miércoles, 17 de noviembre de 2010

Sobre el traidor Solzhenitsyn (2)


Está por completo claro a quién y a qué se opone Solzhenitsyn; ¿pero a favor de qué se pronuncia? ¿Cuál es —valga la expresión— su programa constructivo, si es que cabe hablar de tal cosa? Clama por el desarrollo de “la revolución ética”, la inmediata renuncia al marxismo “antes y no más tarde”.

Una treta sugerida por la CIA, que tan preocupada está por “el fin de las ideologías”, muy afín al espíritu solzhenitsiano: desarmaos en todos los frentes, renunciad a lo que constituye vuestra fuerza. Pero tampoco en eso es original este profeta. La exhortación a renunciar al marxismo también es una gastada cantilena de las pautas de la CIA y de las orientaciones programáticas de la UPT. Es enemigo enfurecido del socialismo y de cuanto el pueblo soviético ha creado desde 1917 bajo la conducción del Partido Comunista.

Al salir a relucir el tema de la sociedad ideal, Solzhenitsyn pone de manifiesto una tierna unidad de criterios con la UPT. No escatima colores para describir extasiado el “nuevo” Estado. La tierra prometida está rodeada de azules y rosados fulgores. Sin embargo, cuando diseñan en su revista el futuro de Rusia, los “arquitectos” de Posev no olvidan proclamar: “Los opositores y los revolucionarios de Rusia deben pronunciarse —ya desde ahora— sobre el régimen en los centros penitenciarios que indudablemente existirán en la nueva Rusia”. La competencia de la gente de la UPT en este plano y su interés por esta materia no dejan lugar a dudas: ellos estuvieron entre los carceleros de los campamentos hitlerianos de exterminio en masa.

Veji, a juicio de Solzhenitsyn, es el principal “libro de texto” para los organizadores del mundo nuevo. “También en el presente, Veji nos parece haber sido enviada desde el porvenir” —exclama extasiado Solzhenitsyn. Bueno, echemos también nosotros un vistazo a ese “libro de texto”. Solzhenitsyn sueña que entonces, un mañana brumosa, será restablecido el régimen existente antes de 1917, un régimen bendito, según Solzhenitsyn. Varios pasajes de Veji parecen haber sido escritos por Solzhenitsyn y los de su calaña: “Tal como somos, no debemos soñar unirnos con el pueblo, a éste lo hemos de temer más que a los actos del poder y hemos de bendecir este poder que nos resguarda, él solo, con sus bayonetas y cárceles, contra la furia popular”. No puede haber dudas de hacia dónde se proponen dirigir la punta de lanza de la lucha de clases Solzhenitsyn y sus similares, apoyándose en Veji.

Pero Veji también enseñaba otra cosa: extrema hipocresía en el logro de los objetivos de la burguesía. Farisaicamente proclamaba: “El marxismo con su doctrina de la lucha de clases y del Estado como organización del dominio clasista fue una especie de punto final de la renegación antiestatal de la intelectualidad”. Con difamar así a los mejores representantes del pueblo que se habían alzado en la lucha contra la autocracia, los autores de Veji proponían a la intelectualidad rusa como símbolo de fe, la ideología burguesa: “Hay que reconocer por fin que la ciencia 'burguesa' es precisamente una ciencia objetiva real; la 'subjetiva' ciencia de nuestros populistas y la ciencia 'clasista' de nuestros marxistas más tienen de común con una forma especial de la fe que con la ciencia”. Señalemos de paso que en vano se puso por las nubes en Occidente, en los años 50, a Bell y compañía como descubridores de la “desideologización”. Es Veji, la que ostenta la prioridad en la formulación de esa teoría.

En aras del pueblo, los revolucionarios de Rusia iban a la horca y al presidio. Veji, sin embargo, censuraba esa trayectoria en términos que no dejaban lugar a dudas, y reconocía como decadente a la intelectualidad rusa. Al país que se hallaba en el umbral de la revolución, donde se realizaban en nombre de ésta proezas legendarias, se le contraponía un Occidente egoísta y filisteo. “En eso estriba la raigal diferencia entre nuestra intelectualidad y la de Occidente — anunciaba Veji—, donde el desvelo por el bienestar personal es una norma social, algo que se desprende por su propio peso... El egoísmo y la autoafirmación son una fuerza poderosa; precisamente esta hace de la burguesía occidental una pujante e inconsciente arma al servicio de la causa de Dios en la Tierra”. Llenarse los bolsillos, vivir a expensas del sudor y la sangre de su prójimo es para los señores burgueses la causa de Dios.

El pueblo soviético se atuvo a consideraciones bien distintas cuando en el curso de la revolución barrió de la faz de la tierra a toda esa inmundicia. Ahora, la gentuza de la UPT y Solzhenitsyn sueñan restituir su “reino divino” en la tierra. Unos pigmeos se han propuesto encaramarse sobre los hombros de un gigante: el gran pueblo de un gran país. Y aunque se guían por los jalones sentados por Veji hace más de medio siglo, no cabe afirmar que esos señores no han aprendido nada entretanto. Las bayonetas y las cárceles zaristas, que ellos añoran, habían resultado ineficientes. Los solidaristas confían en ponerle no las bridas sino un dogal al pueblo. Según ellos, el fascismo es la única estructura estatal aplicable a la URSS. Esto no es ninguna cosa de su ingenio ni el plagio de la hoja titular de la Biblia de los fascistas. Puesto que se hallan mantenidos por la CIA, ésta comparte y bendice esas ideas. Recuérdese, por ejemplo, la directiva 20/1 del Consejo de Seguridad Nacional que se refería a las futuras estructuras de Rusia sin el Poder soviético.

La meta crucial de todos los ejercicios literarios de Solzhenitsyn es tratar de demostrar que el futuro está en el autoritarismo, en el fascismo. En función de esa predilecta meta suya va amoldando las teorías de la “tecnocracia”, interpretándolas como mejor le place contal de fundamentar el autoritarismo. Para llevar a la conciencia de las masas los frutos de sus “meditaciones”, los reviste de formas novelescas.

Pero ¿por qué estará en boga en Occidente, pues sustenta teorías ajenas a una considerable parte de las clases gobernantes, las de los EE.UU., digamos? ¿Acaso fue imposible ver todo esto cuando aún Solzhenitsyn no se salía formalmente del marco de la literatura, no escribía artículos políticos y no hacía profecías? El publicista búlgaro Pavlov diagnosticó con mucha perspicacia la esencia de ese fenómeno.

“La propaganda imperialista —escribió— hace mucho que ha creado el estereotipo de Solzhenitsyn como promotor de „la liberalización‟ y de otras consignas similares en uso en los países de democracia burguesa. La esencia ideológica de En agosto de 1914 ha puesto cruz y raya sobre ese estereotipo benéfico. La negación de la actividad política y del parlamentarismo y, por lo tanto, la atomización de la sociedad y las aduladoras peroratas sobre la utilidad de la tecnocracia para dirigir, constituyen el arsenal común, los fundamentos de la filosofía de los regímenes fascistas y totalitarios. Todos los partidarios de las fanáticas doctrinas fascistas, en Italia en los años 20, y en Alemania en los años 30, empezaron por liquidar, en el capitalismo, a los partidos excepto al suyo propio y acabaron por eliminar físicamente a todo el que disintiera de ellos...

Así es que, visto de cerca, ese extraordinario hombre preclaro del “liberalismo”, según afirma a pie juntillas la propaganda burguesa, resulta ser en realidad un ordinario y nada original portavoz de las ideas autoritarias. Póngase el poder en las manos de la gente descrita y cantada por Solzhenitsyn, y correrán ríos de sangre. El autor es mucho más derechista que la democracia burguesa. Difícilmente no lo vean en Occidente quienes levantan como bandera a Solzhenitsyn; y desde luego, no sirve para que se lo utilice allí. De ahí el asombroso enfoque unilateral de las reseñas sobre este libro en la prensa occidental; ese aspecto suyo se lo pasa por alto. Y si lo apoyan contra viento y marea es por una razón bien fácil de comprender: ¿por qué la burguesía internacional, que en su lucha contra el proceso revolucionario mundial utiliza a regímenes dictatoriales, no ha de servirse de un ideólogo más? No importa que éste profese el totalitarismo,
pues posee, en cambio, magníficas cartas credenciales: un odio feroz a la Unión Soviética."

Cuando el profeta apareció en Occidente, el presidente estadounidense Nixon —según la revista Newsweek—, comentó algo sorprendido con algunos miembros de su gabinete:
— Solzhenitsyn es más derechista que Barry Goldwater.
Henry Kissinger, Secretario de Estado e historiador de carrera, puntualizó:
— No, señor presidente. Es más derechista que los zares.

Si esto opinaron en la Casa Blanca, entonces las sentencias formuladas por Solzhenitsyn causarían a los ideólogos profesionales occidentales una amargura difícil de describir. La recién mencionada Newsweek dio un ejemplo aleccionador en este plano. Tantas lágrimas que se había dejado caer lamentándose años enteros acerca de la suerte de Solzhenitsyn en la URSS; y he aquí que ni sus flemáticos redactores resistieron el encuentro con el personaje y se atragantaron. Palabras faltan para describir la embarazosa situación en que se vieron, por lo que dejemos que ellos mismos expongan sus preocupaciones e inquietudes al respecto:

“La llegada de Alexandr Solzhenitsyn pondrá en una situación embarazosa a los intelectuales... Para la mayoría en Occidente el asunto parecía bastante claro: por sus ánimos y su ideología, Alexandr Solzhenitsyn era uno de ellos, partidarios de la libertad y la democracia, y su expulsión a Occidente era, en esencia, una recompensa, de modo que él era un bienvenido. Esa opinión no duró mucho tiempo. Del torrente verbal dicho por él emergió un Solzhenitsyn nuevo, mucho menos puro y aceptable de lo que se había creído antes... un partidario extremo del autoritarismo y que no cree en democracia...

Solzhenitsyn suavizó muchas de sus declaraciones antidemocráticas... mas no está claro aún cuál variante refleja sus verdaderos sentimientos. El futuro dirá si Occidente se sentirá disgustado o no por que uno de sus estelares héroes ideológicos haya resultado un tonto apolítico, un beato.”

Por eso, valorando altamente las concepciones anticomunistas de Solzhenitsyn, varios periodistas de Occidente le pidieron que aclarara su actitud hacia Occidente. El personaje dejó escapar por la boca lo siguiente: “Únicamente quiero rectificar, para evitar impresiones erróneas, que no estoy contra la democracia, en general…” Vaya, algo ya había aprendido. Como camaleón en una manta a rayas se tiñó de colores de apariencia tolerable.

Empezó a “instruirse” en este sentido a pasos agigantados.

No fue que viera una luz salvadora en alguna parte; más bien fue que se dio de bruces con la voluntad de los dueños y señores. En poco tiempo vino a confirmar la certeza de un viejo proverbio popular: el que paga, encarga la música. A esa conclusión llegó no tanto por sí mismo, sino “ayudado” por la consabida CIA, que, por conducto de la UPT, se ocupó de adoctrinarlo en la prudencia de cómo vivir en Occidente. La UPT se esforzó por sujetarle la lengua a Solzhenitsyn, lógicamente en una sola dirección, de modo que no lastimara, de ninguna manera, la sagrada vaca de la “democracia”. Cosas de este mundo. Cuando hace falta, hasta los fascistizantes “upetistas” se ponen la toga de la “democracia”. Como mismo se había dado la voz de mando para cambiar de uniforme ideológico, Solzhenitsyn debe vestirse según sea el tiempo predicho por los “meteorólogos” de la UPT.

Aquel que hasta hacía tan poco se daba puñetazos en el pecho y proclamaba la férrea firmeza de sus convicciones, cambió a ojos vistas. En un discurso pronunciado en Nueva York el 9 de julio de
1975, dijo, muy adulador: “Los dirigentes de vuestro país, que cumplirá el centenario de su existencia, habrán de asumir tal vez una pesada carga como jamás había existido en toda la historia norteamericana. Vuestros dirigentes de esos tiempos ya muy cercanos necesitarán de honda intuición, previsión espiritual y altas cualidades de la mente y el alma. Quiera Dios que en aquellos minutos os dirijan figuras tan grandes como aquellas que crearon vuestro país”.

Aplausos no faltaron, naturalmente. ¿Y por qué no alabar ante los estadounidenses —y no sólo ante ellos—a Washington, Jefferson y otros “padres fundadores” de los EE.UU., hijos preclaros de su siglo? Sólo que Solzhenitsyn no agitó a estos grandes fantasmas para rendirles honores. “Los individuos que crearon vuestro Estado — pronunció con aire de preceptor (y quién sino él para conocer los pensamientos de aquellos)—, jamás dejaron escapar de sus manos la brújula moral... Con ésta verificaban su política práctica... Los caudillos que crearon a vuestro país, jamás dijeron: no importa que al lado exista la esclavitud; dejémosla, entablemos con ella la distensión, con tal de que nunca se extienda sobre nosotros”.

En los tiempos a que se refirió, la esclavitud estaba consagrada por la propia Constitución y no reinaba “al lado”, sino en los propios Estados Unidos. Washington, Jefferson y Madison eran grandes esclavistas y no veían nada malo en ello. Mejor atribuyamos esto a la escasa instrucción del escritor en lo que a la historia se refiere. Pero, bueno, el quid no estriba en eso. Solzhenitsyn pujaba por sacar a los “padres de la patria” del marco de su tiempo y de su clase, para convertirlos en soldados de la guerra fría. Y si algo enseñaron a sus conciudadanos los “padres de la patria” — y ante todo George Washington, en su canonizado Mensaje de Despedida al País—, fue precisamente el mortal peligro que significaba reemplazar la política práctica por razones ideológicas. En esto consiste la esencia de la clásica herencia espiritual de los “padres fundadores” de los EE.UU. Otra cosa es cómo la manejan los extremistas de derecha en los EE.UU., a quienes se aliara Solzhenitsyn.

Este quiere escribir, además, los nombres de Washington y Jefferson en las banderas de la cacareada “revolución moral” y de la campaña anticomunista mundial.



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