miércoles, 17 de noviembre de 2010

Sobre el traidor Solzhenitsyn (4)


Solzhenitsyn empezó a escribir a ritmo febril, a “apurar” sus libros, para involucrar sin demoras a Occidente en un enconadísimo enfrentamiento con la Unión Soviética, a empujarlo, a renglón seguido, a una cruzada contra el comunismo. “¡Dios mío —exclama mirando al pasado—, cuánto habéis dejado escapar! ¿Por qué no os habéis portado así en los años de la segunda guerra mundial?”

Nuevos y más nuevos reproches a la Alemania hitleriana. En el tercer tomo de Archipiélago Gulag, editado en 1975, ese tema, que ya había deslizado en otras producciones, resonó con histeria. “Y si los forasteros no hubieran sido tan brutos y altivos —así lo lamenta Solzhenitsyn—, difícilmente habríamos tenido que conmemorar el vigésimo quinto aniversario del comunismo ruso”. O sea, en 1942, la Alemania hitleriana habría vencido a la URSS. Pero, Solzhenitsyn no agrega lo obvio: si no hubiera sido por la resistencia que en aquel glorioso y trágico año 1942, el Ejército Rojo mantuvo a costa de innumerables sacrificios, no habría quien pudiera leer ahora sus líbelos, y difícilmente él mismo podría leer ahora sus libelos, y difícilmente él mismo podría sostener la pluma en sus manos. Bajo “el nuevo orden” fascista habría volado por las chimeneas de los incineradores toda la humanidad alfabetizada, excepto “la raza de los señores” y los esclavizados. Difícilmente se le habría dado al señor Solzhenitsyn siquiera la condición de “volksdeutsche”. Confundiendo en su enfebrecida imaginación a todos y a todo, Solzhenitsyn se desgañitó afirmando que “antes de 1941, la población de la URSS se imaginaba que la llegada de un ejército extranjero significaría el derrocamiento del régimen comunista; no podía haber para nosotros ningún otro sentido en esa llegada. Esperábamos un programa político
que nos libraría del bolchevismo”. Su mensaje está más que claro: vosotras, las democracias occidentales, deberíais haberos unido a los nazis en una cruzada común contra la URSS, para el bien del señor Solzhenitsyn.

Exhortó a Occidente a asumir la actitud de Catón: la URSS ha de ser destruida, y dado que la distensión contradice ese propósito, se la debe excomulgar. Con mucho aplomo declaró que Occidente —y en primer término los Estados Unidos—, desde 1917 cometió innumerables errores, se resignó a la existencia de la URSS, en lugar de derrotar al comunismo con las armas. “La negativa a respaldar al zar, el reconocimiento de la URSS en 1933, la colaboración en la guerra contra los alemanes —dijo Solzhenitsyn en un discurso en el hotel Hilton de Washington, el 30 de junio de 1975—... fueron transacciones inmorales” con el comunismo.

No tuvo reparos en arremeter contra los difuntos Franklin Roosevelt y Winston Churchill, en vituperar a los dirigentes occidentales por haberse aliado contra Hitler, por su política de colaboración con la URSS, que, como es sabido, se debió a los intereses de los EE.UU. e Inglaterra como Estados. En la opinión de Solzhenitsyn, la política practicada por ellos durante la segunda guerra mundial descolló por “una marcadamente obvia miopía sistemática y hasta la tontería”, materializadas en la colaboración con la URSS, cosa especialmente imperdonable para los EE.UU., que ya tenían en sus manos la bomba atómica. Al rememorar la segunda mitad de los años 40, Solzhenitsyn confiesa que con sus correligionarios “nos mofábamos de Churchill y Roosevelt”.

¿Por qué? Porque —explica Solzhenitsyn— tomaban en consideración a Rusia. En balde, porque “esa guerra nos dejó ver, en general, que el ser ruso es lo peor del mundo”. Esto aparece en el primer tomo del Archipiélago, mientras que en el segundo se da una aclaración: “No hay en el mundo una nación más despreciada, más abandonada, más ajena e innecesaria que la rusa”. Eso lo dice de la nación a la que el mundo debe la Revolución Socialista y la Victoria de 1945.

En marzo de 1976, con la gentil colaboración de la BBC, Solzhenitsyn adoctrinó al público inglés: “En los años cincuenta, terminada la guerra, mi generación estuvo literalmente adorando a Occidente como el sol de la libertad, de la firmeza de ánimo. Era nuestra esperanza y nuestro aliado. Todos pensábamos que nos costaría trabajo liberarnos, pero que Occidente nos ayudaría a sacudirnos la esclavitud”1. Una declaración de tanto alcance precisaría puntualizar quiénes eran esos “nosotros” y qué debe entenderse por “generación”. Eso lo encontramos en el tercer tomo del Archipiélago Gulag: “Como la generación de Romain Rolland se sintió deprimida en su juventud por estar esperando de continuo el desencadenamiento de la guerra, así nuestra generación carcelaria se sintió deprimida por la ausencia de aquélla”. Entretanto, lo que más preocupaba a quienes habían estado al servicio de los hitlerianos y a los criminales de guerra encarcelados eran “las noticias de Corea... Esos soldados de la ONU eran lo que más nos alentaba: ¿qué bandera era esa, a quién agrupará? El prototipo del futuro panhumanismo”. Reanimados por el hecho de que se les brindaba a los extremistas la oportunidad de desencadenar la tercera guerra mundial, esos detritus del género humano ladraban desde detrás de las rejas: “¡Ya vendrá Truman por vosotros, canallas! ¡Ya echará sobre vuestras cabezas la bomba atómica!”

No cabe duda de que los traidores, que no se habían hartado de guerrear al lado de los nazis, mantenían ese punto de vista y lo siguen manteniendo. La UPT y Solzhenitsyn brindan un ejemplo por excelencia al respecto. Todos ellos exhortan a emprender una nueva invasión a la URSS. Fue el propio Henry Kissinger, Secretario de Estado a la sazón, quien definió lacónicamente la esencia de las verbosas exhortaciones de Solzhenitsyn: “si sus concepciones pasaran a ser la política nacional de los Estados Unidos, nos enfrentaríamos a una considerable amenaza de conflicto bélico”. Véase también lo que escribió J. Kraft en The Washington Post: “Para él (Solzhenitsyn), el comunismo es la encarnación del mal... Desde ese punto de vista, cualquier contacto entre el mundo occidental y el comunista es malo... Pero es que la aplicación de una moral estrechamente individual a las relaciones internacionales no desemboca en una buena política... Y puesto que los criterios de Solzhenitsyn están tan poco ligados a la realidad norteamericana, las alabanzas a su estancia en el país suenan algo funestas.”

Algunos consejeros del presidente Ford advirtieron a este: Solzhenitsyn es a todas luces un desequilibrado mental.

En la primavera de 1976, se le organizó al literato una serie de intervenciones en Francia, Inglaterra y España. Aún antes de que su poco aseada barba apareciera en las pantallas de los televisores, era predecible el habitual repertorio anticomunista de sus palabras. Pero lo que sí pareció curioso fue el horario de las emisiones: en Francia, entre las dos vueltas de las elecciones municipales; en España, simultáneamente con la conferencia de la organización de veteranos de
la guerra, una institución sumamente reaccionaria3. La ampliamente leída revista española Blanco y Negro dijo que los discursos de Solzhenitsyn irritaban a los extremistas de izquierda y despertaban alegría y exaltación en la derecha. Era lógico, pues al ver que él les hacía falta, Solzhenitsyn dijo barbaridades de marcado corte fascista.

Su principal tesis vibró de modo singular en su comparecencia en un programa de la televisión francesa el 9 de marzo de 1976. “La actual situación de Occidente —dijo— no es sólo una crisis política, sino también una crisis espiritual que, posiblemente, tenga ya unos 300 años. Debe su origen a que desde el Medioevo nos lanzamos a la materia, quisimos vivir en aras de lo corporal, olvidándonos de las misiones morales”. Si se apartan las peroraciones místicas, el quid del asunto emerge con diáfana claridad: según Solzhenitsyn, a partir, por lo visto, de la revolución inglesa, el mundo se descarrió. Dijo eso y fue más allá que sus antecesores espirituales. Recuérdese: “Actuamos como la antítesis respecto al conjunto de las ideas del año 1789” (Benito Mussolini). “El año 1789 será tachado de la historia” (doctor Goebbels). Huelga decir que tanto Mussolini como Goebbels fueron tachados de la historia, ambos. Tal vez sea este un ejemplo digno de
consideración para su fascistizante continuador ideológico.

Esperaba que sus palabras fueran acogidas favorablemente en España. Para ello elogió al franquismo que, según dijo, había dado “libertad absoluta” al pueblo español. Pero, el pueblo orgulloso tiene una opinión diferente al respecto. La revista Cambio 16 escribió que la intervención de Solzhenitsyn iba destinada a gente de escaso entendimiento. Un dirigente político español moderado dijo: Debemos preguntarnos enseguida si ese escritor padece o no una seria afección psíquica que ha trastornado sus aptitudes de pensar correctamente en el plano político, y ha dado a los extremistas de derecha la oportunidad de aprovechar su personalidad como instrumento para atacar la causa de la democracia social, los derechos humanos y la libertad
obrera.

No cabe duda de que muchos europeos se hartaron de las apocalípticas digresiones y las paranoicas exhortaciones de Solzhenitsyn. Al presenciar en acción al presunto profeta, algunos no pudieron callar sus impresiones y se apresuraron por hacerlas llegar a los periódicos. Una carta publicada en el diario inglés The Timesprueba que “la guerra relámpago” lanzada por Solzhenitsyn contra las Islas Británicas no había extinguido en los ingleses el sentido del humor. Un tal Kenneth Tynan escribió:

“Estimado señor, ahora que Solzhenitsyn ha puesto en penitencia a Inglaterra, muchos de sus lectores pueden pensar que el escritor exiliado considera como perdida la causa de todo el mundo occidental. Me siento dichoso al poder aseverarle que no es así. El señor Solzhenitsyn vislumbró al menos un faro de esperanza en la absoluta oscuridad circundante. En el curso de la reciente entrevista de 48 minutos por la televisión española, se refirió con entusiasmo al triunfo de Franco en la guerra civil como la victoria de “la concepción del cristianismo”. Luego felicitó al pueblo español, entre el cual pasara ocho días, por estar gozando, según él, de “absoluta libertad”. Por eso, con la conciencia tranquila, podemos calificar de extremistas bolcheviques a aquellos ciudadanos de España cuya primera intención, después de escuchar esas palabras, fue el notorio deseo de escupirle la cara al gran moralista. Sinceramente suyo, Kenneth Tynan.”

La gira europea de 1976 puso de manifiesto que Solzhenitsyn evidentemente no servía para los fines de la política corriente, por lo que la CIA pasó al “profeta” a la reserva. Sus intervenciones son una rareza; es decir, le han puesto un tapabocas, aunque sí, se le ha mencionado a menudo como “luchador” contra el comunismo, etc. que está viviendo en Occidente. La CIA ha echado mano a una táctica harto conocida y tradicional en las actividades de los cuerpos de los servicios especiales de por allá. A su tiempo, tanto la Abwer como las SS alemanas trataron de igual modo a Vlásov, antecesor espiritual de Solzhenitsyn. Se le asignó el avituallamiento de la Wehrmacht, prohibiéndosele prácticamente, sin embargo, usar de la palabra, aunque Goebbels y su aparato propagandístico manipularon sin cesar el nombre del traidor. Naturalmente, los tiempos han cambiado: en la Alemania nazi que iba camino a su desaparición, Vlásov no disfrutó de mucha generosidad que digamos; la CIA, en cambio, cuenta con posibilidades materiales muchos mayores, por lo que el “profeta” vive mejor, pero confinado en un lugar cercano a Cavendish, pueblo en Vermont.

Un periodista estadounidense que visitó a Solzhenitsyn en su domicilio en 1977, describió con lujo de detalles el lugar, pero su artículo salió con un título de doble sentido Paraíso de Solzhenitsyn:
una cárcel de su propia invención. Lo de “propia” fue dicho —de eso se puede estar seguro—, por estricto respeto a la CIA. Cabe suponer que los expertos profesionales de la Agencia trabajaron duro para habilitar bien esa “cárcel”. Naturalmente, el periodista no pudo informarse de más detalles, pues no se deja entrar a nadie en la residencia, pero sí pudo observar la impresionante cerca que rodea el terreno. Aparatos electrónicos de todo tipo “protegen” a Solzhenitsyn de visitantes indeseables. Los vecinos de Cavendish hablaron mucho del nuevo morador cuyo teléfono no figura en el directorio telefónico de la localidad. Una vecina que vio a Solzhenitsyn por la calle, lo saludó por su nombre. “Se asustó mucho por haber sido reconocido” —dijo ella al periodista.

En junio de 1978, Solzhenitsyn apareció en carne y hueso en la Universidad de Harvard, donde, junto a otras once personas, recibió el título de doctor honoris causa. El discurso que pronunció fue la misma versión de lo que había dicho al llegar a Occidente, sólo que corregido por los censores de la CIA. Pero, probablemente en su ímpetu oratorio se fue algo de la lengua en sus reproches a Occidente: poca decisión en la lucha contra el comunismo, algo por el estilo. Tal vez eso fuera tolerable, pero el agregado pareció ofensivo. Solzhenitsyn aclaró: “El mundo occidental ha perdido su arrojo social... Todas las autoridades de los países occidentales se han debilitado mucho”. Pero, éstas, “las autoridades”, después le tiraron de las orejitas al orador desbocado.

La revista Posev, vocera de la UPT, que con gran tardanza publicó el discurso de Solzhenitsyn, suspiró: “En los EE.UU. se acaba de descubrir una nueva fuente de inquietudes: Solzhenitsyn”. También The New York Times lo calificó de “obsesionado que padece de ideas maniacales y complejo mesiánico”. Remitiéndose a Veji, la revista insistió en que no se había entendido bien a Solzhenitsyn — éste no había querido ofender a las autoridades, sino que se refería a otra cosa —: “Partiendo del análisis de las tendencias fundamentales de la cultura de los tiempos modernos, los de 'Veji' predijeron la revolución rusa y sus consecuencias. Hoy, Solzhenitsyn reenvía esas predicciones, pues la situación de la vida occidental permite hacerlo, ya que es similar, hasta en detalles, a la existente en la Rusia prerrevolucionaria”.

Esas aclaraciones van destinadas a una ínfima parte de los emigrados. The New York Times, en cambio, tiene un peso completamente distinto.

Cuando, desde comienzos de 1980, arreció bruscamente la campaña antisoviética en Occidente, también se oyó hablar a Solzhenitsyn. De buenas a primeras, la revista Foreign Affairs le publicó, en abril de 1980, una nueva frenética prédica antisoviética, en plena consonancia con la estrategia de la CIA: tratar porfiadamente de socavar por dentro a la URSS. Solzhenitsyn insiste en que “aun unido hasta el fin, Occidente podrá triunfar solamente si se une” a los contrarios del socialismo en el interior del campo socialista. De inmediato, “dejar de creer en la distensión”, por cuanto “es imposible coexistir con el comunismo en un mismo planeta”. No es gran cosa en la campaña antisoviética. No obstante, también vale. La aparición de Solzhenitsyn en la gran prensa de Occidente demuestra claramente que el imperialismo ha reunido todas sus reservas para llevar el mundo a otra guerra fría. Reagan iba camino de la Casa Blanca.

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