viernes, 24 de junio de 2011

Kirghizia

Por CHINGHIS AITMATOV, célebre escritor de la República Soviética de Kirghizia, en el Asia central. Sus obras son sumamente populares en toda la URSS y han sido traducidas a unos 60 idiomas. Ganador de dos premios soviéticos de literatura el Premio Lenin en 1963 y el Premio del Estado en 1968 , ha escrito abundantemente sobre su país al cual representa como Diputado en el Parlamento o Soviet Supremo de la Unión Soviética, que tiene su sede en Moscú.

Kirghizia

Para todos los pueblos que habitan mi país, el quincuagésimo aniversario de la fundación de la URSS representa un hito de especial importancia. Lo que para nosotros constituye actualmente una nueva comunidad histórica, es decir el pueblo soviético, está integrado por centenares de nacionalidades, pueblos y grupos étnicos. Algunos de ellos se encontraban en una etapa feudal de desarrollo al fundarse la Unión en 1922; otros viven todavía en condiciones muy primitivas.

Hasta no hace mucho, cada uno de los numerosos pueblos de ese inmenso país formaba un mundo aparte tanto por su civilización, su cultura y su experiencia social como por sus costumbres y tradiciones, sus diversas religiones y sus lenguas diferentes, tan diferentes que les era imposible comprenderse entre sí.

Los pueblos de mi país, grandes o pequeños, han pasado a lo largo de su desarrollo por diferentes etapas históricas, sociales y culturales. Debió transcurrir mucho tiempo para que llegaran a ser lo que son ahora. Cada una de nuestras naciones tiene sus propias tradiciones culturales y sus experiencias espirituales, lo cual incluye no solamente los valores humanos de orden general que integran el patrimonio de la humanidad, sino también rasgos específicos que son la huella dejada por la vida que esos pueblos llevaron en los diversos períodos de su historia.

Probablemente no existe pueblo alguno cuyo destino haya sido fácil y venturoso y cuya historia no sea una crónica de sufrimientos y calamidades. Esto se aplica ciertamente a los pueblos turcos (kazakos, uzbekos, kirghises, uigures, turcomanos y otros), que figuran entre los más antiguos del mundo y que del siglo V al VIII alcanzaron un nivel bastante alto en cuanto a la organización de la vida social y al desarrollo cultural. La escritura rúnica de los turcos es una de las más antiguas del territorio soviético. Me refiero a los caracteres de Orjón, particularmente a los textos del Kul Tegina, compuestos en 717 por Tegín, el primer historiador y literato turco, y a otros monumentos de la antigua cultura escrita turca.

Sin embargo, un destino amargo esperaba a los descendientes de esos pueblos. Para preservar su independencia nacional, debieron combatir de generación en generación hasta el siglo XX. La gran revolución que conmovió a la sexta parte del planeta resolvió ese problema milenario e hizo que estos antiguos pueblos pasaran a una nueva etapa de su vida.

Hace un siglo Kirghizia, mi país natal, que se extiende por la región montañosa del Asia central, el Ala Tau, era desconocida para el resto del mundo. Los viajeros que la habían visitado hablaban de ella como de un descubrimiento geográfico. Ahora las cosas han cambiado.

Ese cambio se refleja en el nuevo símbolo de Kirghizia: una muchacha tocada con un pañuelo rojo y que lee un libro sobre el fondo del Ala Tau coronado de nieve.

El servicio médico llegaba en helicóptero a los lugares remotos


Actualmente Kirghizia forma parte del mundo civilizado en vías de desarrollo. En nuestra época, el adelanto tecnológico se ha convertido en un lugar común. De ahí que la cultura intelectual de un pueblo, los problemas que resuelve y que proyecta resolver constituyan el verdadero criterio para juzgar su desarrollo.

El pueblo kirghis ha recorrido durante los años de creación y consolidación de la Unión el largo camino que va del akin improvisado al moderno poema filosófico, de las leyendas patriarcales a la novela moderna, de los ornamentos a la pintura contemporánea, de las representaciones populares al teatro y el cine, del komuz a la música sinfónica.

La igualdad política ha permitido no solamente al pueblo kirghis sino a todas las nacionalidades de la Unión elevar su economía y su producción a un nivel moderno. Consecuencia de ello es el vertiginoso renacimiento social y nacional de los pueblos hasta entonces atrasados.

Los Estados multinacionales del pasado desde el Imperio Romano y los Estados creados por Alejandro de Macedonia y Gengis Kan hasta el Imperio Ruso eran inestables debido a diversas razones de orden social y económico. La dominación de un pueblo sobre otros, la manera de pensar impuesta por un pueblo a otros pueblos, condujo a la supresión de sus aspiraciones y a la extinción de las lenguas nacionales, con lo cual se despojó a esas nacionalidades del derecho a la independencia, arrebatándoles sus características étnicas y nacionales. Aquello era inhumano e inmoral, ya que los pueblos buscan siempre su preservación, no solamente como individuos sino como entidades nacionales. Nadie está dispuesto a desaparecer de buena gana.

Estación de radio y televisión instalada en la cumbre de una montaña


La inmortalidad de un pueblo reside en su lengua. El idioma de cada pueblo es un valor humano general. Cada lengua representa una creación del genio humano. Por tanto, no debemos desdeñar ninguna, cualquiera que sea el pueblo a que pertenezca o el grado de desarrollo que haya alcanzado. En determinadas condiciones favorables, cualquier lengua puede lograr su perfección a través de su evolución interna y de las influencias que recibe directa o indirectamente.

La lengua materna es, en realidad, como una madre a la que se debe gratitud, esa misma deuda que uno tiene hacia su propio pueblo, del cual ha recibido la vida y el mejor regalo que se pueda hacer: la lengua. Al mismo tiempo, es imposible desarrollar la cultura espiritual de una nación sin inspirarse activamente en los logros de otras culturas. Tal es el camino de todo progreso.

Un niña en el colegio. Con la certeza de un futuro digno por delante


La formación de la URSS fue un factor decisivo de adelanto. El ruso se convirtió en la lengua de comunicación entre todos los pueblos que habitan este vasto país multinacional, pero al mismo tiempo se crearon las condiciones necesarias para el desarrollo de las lenguas nacionales dentro de los límites de sus regiones geográficas y administrativas: del 90 al 99 por ciento de las nacionalidades en las diversas repúblicas y regiones autónomas respetan su lengua vernácula y la emplean de modo general.

Para los pueblos que no disponían de idioma escrito se creó uno utilizando el alfabeto ruso, y así pudieron imprimirse sus epopeyas nacionales, con lo cual muchos de ellos lograron contar con una literatura propia. Una idea del nivel artístico y de las posibilidades creadoras de esas lenguas puede darla el hecho de que se han traducido a ellas las obras de Cervantes, Shakespeare, Tolstoi, Balzac, Hemingway y muchos otros grandes escritores. El ruso desempeñó un papel de intermediario o de puente entre las culturas de los diversos pueblos que, hasta poco tiempo antes, ni siquiera sabían de la existencia de los demás.

Nuestra cultura nacional es el resultado del florecimiento de muchas culturas nacionales. En una carta dirigida al historiador británico Arnold Toynbee, el conocido historiador soviético N. Konrad escribía: «Nos es preciso contar con un sistema social para todo el país y, al mismo tiempo, debemos considerar que cada pueblo de nuestra Unión ha tenido y sigue teniendo su propia tradición cultural y que muchos de esos pueblos tienen una historia cultural grande, antigua y privativa... Cada pueblo debe tener su propia cultura y, al mismo tiempo, las culturas nacionales deben formar parte de la cultura general de la sociedad soviética.

«Una de nuestras tareas es la de fortalecer y desarrollar la cultura y la economía del país, ya que nuestra sociedad es una comunidad en expansión. Esta tarea se ha vuelto más urgente ahora, en la época de la revolución científica y técnica, una de cuyas consecuencias posibles acaso sea la uniformización y la pérdida de la individualidad. En estas condiciones, es de extrema importancia para el Estado preservar, mejorar y enriquecer las lenguas y las culturas nacionales. En Oriente suele decirse que el mundo es grande porque no ha prescindido de un solo grano de arena.»

Considero que las palabras de N. Konrad encierran la respuesta al dilema con que han de enfrentarse hoy algunos pueblos pequeños del mundo: preservar sus tradiciones nacionales a expensas del progreso social o sacrificarlas en aras de éste. Preservar una nación no significa aislarla: en nuestros días tal cosa sería un anacronismo.

Una nación está sujeta a cambios, como todo lo que existe en el mundo, y siempre pierde algo de sí misma en el curso de su desarrollo histórico, obteniendo otras cosas en compensación. Sólo lo mejor y más progresista de una nación merece ser preservado y desarrollado.

En la URSS existían bibliotecas ambulantes. Aquí vemos una en plena montaña


En la formación espiritual del pueblo soviético se han puesto de relieve algunas características comunes a todos sus miembros; al mismo tiempo subsisten y se desarrollan las particularidades nacionales como una forma de expresión de los rasgos humanos de tipo general. La creación del hombre soviético, único en razón de las numerosas particularidades nacionales, la riqueza de ideas y la plenitud de sentimientos que han intervenido en su formación, constituye a mi juicio el acontecimiento histórico más importante de los últimos cincuenta años.

En nuestra aprehensión de la realidad hemos recorrido una gran distancia histórica y hemos creado una cultura artística soviética multilingue y plurinacional, que ha asimilado los grandes logros de todos los pueblos, grandes o pequeños. Naturalmente, no ha sido fácil recorrer esa distancia; fue necesaria una ardua labor para lograr que muchas nacionalidades pasaran del folklore oral, de las epopeyas y leyendas patriarcales en las que el héroe aun no aparecía como un personaje a obras que constituyen una indagación sociopsicológica de personas que viven y actúan en una situación histórica nueva.

Nuestra cultura no rechaza las adquisiciones de las culturas precedentes que suscitan admiración por la riqueza y la multiplicidad de la existencia humana, por la belleza de las creaciones nacionales, por la originalidad de los personajes, tradiciones y modos de vida formados en condiciones históricas, geográficas y culturales específicas. Tal es, en realidad, el secreto de su encanto.

La originalidad de las obras de arte nacionales supone que sus méritos distintivos, las características estéticas y las actitudes populares estén expresados por medio de las imágenes tradicionales de una cultura. Pero el tiempo avanza y las fronteras de la vida nacional se expanden y hacen que ésta asimile los mejores valores y tradiciones culturales de otros muchos pueblos.

Una fábrica de Kirghizia, cuando trabajar era un derecho que no había que mendigar


En consecuencia, las formas nacionales cambian, se influyen y se enriquecen recíprocamente, liberándose de lo anticuado que sobrevive cuando ha dejado de ser útil en las nuevas condiciones sociales. Pero cada vez que hablamos de lo nacional nos sentimos inclinados a pensar solamente en el pasado sin darnos cuenta de lo que existe cerca de nosotros, en el presente, de lo que ha nacido en el medio que nos rodea. Sin embargo, el pensamiento artístico siempre ha reflejado la situación espiritual de la sociedad en que nació.

De ahí que la originalidad nacional no consista únicamente en la suma de los rasgos nacionales que han aparecido en el curso de los siglos. Sería erróneo concebir lo nacional en el sentido patriarcal de la palabra. Lo nacional abarca no sólo aquello que se ha conservado y ha soportado la prueba del tiempo, no solamente la experiencia del pasado, sino también todas las innovaciones introducidas por nuestra realidad actual.

Las mejores obras de la literatura y el arte nacionales expresan por lo general ideales humanos y problemas comunes a todos, considerados desde el punto de vista del hombre soviético, de sus ideas sobre la lucha de clases, sobre el pasado y el presente, sobre el individuo y la sociedad.

De esta manera, la originalidad nacional está indisolublemente ligada a las cuestiones internacionales, a las ideas sociales de nuestro tiempo, y expresa esencialmente el ideal humano genérico en una forma peculiar brillante, atractiva y original.

La combinación armoniosa de lo internacional y lo nacional representa un nivel de madurez en el cual el pensamiento alcanza la universalidad: el deseo de comprender a los otros y de ser comprendido por ellos, el deseo de compartir los juicios de valor acerca de las categorías sociales y estéticas (justicia, virtud y belleza).

Cuando cada cual tiene para con los demás las mismas consideraciones que para consigo mismo, cuando comprende que su vecino no es menos sensible y vulnerable que él, tal manera de pensar conduce a la adquisición del más humano de los rasgos humanos: la solidaridad con el dolor ajeno. Hacia ese sentimiento avanzó el Homo Sapiens a través de penalidades y torturas, de sufrimientos y sacrificios, de guerras y revoluciones desde que abandonó la selva y sus leyes. No existe más que un humanismo para todos los hombres, y su rasgo distintitivo es que no puede ser abstracto. El humanismo es siempre social.

En nuestro mundo difícil, amenazado por el peligro de una guerra atómica, el humanismo es el único rayo de esperanza que le queda a la especie humana. Y creemos firmemente que en nuestra sociedad estamos avanzando hacia él de la manera más acertada posible, es decir armonizando los intereses nacionales con los internacionales.


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