país.

Da verdadero asco. Luego recordé que ganaron los fascistas, la burguesía, los propietarios. De hecho nos ganaron dos veces, primero una guerra y luego una "transición", y no sé qué derrota fue peor, pues tras la primera hubo resistencia heroica, y por tanto dignidad a pesar del sufrimiento, pero tras la segunda hubo traición, humillación e indignidad, y precisamente por eso los demócratas de hoy -fascistas de siempre- tienen las pelotas de restregarnos por la cara a nuestros asesinos. Es la valentía del que sabe que no le va a pasar nada.

El asunto va más allá de Fraga. Lo estamos viendo por toda Europa, cosa que no me sorprende. Si al principio los fascistas se escondían ahora sacan pecho, ondean sus sangrientas banderas con orgullo a lo largo y ancho del continente, se nos mean encima como si el siglo XX no hubiera pasado, eso de que la burguesía anduviese matando obreros a mansalva a mayor gloria de la propiedad es algo de lo que se debe estar orgulloso, porque de una u otra forma los otros, los perdedores, los obreros, eran mucho peores. ¿Acaso no conocen lo que pasó en ese infierno llamado Unión Soviética? En realidad los Fragas del mundo son luchadores por la libertad, y de poco sirve que cuatro mentecatos ninis se lleven las manos a la cabeza, pues si hoy pueden pavonearse de sus hazañas fascistas es porque no pocos han tolerado esa infamia según la cual las víctimas, los explotados, los resistentes, los antifascistas son iguales cuando no peores a los victimarios, los explotadores, los reaccionarios, los fascistas. Ahí está la verdadera derrota y el renacer del fascismo, porque en esto de la lucha de clases nunca hubo terceras vías, pero sí vencedores y vencidos, y ellos vencieron y lo de vender no es ninguna tontería. De nada vale patalear. Eso sí, haríamos bien en recuperar nuestra historia en lugar de difamarla o tergiversarla al gusto como se suele hacer, porque lo mismo somos todos muy demócratas, pero los funerales con honores se los seguirán haciendo a los mismos de siempre mientras que a nosotros nos reservan las cunetas. Ahí siguen nuestros camaradas.

lunes, 16 de enero de 2012

Una de las más severas prisiones de Moscú

Diego Hidalgo, capítulo de su libro Un notario español en Rusia, publicado en 1929.


Se ha dicho, se dice todavía por algunos que en Rusia, cuando llega un extranjero, se le coge, se le guía, se le acompaña y se le muestran sólo cosas ya de antemano preparadas para recibir su visita, ocultándole todo lo que a sus ojos pueda parecer malo, desagradable o mal organizado.

Así, se le lleva a una fábrica, a un cuartel, a una escuela, a una cárcel que tienen previamente destinados a la propaganda, y aleccionado el personal, el extranjero ve funcionar a la perfección todos los servicios y sale encantado de sus visitas y proclamando que este sistema bolchevique no tiene rival, cuando en realidad ha sido víctima de un engaño, pues no ve obreros en la fábrica, ni soldados en el cuartel, ni niños en la escuela, ni presos en la cárcel, sino personajes adiestrados, consumados en el arte de la ficción, que representan a las mil maravillas la comedia que les esta encomendada.

Otros se limitan a señalar que si la farsa no llega a esos extremos, sólo se enseña a los extranjeros establecimientos modelo, en los que se han perfeccionado todos los servicios y todos los adelantos.

Y yo, temeroso de que se me llevase a lugares preparados de antemano, no quería someterme a la tutela de la Voks, sino que prefería campar por mis respetos para formar así una impresión objetiva de actos, espectáculos, centros y dependencias elegidos libremente por mí.

Quiero desechar el caso de que al llegar a España puedan decirme que he sido conducido como oveja en rebaño, que se me ha mostrado el Tribunal Popular más recto, la Audiencia mejor organizada, la más perfecta Notaría, la cárcel más benigna.

La bella secretaria de la Voks sonríe al oírme, dejando ver entre sus rojos labios unos dientes felinos de marfil.

-Pero, ¿es posible - me dijo – que seriamente se digan esas cosas y que se encuentre todavía quien las crea?

"Eso supondría ya de por sí una organización perfecta; pero, por pocos días que lleve usted en Moscú, se habrá convencido de que los extranjeros gozan de una libertad completa y de que prácticamente, aunque se intenta representar la comedia, el más cándido de los visitantes se apercibiría del engaño.

"La Voks tiene por finalidad estrechar los lazos de cultura entre nuestro país y todas las naciones de la Tierra, y claro está que uno de los procedimientos para ello es dar facilidades a cuantos extranjeros vengan a Rusia para que puedan desarrollar cumplidamente la misión cultural que aquí les traiga. Pero el extranjero es, ante todo, libre de utilizar o no los auxilios de la Voks, y si pide éstos se le proporcionan en la medida que los solicita, dándole la más amplia libertad para que pueda estudiar nuestras instituciones y todo cuanto se relaciona con la Historia, la Ciencia, o el Arte, pero sin que pierda, limite o vincule su libertad de valerse de personas o visitar y estudiar los establecimientos o materias que libérrimamente designe.

"Además, la Voks ni tiene como finalidad la propaganda ni la utiliza tampoco en sus procedimientos. Es ésta una institución neutral que recibe y acoge por igual a hombres de todas las creencias, doctrinas o clases, instrumento de cultura y no de política.

''Por lo tanto, si usted quiere visitar una cárcel, un Tribunal popular, un cuartel, busquemos en una guía las cárceles, los Tribunales, los cuarteles de Moscú, y señáleme libremente uno cualquiera ése irá ahora mismo, en el acto, sin que haya tiempo de preparar la visita, aleccionar el personal o adecentar los locales."

Y así fue preparada mi visita a un presidio.

Elegí uno en el que se extinguen las condenas más duras, al que van los que han cometido los más graves delitos, entre los que se encuentran los delitos contra el Estado.

Quise ver cómo son tratados los enemigos del régimen, los espías, los contrarrevolucionarios. En un tranvía nos encaminamos a las afueras de Moscú, en donde está establecida la prisión.
Nos acompañan una pareja de ingleses y un intérprete de la Voks.

Se trata de una cárcel instalada en un edificio construido con ese fin en los tiempos del zar. Era entonces una cárcel militar. Hoy llevan a esta prisión a los condenados a las penas más duras y a los indultados de la pena de muerte.

Por lo visto, el Gobierno soviético tiene un gran interés en inculcar a toda la gente que la pena ni significa venganza ni significa castigo. Es sólo un medio de defensa para la sociedad y un medio de redención por el trabajo.

Aquí el trabajo es absolutamente obligatorio y no existen castigos de ninguna clase, sino pérdida de libertad y obligación de trabajar; pero el preso tiene todas las protecciones del obrero, todas sus garantías y gana un salario, que se distribuye en la siguiente forma: una parte para los gastos del establecimiento, otra para un ahorro obligatorio, otra que puede libremente destinar a su familia y otra que se le entrega semanalmente para sus gastos.

Adosado al gran edificio, construido en forma de abanico y distribuido en pequeñas celdas existía otro, de más reciente construcción, en donde están instalados los talleres de fabricación de géneros de punto.

El domingo, no hay trabajo, y el director, que salía de la cárcel para dirigirse a Moscú en el mismo tranvía que nosotros dejábamos, suspendió amablemente su viaje y regresó para acompañarnos y servirnos de guía.

Los talleres están perfectamente montados y en plan de ampliación, en vista del éxito de la industria. Vimos todas las dependencias, desde la sala de máquinas hasta el almacén, y desde el depósito de primeras materias hasta las oficinas administrativas de la fábrica. Los talleres funcionan de un modo autónomo. A primeros de agosto, con sólo siete meses de ejercicio, la cuenta de pérdidas y ganancias arrojaba un saldo de trescientos mil rublos de beneficio.

En la sala de muestras se preparan, en estos momentos, las manufacturas para acudir a una exposición. Se fabrican medias, calcetines, jerséis, abrigos, manteles, bufandas, trajes interiores, trajes de niños, y en el gran salón se ve el escudo soviético en colores, fabricado con géneros de punto.

Pasamos después a la cárcel, que se comunica con la fábrica por una gran encela de hierro; fuera queda la guardia. Dentro, los empleados del Cuerpo de prisiones, uniformados y con revolver al cinto.

El edificio es sombrío y triste. ¿Hay alguna cárcel que no lo sea? Pero todo está absolutamente limpio.

Tiene instalación de calefacción central, que a esta altura geográfica es absolutamente necesaria.
El director, que amablemente nos ha explicado con todo género de detalle, el funcionamiento de la fábrica, nos habla ahora del régimen de la prisión.

El preso trabaja ocho horas; tiene su paseo, su descanso, su toilette obligatoria; puede fumar, leer, jugar al ajedrez, comunicar cada quince o treinta días con su familia; pero el régimen es celular. Están en celdas de dos y de tres. Debieran ser celdas individuales; pero no hay sitio.
-Tenemos cuatrocientos noventa y siete presos- me dice.

Los crímenes más graves del Código penal soviético son los delitos contra la revolución o contra el poder por ella establecido; la resistencia a las autoridades; la negativa a pagar los impuestos; el bandidaje; los ataques a mano armada en la vía pública; los delitos contra la economía del país, contra los deberes militares; el asesinato, el robo y el homicidio.

En esta cárcel sola hay gente que ha cometido esta clase de delitos.

La pena máxima es de diez años y en esta cárcel se extinguen condenas de seis años en adelante. Al preso se le forma, se le educa y se le enseña el oficio o se le perfecciona en el trabajo. La buena conducta y el espíritu de trabajo continuado, constante, llega a aminorar la duración de la pena.

Visitamos la escuela, el teatro, la biblioteca y las cooperativas de consumo y de prendas de vestir. Todo está limpio y bien organizado; adquirimos manzanas, cigarrillos, chocolates. La cooperativa está muy bien surtida y los encargados son presos que llegan a sus puestos merced a su buen comportamiento.

El director los saluda y trata jovialmente, y observo que todos están alegres, ríen y se dan bromas.

Hay un tipo extraño con perilla puntiaguda y gorro tártaro, que fuma una gran pipa y anda de acá para allá con un samovar de mano, al que todos saludan y felicitan; es un antiguo espía del ejército blanco, condenado a muerte, indultado después, al que solo le faltan unos días para terminar su prisión. Lleva aquí cinco años y se ha comportado bien; tiene ahorrada una respetable suma, más de la cuarta parte de su salario, y está alborotado con su próxima liberación.

Pasarnos a visitar las celdas; mandamos abrir algunas, entramos en ellas, saludamos a sus habitantes; unos duermen, otros juegan partidas de ajedrez, otros escuchan con auriculares la "radio", muchos escriben, no están uniformados.

Ibañez les hace preguntas en ruso, que contestan atentos.

El director nos explica brevemente el historial del preso: ese que está echado es un espía; el otro, un ladrón; en esta otra celda, un gran estafador; aquí un contrarrevolucionario, un desertor.

En una celda me llama la atención un joven apuesto, de mirada inteligente, que rápidamente se pone de pie y saluda cortés.

Ibañez pregunta al directo qué delito ha cometido y éste contesta:

- Una estafa de cuatrocientos rublos: seis años de prisión.

- ¡Cómo! ¿Por una simple estafa tan grave pena?

- Sí, había agravantes. Era funcionario público y además pertenecía al partido comunista.

Entonces me explicó cómo las leyes soviéticas castigan con mayor severidad a aquel que, prevaliéndose de un cargo del Estado o siendo miembro del partido, falta a la ley.

Otro preso me inspira curiosidad. Es un hombre joven, de mirada dulce, de ojos profundamente azules como el cielo y de sonrisa infantil.

También se levanta cuando nos ve entrar en la celda, se despoja de los auriculares y siempre sonriente nos ofrece su sitio para descansar, pronunciando con suave acento palabras ininteligibles.

Tiene ese aspecto, esa cara, esos modales del hombre justo, del hombre sereno que lleva reflejado en el semblante asomado a sus ojos, la bondad de su corazón y la nitidez de su alma.

¿Qué delito habrá cometido este hombre, este ángel más bien, que sin duda por equivocación está en este infierno, en vez de estar en el cielo?

Pero no se atreve Ibañez a preguntarlo al interesado y fue, al salir de la celda, cuando oírnos de labios del director el delito por el que cumple condena: triple asesinato.

¡Qué doloroso es visitar una cárcel! ¡Y, sobre todo, una cárcel como ésta, que cobija bajo sus muros unos centenares de hombres condenados a las más graves penas!

Pero Ibáñez me ataja, diciéndome:

-No olvide usted que estos hombres recluidos aquí por las leyes, para defensa de la sociedad, tienen en su mano la redención por el trabajo y en su alma la esperanza de la libertad; cinco años, diez años, siendo largos no representan una vida. Y el que se revista de valor, los pasa embebido en el trabajo diario y puestos los ojos en el porvenir.

Y sale sabiendo ganarse la vida y con un puñado de dinero, que ha ganado él mismo, y que le servirá para dar de nuevo en el mundo los primeros pasos.

Sí, todo esto es bien triste, bien sombrío; pero unos cerca y otros lejos, allá en su horizonte, vislumbra un rayo de luz, un rayo de esperanza…

En cambio, en otros países, otras leyes más duras, menos humanas, menos comprensivas, retienen en una celda, un condenado, le dejan solo con sus pensamientos sombríos, sin más compañero forzado que la ociosidad, y cerrándole la puerta de la esperanza con el horror de la condena perpetua, despojándole de sus atributos humanos y hasta de su traje de hombre, lo convierten poco a poco en idiota o en fiera.

Indudablemente, la vida penitenciaria tiene aquí un sesgo más humano, y su tendencia es huir del bárbaro aislamiento del antiguo sistema y hacer que el condenado se familiarice con la vida de trabajo y busque y encuentre en ella su redención.

La política de los Soviets en materia penitenciaria está, si no calcada, par lo menos imbuida por las teorías criminalistas de Ferri, puesto que tiene como fundamento simplemente la defensa social.

El que delinque perjudica a la sociedad, y para la defensa de ésta se le aplica, no una pena, sino un medio coercitivo de aislamiento que beneficie a aquélla.

No es la pena castigo, ni es culpable el que comete un delito, porque el delincuente llega a él por causas de las que es responsable el medio, el ambiente, la incultura, el embotamiento de la sensibilidad y la pérdida de la moral social. No puede imputársele responsabilidad alguna y, ante esto, la sociedad, para su defensa, lo aísla y le rodea de un ambiente, le sitúa en un medio de trabajo de orden, de cultura, que logre redimirlo, hacerlo apto para la convivencia humana.

Esta es la teoría soviética que, como veis, no tiene nada de nueva, aunque en toda su integridad es posible que hasta ahora sólo en Rusia haya sido puesta en práctica.

Claro está que las medidas de corrección sólo son aplicadas a los delincuentes sanos, que tienen sus facultades intelectivas y volitivas en perfecto estado.

Entonces aplican las medidas correccionales para readaptar al criminal a la vida social, para habituarlo al trabajo.

Y para ello el Código penal, que ellos llaman "Código de redención por el trabajo", preceptúa que a los detenidos se les someta a la instrucción post-escolar, celebrándose en las prisiones actos culturales, conferencias y cursos de aprendizaje; fomentando la asistencia a la biblioteca, el cultivo de la música; organizando espectáculos y veladas literarias en las que los mismos presos hacen la crítica de la vida de la prisión, escriben sobre cuestiones de organización del trabajo y de la producción y mantienen relaciones con los detenidos en las demás prisiones del Estado.

Los condenados reciben el mismo día que entran en la prisión un folleto que se titula Lo que debe saber el preso, en el que están expuestos sus derechos y deberes, y en él se le hace ver que la condena no le ha hecho perder su condición de ciudadano, y que, cumpliendo estrictamente el reglamento y aplicándose al trabajo, aminorará la duración de su pena, gozará de numerosos beneficios y obtendrá unos ahorros respetables al salir de la prisión, por la acumulación de una parte de su salario.

Cuando las condenas son inferiores a tres años de pérdida de libertad. Los presos, con el informe favorable del jefe de la prisión, pueden obtener cada año un permiso de ocho o quince días, con objeto de visitar a su familia.

Según me dicen, no se ha dado caso alguno de que un detenido se fugue, sino que todos vuelven voluntariamente a su reclusión al finalizar el permiso.

Aparte de las medidas de corrección consistentes en la reclusión obligatoria, existe el trabajo obligatorio sin pérdida de la libertad, mediante el cual el condenado es conducido a una colonia penitenciaria, en la que goza de un régimen de libertad dentro de la colonia. Estos condenados, si cumplen el reglamento, obtienen con gran facilidad permisos especiales para trasladarse al lugar de su domicilio, en las épocas de recolección, siempre que el Soviet local lo permita, dada la índole del delito cometido.

Cuando un presunto delincuente es reconocido por dos especialistas agregados a la Administración de Justicia y atestiguan éstos que es irresponsable, no entra en prisión, ni se le aplica la pena, sino que se le somete al tratamiento médico adecuado.

Y, por último, a los menores de catorce años se les aplica en un establecimiento técnico el llamado tratamiento pedagógico.

En cuanto a la pena de muerte, pasado ya el período revolucionario, las leyes soviéticas no la aplican más que para los delitos que atentan a la seguridad del Estado, esto es, a los contrarrevolucionarios convictos y confesos de su delito y hay que reconocer que, restablecida la paz interior, sólo en casos bien patentes es aplicada la terrible pena.

Nuestra visita a la prisión ha durado casi un día; fue a última hora de la tarde, cuando abandonamos el tétrico edificio, y salimos tristes, como siempre que se visita una cárcel, pero confortado, al ver que en ocho horas de busca por aquellos corredores, por aquellas celdas ni existen instrumentos de tortura, ni calabozos de castigo, ni régimen absoluto de aislamiento, ni presidiarios uniformados, ni cabos de vara, ni látigos, ni grillos, ni cadenas ni esposas, sino unos hombres privados de libertad y obligados al trabajo diario, que al parecer son tratados con humanidad, bajo la política de defender a la sociedad de la presencia de seres que ponen en peligro la armonía de su vida, inculcándoles los deberes ciudadanos, sobre todo el deber de trabajar.

lunes, 9 de enero de 2012

Pombo

Leo en Insurgente unas declaraciones del escritor Álvaro Pombo:

“Pero sí me hago esa pregunta, de si no tendríamos, por ejemplo en España, que pasar a una fase suprapolítica, suprapartidista, de gestores firmes. ¡Si tenemos cinco millones de parados! Un dictador con mano fuerte… No lo sé, no lo sé, pero hay que tener cuidado de no ponerse demasiado bravo con los dictadores que produjeron riquezas económica. Hitler fue un dictador que metió a los países en una guerra espantosa, pero Franco no. Y Pinochet tampoco.”

Amigos, ahí tienen el germen del fascismo. No se podría definir mejor. El problema no es que haya cinco millones de parados, diez o veinte, a Pombo eso le da lo mismo. Este tipo de chusma está pensando en lo que esos cinco millones de parados pueden llegar a hacer si se organizan para defender sus intereses. Eso es lo que les asusta. Por eso el repugnante Pombo hace ese llamamiento al más allá de la política, que en realidad no es tal. Ese más allá son los cuarteles. Ese más allá es exactamente lo mismo que el más acá, el poder de la burguesía que Pombo defiende.

La burguesía es de todo menos original. Depuran sus técnicas, pero en esencia siempre hacen lo mismo. Los que hoy fungen como demócratas son los verdugos de mañana. Los Pombo y compañía. Los que ven como un mal menor que asesinen a obreros, porque eso mismo hacían Hitler, Franco y Pinochet, matar obreros.

Aunque a la edad de Pombo todo se hace más miserable si cabe. En realidad se piensan inmortales, de lo contrario no me explico tanta maldad desatada en la recta final de una vida. A fin de cuentas su mediocridad ya fue encumbrada, como la de tantos otros encargados de difundir el miedo entre los trabajadores.

Tal vez sea eso. La certeza de que su memoria está ligada a la suerte de la burguesía. Pero no debería preocuparse por eso el señor Pombo, tiene su trono reservado junto a Hitler, Franco, Pinochet y demás gestores firmes del trabajo. Los trabajadores daremos buena cuenta de ello, porque pueden matar a muchos, pero no nos pueden matar a todos, y tarde o temprano venceremos.

sábado, 7 de enero de 2012

Vídeos


A continuación podrán ver una serie de documentales filmados en la Unión Soviética con motivo del sesenta aniversario de la revolución, entre otros. Es una lástima que no estén traducidos, en todo caso merece la pena echar un vistazo a la URSS en movimiento.

Añado también el documental Liberación, filmado en los años 40, y que trata sobre Ucrania y Bielorrusia. Fue dirigido por Alexander Dovzhenko y Julia Solntseva.

Al final de esta entrada encontrarán el canal de Youtube del ucraniano que sube estos vídeos.



Sobre el año 1922:

http://www.youtube.com/watch?v=CU6bNHZt208

http://www.youtube.com/watch?v=66UOblhP25E

http://www.youtube.com/watch?v=AZW6oVAW5lE

http://www.youtube.com/watch?v=cYtJIHr9ax8


Sobre al año 1925:

http://www.youtube.com/watch?v=hwYnhUwR0GU

http://www.youtube.com/watch?v=NIc8UALbhw4

http://www.youtube.com/watch?v=c3GnqCj7Ux4

http://www.youtube.com/watch?v=lJrd2TNQx-c


Sobre el año 1926:

http://www.youtube.com/watch?v=vzMI46TXGYY

http://www.youtube.com/watch?v=2k8CCMeHvok

http://www.youtube.com/watch?v=EKQYaG-dweY

http://www.youtube.com/watch?v=xYls0BZ8vok


Sobre el año 1927:

http://www.youtube.com/watch?v=YdnISXcHmdo

http://www.youtube.com/watch?v=JhMvw_5Nje8

http://www.youtube.com/watch?v=4Ra6DVCi1jA

http://www.youtube.com/watch?v=PUYd7TpYC_4


Sobre el año 1928:

http://www.youtube.com/watch?v=oxr6lyKCR-Q

http://www.youtube.com/watch?v=svegrrPKnB0

http://www.youtube.com/watch?v=qukNnvGN5AA

http://www.youtube.com/watch?v=aRkze4bjPOQ

http://www.youtube.com/watch?v=8yRSNsc67ng


Sobre el año 1932:

http://www.youtube.com/watch?v=EXgOWFJSvvg&feature=related


Sobre el año 1936:

http://www.youtube.com/watch?v=aQKZllvyokw&feature=related


Sobre el año 1937:

http://www.youtube.com/watch?v=1KkLMVuRX58


Sobre el año 1942:

http://www.youtube.com/watch?v=gBiVGY_Mrgk&feature=related


Sobre el año 1948:

http://www.youtube.com/watch?v=RWJE10N8p6U&feature=related


Sobre el año 1951:

http://www.youtube.com/watch?v=IVAKHJd-MVo

http://www.youtube.com/watch?v=Pzwn-7bi4pQ

http://www.youtube.com/watch?v=yPlXrE0iKWc

http://www.youtube.com/watch?v=tSscF1zdFZ0


Sobre el año 1952:

http://www.youtube.com/watch?v=h8C_1p3lbHc

http://www.youtube.com/watch?v=aNTA4zoo3Cw

http://www.youtube.com/watch?v=u2WyWaP0CZc

http://www.youtube.com/watch?v=XUh1np93XAY


Sobre el año 1953:

http://www.youtube.com/watch?v=EbNFlmNWSp0&feature=g-all-u&context=G2b02254FAAAAAAAAAAA


Sobre el año 1959:

http://www.youtube.com/watch?v=wMnxd64iHXg&feature=related


Sobre el año 1963:

http://www.youtube.com/watch?v=s9TaRXQKXfM&feature=related


Sobre el año 1966:

http://www.youtube.com/watch?v=7gReYSug2bo&feature=related


Sobre el año 1969:

http://www.youtube.com/watch?v=_pNRIFTrZgY&feature=related


Sobre el año 1976:

http://www.youtube.com/watch?v=Soa9qQTmnoA&feature=related


Liberación:


http://www.youtube.com/watch?v=SZ5Rytp7yEs

http://www.youtube.com/watch?v=DwuJQeWjXXo

http://www.youtube.com/watch?v=mzyzgxIcgxw

http://www.youtube.com/watch?v=xeCnw-8uaiU


Canal: http://www.youtube.com/watch?v=1KkLMVuRX58

viernes, 6 de enero de 2012

La Armada de Venezuela recibirá nuevos buques en 2012

En el transcurso de 2012, la Armada venezolana tiene programada la recepción de nuevos buques, así como ordenar nuevas construcciones navales y la adquisición de equipos para la Aviación Naval y la Infantería de Marina.

El patrullero oceánico Kariña (PC-24), último de los cuatro tipo Avante 2200 encargados a la empresa estatal española Navantia en noviembre de 2005, encabeza la lista de entregas. La recepción del buque está prevista para finales de enero en el astillero de Puerto Real de la bahía de Cádiz, España.

Le sigue el primero de los cuatro buques de carga multipropósito del tipo Damen Stan Lander 5612, ordenados al astillero cubano Damex, el cual es regentado por Damen Shipyard Group, de Holanda. El barco, identificado hasta ahora con el numeral de casco T-91, fue botado al mar en Santiago de Cuba, en abril de 2011, y su recepción había sido anunciada para septiembre pasado. Respecto a las tres embarcaciones restantes, únicamente se ha informado que la entrega se completará en 2013.

Botadura del casco del primer buque de carga multipropósito del tipo Damen Stan Lander 5612 en Cuba


Prevista también para 2012 es la reincorporación a la escuadra del submarino Caribe (S-32), uno de las dos del tipo U209A-1300/clase Sábalo de la Armada venezolana, el cual está siendo sometido a trabajos de revisión mayor de casco y modernización en las instalaciones de la empresa estatal venezolana Diques y Astilleros Nacionales C.A. (Dianca), en Puerto Cabello, con la asistencia técnica del fabricante ThyssenKrupp Marine Systems (antigua HDW).

Con relación a los proyectos pendientes, está por definirse la situación planteada en torno al patrullero Tamanaco (GC-24), último de los cuatro del tipo Avante 1400 contratados a Navantia y el cual se acordó construirlo en Venezuela con asistencia técnica del astillero español. Si bien, Dianca realizó el corte de acero en mayo de 2009, Navantia considera que el astillero venezolano no tiene capacidad técnica para realizar los trabajos y propone completar la construcción buque en España. Sin embargo, este planteamiento ha sido desestimado por el presidente venezolano Hugo Chávez, quien, en diciembre, exigió públicamente a Navantia que cumpla con lo establecido en el convenio.

Por lo demás, Navantia está negociando con el gobierno venezolano la obtención de un pedido por cuatro buques patrulleros adicionales, dos tipo Avante 2200 y dos tipo Avante 1400. El nuevo contrato de firmaría en el primer trimestre de 2012; no obstante, es de suponer que la negociación no se concretará, hasta tanto se resuelva la incidencia planteada en relación al patrullero Tamanaco.

Otra situación, aparentemente, sin resolver, es la referente a la conclusión de los trabajos de mantenimiento mayor y modernización.de tres de las seis fragatas tipo Lupo /clase Mariscal Sucre, que permanecen varadas en Dianca. Se trata, específicamente, de la General Urdaneta (F-23), la General Salom (F-25) y la Almirante García (F-26).

Fragatas tipo Lupo clase Mariscal Sucre en Dianca (Foto: Maro Ramirez)


Por otra parte, se desconoce el estado actual de las negociaciones para la construcción en el astillero cubano Damex, de dos patrulleros del tipo holandés Damen Stan Patrol 2606. Como se sabe, una primera embarcación de este tipo, el Pagalo (PG-51), fue ensamblada en 2007, en las instalaciones de la Unidad Naval Coordinadora de Carenados de la Armada (Ucocar), en Puerto Cabello. Otras tres unidades estaban programadas, pero en 2009 el gobierno holandés decidió no autorizar nuevas ventas militares a Venezuela, lo que impidió que se construyeran en el astillero venezolano.

Asunto de especial interés, en el nuevo año, será el desarrollo de las negociaciones para la adquisición de nuevos submarinos, de acuerdo a lo anunciado por el comandante general de la Armada de Venezuela en el pasado mes de diciembre. No es descartable, que la marina de guerra venezolana insista ante Moscú, por la venta de los submarinos diesel eléctricos de última generación Project 677E/clase Amur 1650.

Helicópteros y aviones de patrullaje

Capítulo pendiente es, asimismo, la adquisición de helicópteros y aviones de patrullaje marítimo para la Aviación Naval.

Desde que España, rescindiera el contrato suscrito con el gobierno venezolano en noviembre de 2005, para suministrarle seis Airbus Military C295MPA Persuader, la Armada venezolana se ha visto imposibilitada a encontrar un sustituto que satisfaga sus necesidades en materia de patrullaje marítimo y antisubmarino. Estados Unidos no autorizó la incorporación de componentes norteamericanos a los aviones y el convenio se hizo inviable.

Del mismo modo, se plantea la situación referente a los helicópteros para los ocho buques patrulleros construidos por Navantia. La Armada aspiraba al NH90, pero, por las mismas circunstancias que afectaron la adquisición de los C295MPA, las negociaciones no prosperaron.

Infantería de Marina

Una vez que se reciban las baterías móviles misilísticas de defensa de costa, adquiridas en Rusia, lo cual está previsto para 2012, se despejarán las incógnitas con relación al modelo y al destino de las mismas: el Ejército o la Infantería de Marina. No obstante, hay que considerar que la Infantería de Marina tiene programado crear nuevas unidades de Artillería, lo que hace presumir que este cuerpo naval será el destinatario.

Otro material ruso, de posible incorporación, son los vehículos blindados anfibios de combate de Infantería BMP-3.

Fuente: Carlos Hernández – Infodefensa

martes, 3 de enero de 2012

Rajoy, el socialdemócrata

Y el desempleo aumenta y aumenta, nuestra burguesía solo sabe producir parados, ruina y peste por doquier. El jueves nos aplicarán otra ración de "ajustes". Por lo visto desde la filas del PP reconocen que las reformas laborales aplicadas no han servido para crear empleo, de ahí que se propongan hacer otra reforma, que ya lo adelanto, tampoco servirá de nada, pues los empresarios no contratan simplemente porque no necesitan trabajadores, que al parecer todavía les siguen sobrando, y no por "un mercado laboral poco flexible heredado del franquismo".

Se estarán preguntando por el título de la entrada. La verdad que Rajoy bien puede ser socialdemócrata, ¿acaso se diferencia de Blair o Zapatero? Es verdad, lleva barba, pero por lo demás poca cosa, solo Cotarelo podría escribir una cara de un folio con las diferencias entre la socialdemocracia de hoy y los liberales, pero esa es otra historia. Hoy lo que nos importa es que los liberales del PP han subido los impuestos, cosa que ya adelantamos aquí incluso cuando afirmaban que no lo iban a hacer, y dicha subida despertó las iras de los guardianes de la ortodoxia liberal. Atención a un tal Rallo: "el PP ha optado por la vía izquierdista para corregir el déficit, es decir, el PP apuesta porque sea la impuesta y asfixiante austeridad privada la que sufrague los abundantes despilfarros públicos". Ya lo leen, Rajoy se nos ha vuelto un izquierdista, es un traidor a la causa liberal, es más: "las medidas del Consejo de Ministros han sido las propias del socialismo más primario". ¿Qué entenderá este hombre por socialismo? Es terrorífico. Sigue: "Prepárense, pues, para una subida histórica del IVA en los próximos meses, porque ya histórica ha sido la del IRPF. Los que ganen más de 175.000 tributarán al 51%: más de la mitad de su renta se la embolsarán nuestros mandatarios. Pero bueno, usando la propia terminología clasista y frentista del PP, "esos son quienes más tienen", los que deben pagar parte del agujero que han causado esos mismos mandatarios socialistas y populares, nacionales, autonómicos y locales". Los rojos han llevado a España a la ruina. Es más, los azules se han vuelto rojos, solo los Rallos y los Brauns resisten las embestidas de la hidra marxista que asola la Españeta. Un tal Campmany afirma que las medidas del PP "han dejado sin discurso político a Cayo Lara, que lleva meses diciendo que, para salir de la crisis, lo que hay que hacer es subir los impuestos. Ahora, lo único que podrá decir el viejo comunista es que hay que subirlos más". Ya ven, llegó el camarada Rajoy cantando la Internacional.

Esta gente está para encerrar. Deberían dar gracias porque el chiringuito sigue en pie. El problema de esta gente es que sus delirios liberales espantan incluso a la propia burguesía que defienden. De algún modo se han creído la propaganda, porque solo desde una sincera creencia se pueden decir tantas tonterías juntas. Digamos que Rajoy, alias "el mudo", está haciendo lo que puede para salvar sus pescuezos.